El futbol también negocia la pertenencia social. El caso del exinternacional Mesut Özil muestra cómo identidad, expectativas y debates políticos se entrecruzan —y dividen— en la selección alemana.
El futbol es más que un juego. Es un ámbito en el que se proyectan los debates sociales. En casi ninguna otra área queda tan claro cómo una sociedad afronta la diversidad. La enorme importancia emocional del deporte resulta especialmente evidente con la selección alemana, un espacio en el que también se cuestionan la integración y el sentido de pertenencia.
Desde principios de la década de los 2000, los jugadores de origen migrante ya tenían un papel importante en la selección alemana. Este tema sigue polarizando, pues ellos no siempre representan el estereotipo nacional clásico, ya fuera por su apariencia, comportamiento o por otras características atribuidas. Hay pocos casos además de la historia de Mesut Özil que muestran tan claramente cómo el futbol puede generar cohesión, pero también división: un jugador que, en su momento, fue un ejemplo de integración satisfactoria para las personas de origen migrante en Alemania.
El hogar también puede ser plural
Mesut Özil creció en una familia modesta de migrantes turcos en la ciudad obrera de Gelsenkirchen. Sorprendentemente, cumplió su sueño de convertirse en futbolista profesional. Özil jugó para clubes internacionales como Real Madrid y Arsenal. Además, coronó su carrera con el título en la Copa Mundial como parte de aquella selección alemana en Brasil 2014.En mi interior laten dos corazones, uno alemán y uno turco.
La dimensión sociopolítica
A raíz de ello, surgió la narrativa de que Özil debía representar solamente los llamados “valores alemanes” y, en consecuencia, separarse de sus raíces culturales turcas por completo. Más tarde esto le salió caro, cuando, previo al Mundial de 2018, accedió a posar para una foto junto al polémico presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan. La cuestionabilidad moral de tal acción es légitimo cuando se toma en cuenta que, en sus cargos políticos desde 2003, Erdoğan ha restringido enormemente la libertad de prensa en Turquía y ha mandado encarcelar a sus oponentes políticos.En los medios de comunicación alemanes estalló una intensa discusión que tenía que ver menos con la acción en sí, sino más con el hecho de que Özil simplemente no era compatible con la cultura alemana. Erróneamente, esto creó la percepción de que Özil y su compañero de equipo Ilkay Gündoğan habían sido los principales responsables de la eliminación de la selección alemana en el Mundial de 2018. A pesar de que la conversación generó agitación al interior del equipo, Özil tuvo una buena participación, al contrario de muchos jugadores de aquella selección campeona de 2014, que dejaron mucho que desear. También el seleccionador alemán Joachim Löw erró una y otra vez en sus decisiones tácticas. Sin embargo, los medios atribuyeron el desastre menos a la conformación del equipo y mucho más a Özil, quien se convirtió en un símbolo del fracaso.
Si bien a Özil se le reprochó no haber cumplido su rol de ser un modelo a seguir al vincularse con la propaganda política de un autócrata, la Federación Alemana de Futbol (DFB) fue responsable de no haber sabido proteger lo suficiente a sus jugadores frente a ese debate sesgado. En definitiva, hubo un rompimiento entre la DFB y Özil. El desenlace supuso un duro golpe para la imagen de ambas partes. Tras el desastroso mundial, además, Özil se dedicó a lanzar una serie de críticas. El jugador declaró que, a los ojos de Reinhard Grindel, entonces presidente de la DFB, y sus colaboradores, él era “solamente alemán cuando ganamos, pero un inmigrante cuando perdemos.”
Özil se alejó por completo de Alemania, aun cuando muchos alemanes condenaron las hostilidades contra él, entre ellos el entonces entrenador de la selección Joachim Löw, quien, a pesar de la conversación, expresó su plena confianza en el jugador.
