En el Neza punk de los años ochenta, entre crisis económica, abandono estatal y ruido desafiante, "Nadie es inocente" (1987) de Sarah Minter captura la vida de una juventud marginada que convirtió la rabia en identidad y el video en resistencia.
En la década de los 80 en México, la crisis cinematográfica heredada de la fallida administración “propagandística” de Margarita López Portillo en la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), así como de la incapacidad del presidente Miguel de la Madrid por estabilizar la industria cinematográfica ante la creación del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), aceleraron la aparición de nuevas formas de creación audiovisual, alejadas de la producción estatal, impulsando así la popularización del video.El crecimiento urbano y las políticas priístas de estratificación social provocaron de manera paralela la aparición de viviendas irregulares a lo largo de las zonas periféricas del entonces “Deefe”, el Distrito Federal hoy Ciudad de México. En aquellos asentamientos los grupos de jóvenes crecían renegados de la sociedad debido a la pobreza y la falta de educación formal perpetuadas por el Estado. La necesidad de silenciar el descontento de la juventud e invisibilizar a las clases bajas, provocaron aún más ruido: el punk, que aunque importado en sus formas, surgía como testigo y respuesta de su propia destrucción. Era, por supuesto, imposible de parar pues no había futuro para Los mierdas punk de “Nezayork”, una Ciudad Nezahualcóyotl que marca hasta hoy en día los límites de la Ciudad de México, en muchos y variados sentidos.
Nadie es inocente (1987), mediometraje de ficción-documental dirigido por la videoartista Sarah Minter, registra a través de una cámara Betacam –y de esta desencantada pandilla– la vida punketa en Ciudad Neza a mediados de la década de los ochenta, “las casas todas cochambrosa, mugrosas y llenas de pulgas”. A la par de la documentación, Minter construye un relato casi rulfiano para ir “de fuera, a más afuera”, de esa periferia urbana al México rural que ha sido olvidado.
El trabajo de Sarah surge de manera disidente a las formas de producción establecidas tanto por el Estado como por el sector privado, quienes utilizaban el cine para estigmatizar y excluir a ciertos sectores sociales, desde las élites políticas y económicas. En respuesta a ello, Nadie es inocente aporta a la cinematografía mexicana de su momento un espacio donde el imaginario subalterno se construye desde sus propias bases en el núcleo del movimiento punk y posibilita la autorreflexión de la banda para la banda, porque “también nosotros tenemos derechos”.
Sarah no limita su inventiva al lenguaje de la cinematografía hegemónica, su trabajo consistió en explorar las posibilidades del videoarte dentro del cine. A través de la experimentación en el montaje, el naturalismo casi neorrealista de la ciudad converge con los espacios oníricos de la provincia mexicana y entre la realidad y el sueño se encuentra la verdad: “Todo el mundo está podrido, no sabe lo que quiere,
no sabe lo que es, no tiene sentimientos. Es como si fuera yo mismo viéndome al espejo, por eso me enamoré del espejo”, expresa uno de Los mierdas punk.
El cine de Sarah Minter no solo abraza el punk desde lo diegético (lo narrado) sino también desde sus formas de creación audiovisual, formas que desafían el modelo de representación institucional pues, en su momento, el video era considerado como el cine de quienes no tenían el dinero suficiente para hacer “películas de verdad”. Sin embargo, fue a través de esa expresión donde el letargo y la pasividad social desaparecieron para generar un diálogo con la realidad y “no dejarnos reprimir, vaciar la sociedad, porque vivimos en una mierda y la mierda que vivimos nos está marginando más y más y más”, comenta un “chavo banda”.
Para Los mierdas punk –a propósito del 25 Festival de Cine Alemán: Futuros Desobedientes– el futuro no existía ni se dialogaba con él. El frágil presente era todo lo que las juventudes podían asegurar. “No quiero ser nadie… no quiero ser nada”. A modo casi etnográfico, Sarah Minter registra el cotorreo de “la banda”. En una construcción abandonada, entre risas, drogas baratas y empujones, todos se unen al coro:
No hay
No hay futuro
No hay
No hay amor
¡Autopudrición!
¡Autopudrición!
Y es que para los chamacos La neta no hay futuro (1987), más allá del barrio y, chale, así les tocó vivir. “En el punk no hay amor y paz, el punk es la generación del horror”, expresan a carcajadas.
Una escena resulta nuclear en este mediometraje, no solo por su potencia icónica sino también por su capacidad de registrar el movimiento, el ruido y la mierda punk. A mitad de la obra, una “tocada” transcurre en la oscuridad de las calles. Los cuerpos –iluminados por la fría luz del alumbrado público– colisionan entre sí con una fuerza que se libera en el baile, como la ya nombrada “danza macabra de los vivos” en los Sex Panchitos (2025) de Gustavo Gamou.
Esos cuerpos erosionados por el ímpetu de la vida acumulan en cada inhalación una fuerza desbordante de resistencia y la exhalan a través del ritmo, apropiándose del espacio. Con cámara lenta, Minter documenta a los jóvenes arrojándose al suelo, uno encima de otro y otro y otro. Brazos y piernas aglomerados en una masa de “cadáveres” que luchan por mantener el ritmo. Entre los cuerpos, un joven se arroja ensangrentado al resto y como un presagio –o mejor dicho evocación–, Sarah utiliza la potencia de la imagen documental y desvela los signos que se encuentran inscritos en la realidad a través de las posibilidades del video: el baile de Los mierdas punk es sin lugar a duda, la historia de la represión juvenil en México, muertos vivientes condenados a ser muertos en las calles.
Es por ello que resulta importante volver a Nadie es inocente (parte de la retrospectiva Cine y punk: diálogos de la disidencia del Festival), pues no se trata de una mera obra experimental o un archivo folclórico del punk en Neza, sino de un manifiesto vivo de la historia política de las juventudes en México que sigue vigente hasta la actualidad. Ante el “no hay futuro”, el cine de Minter demuestra que el acto de registrar la propia vida es, en sí mismo, la máxima forma de resistencia y de construir nuevas posibilidades para las generaciones venideras, a través de repensar la historia desde el lugar de los “vencidos” para “liberarse y echar desmadre”... Como un verdadero punk.
Nadie es inocente (México, 1987)
- Dirección: Sarah Minter
- Guión: Sarah Minter
- Fotografía: Gregorio Rocha, Andrea Di Castro, Sarah Minter
- Música original: Vicente Rojo Cama
- Duración: 57 minutos.
Texto originalmente publicado en Fósforo UNAM a propósito del 25 Festival de Cine Alemán en México.