Agricultura urbana Jardines para los ciudadanos

Horta das Corujas, São Paulo
Horta das Corujas, São Paulo | Foto (detalle): Tânia Caliari

A través de la creación de huertas urbanas, proyectos ubicados en diferentes lugares de la ciudad promueven la conciencia del espacio público, con la participación de la clase media y la población vulnerable.

São Paulo –¡quién lo diría!– abriga en sus capas de concreto y asfalto corteza varias áreas cultivadas con verduras y hortalizas. 14 % de esta ciudad de millones de habitantes se considera aún zona rural, sobre todo en el sur, donde las actividades agrícolas se desarrollan en pequeñas granjas y huertas. Pero los jardines urbanos, que crecen en plazas públicas, escuelas, centros de salud, en terrenos privados y públicos, techos, balcones y patios, también forman parte del paisaje.

“La agricultura urbana no es una novedad. Siempre ha habido huertos al lado de las casetas de vigilancia o los paraderos de taxis. La novedad es que estamos experimentando un resurgimiento de esta práctica en todo el mundo. En Berlín, Nueva York, Rosario, Londres, e incluso en São Paulo, donde el ayuntamiento nos percibe con simpatía, si bien aún hacen falta políticas públicas al respecto”, dice la periodista Claudia Visioni, quien en 2008 empezó a cultivar un huerto en el techo de su casa y luego se atrevió a crear jardines comunitarios en las plazas del oeste de la ciudad, como la Praça das Corujas y la Praça do Ciclista, esta última en plena Avenida Paulista.

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Un sábado en la mañana, la publicista Mity Hori esparce abono orgánico, hecho por ella misma, sobre un huerto en la Praça das Corujas. “A quien le gusta cocinar, cultivar condimentos en macetas puede ser el principio de todo”, dice Mity, quien hace un año comenzó a compartir sus conocimientos en el jardín comunitario. Según Hori, un recuento reciente mostró que hay alrededor de noventa especies plantadas en las camas algo desordenadas de la huerta: tomates , berenjenas, chicoria, lechuga , repollo, fresa, col rizada, muchas hierbas medicinales e innumerables condimentos. No lejos de allí, un grupo de personas blande el azadón para hacer una cama más de tierra, en forma de pequeño cerro. Eso ayuda a retener mejor el agua, aquel recurso alarmantemente escaso en los últimos tiempos en la región metropolitana de São Paulo y en muchas otras ciudades de Brasil.

“Quién no se involucra con temas ambientales, cree que todo está bien, pero en realidad todo es muy difícil. El cultivo de alimentos y el cuidado de la tierra son acciones de impacto positivo sobre la gente y la ciudad, aunque sólo sea para crear conciencia”, dice Visioni. Siguiendo el principio de una jerarquía plana, quien quiere puede venir a la huerta de Corujas, plantar lo que quiera y cuidarlo según desee. La cosecha también es gratuita. “Vemos a diario que uno de los resultados de la agricultura urbana es el empoderamiento de las personas, quienes se dan cuenta de que pueden ser activos en el espacio público, generar alimentos por sí mismos, estar en contacto con la tierra y compartir”, dice la periodista.

“Esta práctica seguirá tomando fuerza”

En el otro extremo de la ciudad, en el barrio de São Mateus en la zona este, Hans Dieter Temp, administrador de empresas y técnico agropecuario, creó en el año 2004 las la ONG “Ciudades sin hambre”, que organiza huertas en las afueras de São Paulo para generar puestos de trabajo e ingresos.  También Tempse se inspira en el ejemplo que proveniente de otros países del mundo. “Hoy en día, un total de 60% de las hortalizas que se consumen en Montreal, Canadá, se siembra y se cosecha en la propia ciudad”, dice. “Aquí, esta práctica también seguiá tomando fuerza”, dice el experto.

Temp, quien estudió técnica agropecuaria en Alemania, comenzó a trabajar en sus jardines en el año 2001, cuando decidió darle un destino más noble a dos lotes baldíos, llenos de basura, que se encontraban cerca de su casa. Poco a poco empezó a vender la producción y a emplear a vecinos y jóvenes del barrio a cambio de una pequeña remuneración. A partir de esta experiencia, Temp, quien tenía un trabajo burocrático en el ayuntamiento, se trasladó en 2003 a la Secretaría de Medio Ambiente. Después de eso, ayudó a crear la legislación para la agricultura urbana en la ciudad y estructuró un programa municipal para la creación de seis jardines públicos en la capital. “Es increíble ver cómo son recibidos este tipo de programas. Generalmente, la gente no cree en las acciones del gobierno. Pero en el caso de los jardines, a más tardar después de treinta días, con la primera cosecha, desaparece el escepticismo”, dice.

Ya que las siguientes administraciones decidieron no continuar con el programa, Temp decidió crear una ONG para desarrollar su proyecto. Hoy en día, “Ciudades sin hambre” es responsable de veintiún jardines comunitarios, los cuales se han convertido en oportunidades de empleo, ingresos y fuente de alimentos sanos para una población vulnerable de la periferia, ante todo gente mayor y con poco calificada. Actualmente, los jardines son la única fuente de ingresos de 115 trabajadores, y otras 800 personas participan en el cultivo comunitario para el autoconsumo. Más de mil personas han realizado cursos de formación.

Una forma de minimizar el aislamiento social y político

“Para quién no gusta de la tierra, no tiene sentido venir a este tipo de actividad”, dice José Aparecido Cândido Vieira, mientras extrae hierbas parasitarias de un parche de lechuga. Al verse desempleado, el antiguo vendedor encontró en internet “Ciudades sin hambre”, y pidió ayuda a Temp y sus técnicos para hacer un jardín en una parcela donde su madre ya había plantado plátanos y otras frutas. La tierra pertenece a la compañía eléctrica Eletropaulo, y “Ciudades sin hambre” se ha especializado en negociar con empresas privadas la forma de convertir sus áreas subutilizadas en jardines.

“No desarrollamos este proyecto a partir de una visión romántica, sino con el fin de generar ingresos y promover el espíritu empresarial”, dice Temp, quien a pesar de su enfoque en el éxito del negocio está de acuerdo con Claudia Visioni respecto al empoderamiento que puede surgir de una huerta. “La experiencia en jardines comunitarios saca a la gente del aislamiento social y político, y les ayuda a movilizarse. Y lo bueno es que el trabajo es muy dinámico. Con cada ciclo de vida de cada plantación, la gente aprende más cada vez mejor cómo cuidar su propio jardín”, dice.