Debate sobre la integración El auge de la cultura dominante

¿Cuál es la base de la convivencia en Alemania? Ese es el del debate sobre la “cultura dominante”
¿Cuál es la base de la convivencia en Alemania? Ese es el del debate sobre la “cultura dominante” | Foto (detalle): © lassedesignen/Fotolia

El debate sobre la cultura dominante ha regresado. El fuerte aumento del número de refugiados ha contribuido a su renacimiento. La novedad consiste en el tono objetivo y moderado de la discusión.

Tras un período de relativa calma, el concepto de cultura dominante vuelve a estar entre nosotros. Desde finales del siglo XX, su espectro vaga por Alemania, pero es ahora, en virtud del fuerte aumento del número de refugiados, que experimenta un renacimiento. La cuestión es fundamental: ¿Cuál es la base para la convivencia en Alemania? La polémica es menos intensa y encarnizada que en los primeros años del siglo XXI. Sin embargo, subsisten los desacuerdos sobre qué es en realidad la cultura dominante, y si existe o si es necesaria.

La expresión “cultura dominante” (“Leitkultur”) hizo su aparición en la palestra política en octubre de 2000. El responsable fue Friedrich Merz, quien en ese entonces era presidente del bloque parlamentario de los partidos conservadores CDU y CSU. En una entrevista dada a un periódico manifestó la exigencia de que los inmigrantes que querían quedarse a vivir en el país “se adapten a una cultura dominante alemana, ya desarrollada y con libertades”. Dijo estar convencido de que los inmigrantes debían hacer “su propio aporte a la integración”, y adecuarse a las concepciones culturales básicas arraigadas en Alemania”. El primero que usó la expresión fue en realidad el politólogo de Gotinga Bassam Tibi, en un ensayo publicado en 1996, y titulado “El relativismo moral del multiculturalismo y la pérdida de valores”. Sin embargo, el politólogo nacido en Siria y que posee desde 1976 la nacionalidad alemana, abogaba, a diferencia de Merz, no por una “cultura dominante alemana” sino por una “europea”.

Friedrich Merz hizo sus declaraciones en un contexto marcado por la aprobación de la reforma de la ley de ciudadanía alemana, en la que el derecho de sangre (ius sanguinis) fue complementado con el derecho vinculado al suelo (ius soli). Desde entonces, alemán es también quien, bajo determinadas circunstancias, haya nacido en Alemania. Con esto, la República Federal de Alemania admitía ser un país receptor de inmigración. La unión de CDU y CSU había votado en el parlamento contra la reforma. Mientras recibía la aprobación de los políticos conservadores, Merz cosechó una fuerte oposición de los sectores socialdemócrata, liberal, verde y de izquierda. Sus críticos le reprochaban usar “un vocabulario de connotación nazi” y apelar al “chauvinismo sentimental”. Decían que quien habla de “cultura dominante alemana” hace uso de un concepto violento para elevar la propia cultura respecto a las otras.

Renacimiento de un concepto polémico

Unos años después, la cultura dominante ya no jugaba casi papel alguno en los debates públicos. Esto cambió en 2015. Ante los cientos de miles de personas que se refugiaron en Alemania provenientes de Siria, Irak, Afganistán y otros países, vuelve a discutirse intensamente sobre integración. ¿Cómo puede surgir la cohesión social entre los antiguos y nuevos ciudadanos? ¿Es suficiente la observación de las leyes alemanas vigentes?

Aunque el concepto de cultura dominante experimenta un auge, el tono del debate es más equilibrado, la disputa no es tan fuerte como antes. Los antiguos frentes de combate se han desplazado. Por ejemplo, el presidente del bloque del SPD en el parlamento regional de Berlín, Raed Saleh, reclamó “una nueva cultura dominante alemana”. Ésta debería “constituir un consenso sobre la sociedad que queremos ser”, en lugar de limitarse a perpetuar el status quo. La base de esa nueva cultura estaría en la constitución alemana.

Cultura dominante como cuestión generacional

Pero qué otras características tendría además esa cultura dominante es algo que sigue siendo objeto de debate y a la vez algo difícil de captar. Así, también el secretario general del CDU, Peter Tauber, considera que la constitución es el “pilar de nuestra cultura dominante”. Sin embargo, cada generación “debe determinar para sí qué valores pertenecen a ella”. Por eso, no se trataría de un proceso acabado. Tauber mismo proporciona un buen ejemplo: para él, de la cultura dominante forman parte la disposición al trabajo voluntario, el sentimiento de “orgullo por Alemania” y el canto del himno nacional “no sólo en los partidos de fútbol”, pero también ha de incluirse “que sea normal el hecho de que dos varones se besen en la calle”. No hace mucho tiempo, semejante declaración habría causado una ola de indignación en su propio partido.

Para la politóloga Gesine Schwan, una cultura dominante que ella podría considerar atendible sería una que siguiera la Carta de las Naciones Unidas de los Derechos del Hombre, “que no es alemana sino universal”. Por debajo de ese plano general hay “marcas culturales que consideramos imprescindibles”, escribe Schwan en la revista Cicero. Éstas se derivan de la ley fundamental o de los Convenios Europeos relativos a las libertades y derechos sociales. Por otro lado, Schwan, que es presidenta de la Comisión de Valores Fundamentales del SPD querer convertir “particularidades culturales alemanas” en parámetros de la cultura dominante. Al fin y al cabo, la cultura política alemana “no fue siempre democrática y respetuosa de los derechos humanos”. Schwan recuerda entonces “las raíces autoritarias, específicas de la cultura alemana, que tuvo el nacionalsocialismo”.

Aunque no resulte claro qué se entiende por cultura dominante, algo parece seguro: el debate continuará en Alemania los próximos años.