El futbol en el espejo de la teoría crítica: ¿pasión pura u “opio” ideológico? Sobre cómo la cultura de masas vincula emociones y reprime la conciencia política.
La religión es el sollozo de la criatura oprimida,
es el significado real del mundo sin corazón,
así como es el espíritu de una época privada de espíritu.Es el opio del pueblo.
La frase de “el opio del pueblo” es una de las metáforas más poderosas de la crítica social moderna. Originalmente formulada por Karl Marx en relación con la crítica de la religión, su uso se extendió a otros fenómenos de la cultura de masas del siglo XX, especialmente gracias a representantes de la Escuela de Fráncfort, como Theodor W. Adorno.
En la sociedad del capitalismo tardío, el deporte —y especialmente el futbol— está cada vez más en el centro de la crítica, precisamente debido a su capacidad para cautivar a las clases trabajadoras. Pues, aunque el papel de la religión dentro de una supuesta sociedad secular sin duda se sigue discutiendo, en el deporte es diferente. Este une a las personas, ya sea en favor o en contra unas de otras.
En vista de la intensidad emocional del deporte, de su omnipresencia en los medios y de su permeabilidad económica, para el teórico inglés Terry Eagleton no hay duda: “Es el deporte, y no la religión, el que hoy actúa como el opio del pueblo” (El sentido de la vida, 2007, p. 64). Se entiende fácilmente el argumento: dar a las masas algo por lo que puedan entusiasmarse y eso los disuade de ocuparse de otras cosas, por ejemplo, de involucrarse en los cambios políticos.
Futbol como portador de identidad colectiva
En análisis de Marx en la “Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” (1884) es, de hecho, un poco más matizado. El “opio” de la religión funciona simultáneamente como analgésico y anestésico; más que un simple engaño, es una reacción activa a padecimientos reales de la sociedad. La aplicación al deporte de masas es sencilla: mientras el reconocimiento social, el sentido de comunidad y la autoeficacia se sigan experimentando principalmente en el estadio o frente a la pantalla, la demanda por un cambio social “real” permanecerá diluida. El futbol es una esfera que sustituye las experiencias que están denegadas de forma sistémica en el entorno laboral y en la vida diaria.Pero el enorme mercado del futbol no surge de forma espontánea, sino que se crea, se comercializa, se diseña. Mientras que Marx ubica el carácter ideológico del fenómeno futbolístico en la satisfacción sustitutiva, Theodor W. Adorno, filósofo alemán y fundador del Instituto de Investigación Social de Fráncfort, analizó el deporte como un elemento de la industria de la cultura capitalista durante su exilio en Estados Unidos en 1944. En Dialéctica de la Ilustración (1944), escrita en conjunto con Max Horkheimer, Adorno describe la cultura de las masas como un sistema de diversiones estandarizadas que promueven la conformidad y neutralizan la crítica. Mediante notas mayormente fragmentarias y agudizadas, caracteriza el deporte comercial como una combinación de disciplina física, exigencia de rendimiento y adaptación social. En el ensayo Minima Moralia (1951), Adorno afirma que, en esencia, el deporte de competencia reduce a las personas a un “uso funcional del cuerpo”: “el cuerpo se trata como si fuera un objeto al que se puede despreciar sin remordimientos” (Minima Moralia). El deporte, esa “actividad pseudo activa” (Freizeit, 1969), genera, según Adorno, el sentimiento de actividad, participación y pasión sin abrir nuevas posibilidades de actuar realmente. En particular con el futbol, este momento es evidente: millones de espectadores “sufren”, “luchan” y “ganan” juntos, pero permanecen objetivamente pasivos.
Max Horkheimer (izquierda) y Theodor W. Adorno (derecha) en abril de 1964 en Heidelberg en la jornada de sociología Max-Weber.
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© Jeremy J. Shapiro, CC BY-SA 3.0
En el panorama actual del futbol profesional, la crítica de Adorno a la industria de la cultura resulta todavía más plausible. El deporte está completamente integrado a la lógica mercantil: las y los jugadores se vuelven marcas; los aficionados, público objetivo; las emociones, recursos explotables. La apariencia de espontaneidad y pasión oculta la estricta racionalidad económica.
Así, el futbol cumple exactamente la función que Adorno atribuye a la industria de la cultura: reproduce condiciones actuales al hacerlas parecer como naturales, sin alternativa y emocionalmente satisfactorias. El “opio” no es represivo, sino placentero.