Futbol en el análisis social crítico-teórico  "Opio para las masas"

Un estadio de futbol con una mano gigantesca que introduce un balón entre el índice y el pulgar © Goethe-Institut, Ricardo Roa

El futbol en el espejo de la teoría crítica: ¿pasión pura u “opio” ideológico? Sobre cómo la cultura de masas vincula emociones y reprime la conciencia política.

La religión es el sollozo de la criatura oprimida,
es el significado real del mundo sin corazón,
así como es el espíritu de una época privada de espíritu.Es el opio del pueblo.
(Karl Marx, “Introducción para la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel”)

 
La frase de “el opio del pueblo” es una de las metáforas más poderosas de la crítica social moderna. Originalmente formulada por Karl Marx en relación con la crítica de la religión, su uso se extendió a otros fenómenos de la cultura de masas del siglo XX, especialmente gracias a representantes de la Escuela de Fráncfort, como Theodor W. Adorno.

En la sociedad del capitalismo tardío, el deporte —y especialmente el futbol— está cada vez más en el centro de la crítica, precisamente debido a su capacidad para cautivar a las clases trabajadoras. Pues, aunque el papel de la religión dentro de una supuesta sociedad secular sin duda se sigue discutiendo, en el deporte es diferente. Este une a las personas, ya sea en favor o en contra unas de otras.

En vista de la intensidad emocional del deporte, de su omnipresencia en los medios y de su permeabilidad económica, para el teórico inglés Terry Eagleton no hay duda: “Es el deporte, y no la religión, el que hoy actúa como el opio del pueblo” (El sentido de la vida, 2007, p. 64). Se entiende fácilmente el argumento: dar a las masas algo por lo que puedan entusiasmarse y eso los disuade de ocuparse de otras cosas, por ejemplo, de involucrarse en los cambios políticos.

Futbol como portador de identidad colectiva

En análisis de Marx en la “Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” (1884) es, de hecho, un poco más matizado. El “opio” de la religión funciona simultáneamente como analgésico y anestésico; más que un simple engaño, es una reacción activa a padecimientos reales de la sociedad. La aplicación al deporte de masas es sencilla: mientras el reconocimiento social, el sentido de comunidad y la autoeficacia se sigan experimentando principalmente en el estadio o frente a la pantalla, la demanda por un cambio social “real” permanecerá diluida. El futbol es una esfera que sustituye las experiencias que están denegadas de forma sistémica en el entorno laboral y en la vida diaria.

Pero el enorme mercado del futbol no surge de forma espontánea, sino que se crea, se comercializa, se diseña. Mientras que Marx ubica el carácter ideológico del fenómeno futbolístico en la satisfacción sustitutiva, Theodor W. Adorno, filósofo alemán y fundador del Instituto de Investigación Social de Fráncfort, analizó el deporte como un elemento de la industria de la cultura capitalista durante su exilio en Estados Unidos en 1944. En Dialéctica de la Ilustración (1944), escrita en conjunto con Max Horkheimer, Adorno describe la cultura de las masas como un sistema de diversiones estandarizadas que promueven la conformidad y neutralizan la crítica. Mediante notas mayormente fragmentarias y agudizadas, caracteriza el deporte comercial como una combinación de disciplina física, exigencia de rendimiento y adaptación social. En el ensayo Minima Moralia (1951), Adorno afirma que, en esencia, el deporte de competencia reduce a las personas a un “uso funcional del cuerpo”: “el cuerpo se trata como si fuera un objeto al que se puede despreciar sin remordimientos” (Minima Moralia). El deporte, esa “actividad pseudo activa” (Freizeit, 1969), genera, según Adorno, el sentimiento de actividad, participación y pasión sin abrir nuevas posibilidades de actuar realmente. En particular con el futbol, este momento es evidente: millones de espectadores “sufren”, “luchan” y “ganan” juntos, pero permanecen objetivamente pasivos.
Max Horkheimer (izquierda) y Theodor W. Adorno (derecha) en abril de 1964 en Heidelberg en la jornada de sociología Max-Weber.

