Informalidad Relaciones peligrosas

Informalidad en Brasil
Informalidad en Brasil | Foto: Colourbox

La costumbre brasileña de llamar a las personalidades nacionales por su nombre de pila asombra a muchos en el Viejo Mundo. ¿Pero realmente implica el uso de sobrenombres la ausencia de jerarquías en Brasil?

Usar el “você” (“tú”) para hablarle a un colega de trabajo o referirse al presidente de la República usando su nombre de pila revela que la informalidad es un elemento del carácter nacional. Pero esto no significa necesariamente que se está dejando de lado un pensamiento social jerárquico. Para algunos expertos, el “jerarquismo” es de hecho un fenómeno más fuerte en Brasil que en los países de Europa, donde impera mayor formalidad en el trato entre personas.

“Llamar a alguien por su nombre de pila o usar un sobrenombre manifiesta una forma específica de lidiar con estructuras jerárquicas”, sostiene el historiador social Luis Augusto Farinatti, profesor de la Universidad Federal de Santa María (UFSM). El uso de sobrenombres o nombres de pila es más usual en las clases sociales marginales de la sociedad brasileña, donde la invisibilidad social es mayor. Entre los miembros de la élite sobrevive el interés de mostrar el apellido, que funciona muchas veces como vehículo de prestigio en una cultura jerárquica, una cultura que proviene de prácticas y valores del mundo colonial y esclavista. “Se trata de una adaptación al mundo contemporáneo”, explica Farinatti.

“Inclusión jerarquizada”

Según el profesor de Historia de la Universidad Federal de Paraná, Carlos Alberto Medeiros Lima, muchas veces la informalidad (el trato afectuoso) camufla de hecho la desigualdad social en países como Brasil, donde a pesar de los progresos recientes, aun existe un enorme abismo entre ricos y pobres. A este respecto, Farinatti recuerda los “ataques de resentimiento social, que rayaban con la histeria”, de parte de los sectores más ricos cuando comprobaron que las clases sociales menos pudientes tenían acceso a bienes y servicios que antes servían como símbolo de distinción social, como por ejemplo los viajes en avión.

El historiador explica que una “inclusión jerarquizada”, es decir, la capacidad de construir proximidad sin dejar de marcar fuertemente un deseo de distinción social, es una característica de muchas relaciones personales en Brasil. Basta pensar en la forma en que las empleadas domésticas son tratadas por familias de clase media y alta. “Con ello no quiero afirmar que la proximidad y el afecto sean falsos, construidos maquiavélicamente por quienes se consideran superiores. La mayoría de las veces, aquellos sentimientos son reales, y sin embargo se combinan con un sentimiento de distinción y superioridad que se expresa por ejemplo en el paternalismo”, explica Farinatti. En este punto, el documental Doméstica (2012) de Gabriel Mascaro es revelador. La película fue realizada con imágenes de la rutina diaria de las empleadas domésticas grabadas por siete adolescentes en cuyas casas trabajan las mujeres. Son imágenes que dejan entrever relaciones de afecto, pero también de poder, y todo tras la fachada de una armonía aparente.
 

Unos y otros presidentes

La costumbre de tratar a los presidentes por su nombre de pila o a través de un sobrenombre puede surgir de varios factores que revelan una fuerte jerarquía social. El sobrenombre “Lula”, por ejemplo, incorporado al nombre propio del ex presidente brasileño, revela una cierta coherencia con su proyecto político de ponerse al lado de procesos de transformación social. Por otro lado, presidentes originarios de clases sociales pudientes son llamados por sus apellidos, como en el caso de Collor, Sarney, Figueiredo, o Castello Branco. Los jefes de Estado con un carácter más intelectual tienen derecho a ser llamados por su nombre completo o la sigla correspondiente, como Fernando Henrique Cardoso. “Es el nombre de un autor de libros leídos por muchas personas”, dice Lima.

Las diferencias como algo natural

Todos estos son ejemplos que llevan a la convicción de que los brasileños –a pesar de los besos y abrazos entre personas que ni siquiera se conocen bien–, no dejan de relacionarse jerárquicamente. “El rito del saludo afectuoso marca el inicio de la interacción personal, pero una vez iniciada, aquella interacción puede adquirir formas igualitarias o jerárquicas”, explica Lima.

En el año 2013 se intentó aprobar en el parlamento el proyecto de ley 5241/13, propuesto por el parlamentario Nazareno Fonteles (PT-PI). El proyecto prohibía el uso de títulos formales que expresaran una jerarquía funcional o social. El proyecto fue archivado sin haber llamado la atención de mucha gente, quizá porque nadie podía creer que la simple omisión de formalidades ayudara a reducir las jerarquías en Brasil, y por consiguiente promover la igualdad social. Llamar a personas “capitán”, “coronel” o “doctor” fuera de sus contextos de trabajo es una herencia de los tiempos coloniales y monárquicos, recuerda Farinatti.

El afecto y la proximidad en el trato son características de los brasileños que sin duda deben ser celebradas como virtudes. “El problema es cuando eso se transmite a las instituciones y afecta la forma en que vemos lo público”, explica Farinatti, para quien el pensamiento jerárquico en Brasil muchas veces está ligado a ver las diferencias como algo natural y, por lo tanto, a legitimar la búsqueda personal de privilegios.