Integración ¿Repensar el “mito de la hospitalidad”?

Migrantendemo in Criciúma, Brasilien
Migrantendemo in Criciúma, Brasilien | Foto: Michelle Cechinel

El país, que surgió de diversos flujos migratorios, pone a prueba su capacidad para acoger a los extranjeros. Los especialistas afirman que son numerosos los problemas de adaptación de los recién llegados.

En los últimos quince años, Brasil ha sido uno de los principales destinos de inmigrantes de diferentes países africanos, entre ellos Angola, Cabo Verde, Gana, Nigeria y Senegal, y también de Haití, una de las naciones más pobres del continente americano y que, en enero de 2010, sufrió un terremoto catastrófico que dejó sin hogar a más de tres millones de personas.

“El África subsahariana, pero también el Magreb, enfrentan desde 1960 un proceso de descolonización que ha traído mucha violencia y una profunda miseria. Esto causará a largo plazo una emigración de esos pueblos en busca de una vida más digna”, explica Emerson César de Campos, historiador, profesor de la Universidad del Estado de Santa Catarina y especialista en inmigración.

La inestabilidad genera desplazamiento

Michelle Stakonski, también historiadora y profesora de la Universidad del Extremo Sur de Santa Catarina, recuerda otros aspectos que explican ese flujo migratorio reciente: “Más allá de la huida de territorios afectados por guerras civiles o guerrillas, está el contexto de retracción económica en Europa, que alcanzó indirectamente al comercio con África, así como la inestabilidad en diversos planos (económico, político o religioso) y también otros factores subjetivos, más difíciles de medir, por ejemplo los sueños y los proyectos personales. Stakonski observa además que –a pesar de que Brasil es desde 2008 el país más buscado por esos pueblos–, en los últimos meses, debido al discurso de crisis que afecta al país, muchos inmigrantes se han desplazado a otras regiones de América, como Argentina, Chile y México, con la esperanza de utilizar esos destinos como trampolín hacia los Estados Unidos.

Según datos del gobierno brasileño, el número de inmigrantes africanos aumentó treinta veces desde el año 2000, con treinta mil ciudadanos registrados provenientes de casi cincuenta naciones africanas, número que aumentó a setenta mil con la llegada de los haitianos en 2010. Más recientemente, con la realización de grandes eventos deportivos como el Mundial de Fútbol en 2014 o los Juegos Olímpicos en 2016, y con la imagen de Brasil como nación emergente en el escenario internacional, el país pasó a ser visto como un lugar próspero, capaz de ofrecer, ante todo, oportunidades de trabajo.

Otras realidades

Hay innumerables casos de inmigrantes, por ejemplo, que entraron a Brasil con una visa para ver la Copa del Mundo y nunca regresaron a sus países de origen. Para Stakonski, el año 2014 fue el de mayor flujo migratorio. Sin embargo, a pesar de la buena voluntad del Estado brasileño, que, como recuerda la historiadora, posee “una larga tradición de asilo”, los problemas de adaptación de esos inmigrantes no son pocos.

A finales de 2015, más de cuarenta y cuatro mil haitianos recibieron el permiso de residencia permanente, pero muchos de ellos llegaron a pasar cuatro años viviendo en Brasil como solicitantes de asilo, condición que volvía difícil o incluso imposible adquirir los documentos necesarios para trabajar o abrir una cuenta en un banco. Muchas veces, cuando consiguen trabajo, las condiciones son denigrantes: en agosto de 2014, un informe de Repórter Brasil denunció que catorce haitianos eran “esclavizados en un taller de costura en San Pablo”; dos meses después, la página web del Ministerio de Trabajo de Mato Grosso do Sul publicaba una denuncia sobre haitianos que trabajaban en la ampliación de la ruta BR-163 “en condiciones precarias y sin sueldo”. Prácticamente no existen formas de fiscalización para controlar ese tipo de situaciones”.

Otra dificultad que señala César de Campos es la falta de dominio de la lengua portuguesa. “La mayoría de los inmigrantes africanos o haitianos, incluso en el caso de los que tienen sus papeles en regla, tiene muchas dificultades con el idioma. Esto limita el acceso al trabajo y, por extensión, a una vida menos penosa. En nuestras investigaciones, sin embargo, constatamos que la obtención de un estatus legal y el consiguiente acceso al mercado laboral ya contribuyen a que la adaptación sea menos traumática.”

“Aceptación selectiva”

“Brasil siempre estuvo relativamente abierto a todas las manifestaciones culturales, pero eso no garantiza la paz o la armonía entre esas diversas expresiones”, afirma el historiador. “Por el contrario, y a pesar de la idea de que vivimos en una democracia cultural, fruto de un pueblo mestizo –algunas teorías sociales intentaron explicar así a nuestro país–, en Brasil hubo y hay hasta el día de hoy tensiones culturales”.

Gustavo Barreto es autor de una tesis de doctorado defendida en la Universidad Federal de Río de Janeiro sobre inmigración en Brasil. Allí analizó once mil ediciones de periódicos y revistas desde 1808 a 2015. Para él, la noción de que somos un país hospitalario no es más que un mito. A lo largo de la historia de Brasil, la aceptación de los inmigrantes ha sido selectiva, siempre con una preferencia por “cristianos, blancos, europeos y trabajadores”. Y Barreto analiza: “Recientemente, Brasil pasó a recibir un número considerable de haitianos, pero también vinieron portugueses y españoles. La prensa acostumbra poner a los haitianos como un problema mientras que a los inmigrantes europeos se los valoriza por su contribución al Brasil.”

Los historiadores coinciden en que los brasileños todavía estamos lejos de discutir y abordar el tema de la inmigración con la complejidad que merece. Barreto llama la atención sobre la información que brindan los grandes medios, que en vez de problematizar el tema, consideran que el conflicto son los inmigrantes”. Por su parte, César de Campos apuesta a una idea de un estado transnacional: “En general, el modo en que Brasil recibe al inmigrante todavía está muy marcado por la mentalidad del siglo XIX, es decir, adopta formas muy poco transnacionales. Esto tenderá a mejorar cuando superemos las políticas de gobierno y lleguemos a una política de Estado. Sin embargo, en este punto, los avances de Brasil, como los de muchos otros países, son apenas incipientes.