Max Horkheimer (izquierda) y Theodor W. Adorno (derecha) en abril de 1964 en Heidelberg en la jornada de sociología Max-Weber. | © Jeremy J. Shapiro, CC BY-SA 3.0 , via Wikimedia Commons

La identificación con un club o una nación sustituye la participación política, y la crítica de Adorno se recrudece en tanto que el futbol funciona como portador de la identidad colectiva. Los torneos internacionales condensan afectos nacionales al tiempo que se ocultan antagonismos sociales. El individuo se concibe como parte de un colectivo mayor sin cuestionar sus estructuras. En general, Adorno advierte sobre esto vínculos afectivos colectivos, pues suspenden la conciencia crítica. Y así se cierra el círculo de la crítica marxista: la sensación de sentido, comunidad y esperanza en una sociedad que se percibe como fría y distante, la breve sensación de felicidad tras una victoria resulta la compensación de una “felicidad ilusoria”.

En el panorama actual del futbol profesional, la crítica de Adorno a la industria de la cultura resulta todavía más plausible. El deporte está completamente integrado a la lógica mercantil: las y los jugadores se vuelven marcas; los aficionados, público objetivo; las emociones, recursos explotables. La apariencia de espontaneidad y pasión oculta la estricta racionalidad económica.

Así, el futbol cumple exactamente la función que Adorno atribuye a la industria de la cultura: reproduce condiciones actuales al hacerlas parecer como naturales, sin alternativa y emocionalmente satisfactorias. El “opio” no es represivo, sino placentero.

Rebelión contra las prisas y el ajetreo

Con todo esto, no se debe olvidar que también se otorga una dimensión socialista positiva a la fuerza conciliadora que tiene el futbol, sobre todo si se deja de lado la perspectiva social de Adorno y nos centramos únicamente en el efecto interno. Por ejemplo, en su ensayo El deporte obrero y la socialdemocracia (Leipzig 1929), el político alemán socialdemócrata y miembro del movimiento Amigos de la Naturaleza Carl Schreck constata que: “el deporte significa, en términos muy generales, una rebelión contra la explotación capitalista, contra el sistema de cinta; una rebelión contra las prisas y el ajetreo que nos golpean como un látigo; una rebelión contra toda forma de opresión capitalista y social.” Y en una publicación del Partido Socialista Británico del año 2010, se lee: “Es cierto que todavía existen capitalistas que se alegran de que el futbol sirva como opio del pueblo. Sin embargo, es sumamente paternalista explicarles a millones de trabajadores y trabajadoras amantes del futbol que su pasión por este deporte solo se basa en la astucia y el engaño y que su amor por este no es otra cosa sino el resultado de un lavado de cerebro. (…) Mientras algunos quieren rebajarlo a la condición de tribalismo, la solidaridad que existe entre aficionados al futbol es de gran importancia. Tomarla en serio puede aportar esencialmente a fortalecer la conciencia de la clase trabajadora.”

Energías revolucionarias del pasado

Ni Marx ni Adorno consideran que la ambivalencia de la identificación con los clubes y la fuerte activación emocional en el futbol, su aprovechamiento por parte de las clases dominantes capitalistas y sus sofisticados sistemas sean mecanismos conspirativos activos. Sin embargo, no es posible pasar por alto cómo la práctica política y capitalista se desplaza sin ningún obstáculo en detrimento de la clase trabajadora, y es completamente legítimo preguntarse dónde quedó esa mirada aguda hacia los excesos del capitalismo y las energías revolucionarias del pasado. Por lo menos una euforia del opio más generalizada sería una buena explicación de por qué este año los aficionados hipotecan sus casas sin protestar para poder pagar los “precios dinámicos” de la FIFA para el Mundial de 2026, ceder sus datos a los oligarcas tecnológicos con indiferencia y aceptar que los ingresos reales de la clase trabajadora llevan décadas disminuyendo a un ritmo cada vez mayor, mientras que el 1% más rico, los superricos, registran un crecimiento explosivo de sus ingresos. 

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