Para muchos jóvenes, Özil podría haber sido un símbolo de una identidad ambigua y moderna. En cambio, se consolidó como la imagen del “turco no integrado”. Lo que comenzó como una insinuación, sobre todo por parte de los círculos populistas de extrema derecha, con el paso del tiempo también fue respaldado por el propio Özil mediante su cada vez más expresa cercanía con Erdoğan. Recientemente, algunas decisiones personales, como un tatuaje relacionado con los “Lobos Grises”, también han suscitado críticas, pues este movimiento está asociado a corrientes de extrema derecha en Turquía. Con ello, la percepción cambió definitivamente: de ejemplo de integración a proyección de los conflictos sociales.
La disputa por el talento: el debate sobre la pertenencia
Desde hace mucho, el caso de Özil dejó de ser solamente un tema político, sino que puso a prueba la convivencia social en Alemania y el debate sobre la pertenencia que ello conlleva, sobre todo cuando se tiene en cuenta que muchos jugadores jóvenes de las selecciones menores de Alemania tienen orígenes migrantes. Estos jugadores solo pueden cambiar de federación mientras no hayan jugado un partido internacional oficial con la selección mayor. En los últimos años, el objetivo principal de la Federación Alemana ha sido tratar de retener a los jugadores que entran en esa categoría para que, en el futuro, sigan vistiendo la camiseta con el águila en el pecho. Para los jugadores, además del orgullo de representar a un país, también están, por supuesto, en juego las oportunidades a futuro y su carrera profesional. Los principales argumentos que influyen en ello son, por un lado, las posibilidades de ser seleccionado, que, en el caso de selecciones menas exitosas, son mayores que en las más grandes. Por el otro lado, también se les reprocha decantarse por una selección como la alemana para aumentar sus probabilidades de ganar un Mundial. Especialmente a los jugadores de origen migrante se les suele reprochar que su elección de país no se debe a un verdadero arraigo nacional.También en otros países y selecciones, se debate sobre jugadores con doble nacionalidad; por ejemplo, en México, un país apasionado por el fútbol. Si bien hace un tiempo a los jugadores con raíces extranjeras se les acusaba de no comprometerse por completo, la percepción al respecto ha cambiado claramente. Sobre la posible inclusión de jugadores con origen migrante en la selección que participará en el Mundial, el entrenador nacional de México opinó: “El buen jugador, si tiene todas las condiciones para hacerlo y es mexicano como tú y yo, pues para dentro.”
Cohesión social, la clave del éxito
En general, la historia de Özil demuestra que la integración depende de ambos lados. El aficionado alemán debe deshacerse de la idea de que una selección tiene que representar los mismos valores de los llamados “hombres de verdad” de hace 30 años, cuando Alemania todavía se consideraba una potencia futbolística que ganaba sus partidos sobre todo gracias a su entrega y dureza. La contradicción de este argumento queda especialmente expuesta cuando primero se alaban “nuevos elementos identitarios”, como el futbol de posesión que la selección exhibió con éxito en la Copa Mundial de 2014, para luego, por un mal torneo o una equivocación pública de algún jugador, poner en duda su pertenencia al equipo. Se están mezclando críticas justificadas a una persona en concreto con acusaciones cargadas de emociones sobre lo que sucede en el terreno de juego.Esto aplica igualmente para una parte de los aficionados turcos en Alemania que no se identifican con este país y que reproducen esta perspectiva en jugadores como Özil. Pero también los jugadores deben asumir su responsabilidad y su papel como ejemplos a seguir. La comunicación clara hacia el exterior y la sensibilización cultural que ello conlleva no deberían justificar este tipo de acciones, pero al menos podrían ayudar a comprender los motivos que las impulsan y, así, suavizar el tono del debate. Solo una postura tolerante de todas las partes garantiza un mejor trabajo con los jóvenes futbolistas alemanes en el futuro. De lo contrario, casos como el de Mesut Özil seguirán causando divisiones sociales.