Una escritora argentina en Berlín “Una permanente confrontación”

Esther Andradi
Esther Andradi | © Peter Groth

Desde su llegada a Berlín en 1983, la escritora argentina Esther Andradi escribe en español. En este entrevista nos cuenta sobre la esperiencia de ser extranjera y sobre la vida literaria entre los mundos.

Su libro más reciente se titula “Mi Berlín. Crónicas de una ciudad mutante”. Son textos escritos durante más de tres décadas de vida, primero en Berlín Occidental, luego en la ciudad reunificada. ¿Qué tipo de historias cuentan estos textos y qué representan para usted?

Los textos cuentan sobre el hundimiento de un barco llamado “Amor” hasta los problemas de la gente tras Chernóbil, o sobre un turco kurdo que vende verduras en su local. Son todas cosas cotidianas. Berlín Occidental era un enclave en la Alemania comunista, las cosas políticas pasaban en París, con algo de suerte en Moscú, con más suerte en Bonn o con muchísima suerte Berlín, la capital de la RDA. Creo que eso fue una suerte para mí porque entonces pude desarrollar esta forma de escribir. Al menos una vez por mes yo escribía una crónica. Pero cuando me puse a hacer la selección para el libro, me di cuenta no solamente de mis cambios, sino también de los cambios de la ciudad, de los cambios de la vida cotidiana. Al inicio, cuando yo enviaba estas crónicas lo hacía por correo postal. ¡Correo postal a América Latina! Llega o no llega, o se pierde en el mar… Era un misterio siempre. Luego aparece el fax. ¡El fax!

Algo que hoy nadie ya usa…

Para qué si existe el correo electrónico, Instagram, y todo lo que existe ahora. Pero antes esta inmediatez no existía. Otra cuestión es el cheque. Una vez me enviaron un cheque –eso aparece en una de las crónicas– a Berlín. Pero yo vivía en “Westberlin”. “Berlín” como tal era la capital de la RDA. Para cobrar un cheque allí yo tenía que ir a otro país. Para cruzar la frontera, tenías que cambiar 25 marcos. Y tenías que gastarlos todos porque estaba prohibido traer dinero de vuelta. Entonces comías, bebías, comprabas libros y más libros, ibas al teatro… y aún tenías dinero, o sea era una cosa de locos, era muy barata la RDA. Yo trataba de explicarle esas cosas a los latinoamerianos desde aquí: ¿qué es una ciudad en donde los trenes paran en un determinado lugar y no siguen más, y donde hay vías que se terminan en un sitio porque allí hay un muro?

Esta tarea de trasmisión también la asumió cuando tradujo los poemas de May Ayim. ¿Por qué deseaba que esta poeta fuera conocida en castellano?

Desde que vivo en Berlín me interesa la literatura alemana que no forma parte del canon, de lo que se espera que sea alemán fuera de Alemania. May Ayim es una autora alemana de otro color. Habla de estar en dos mundos, aunque no viene de otro idioma. Tampoco viene de otra cultura porque fue educada en la cultura alemana. Descubrió muy tarde quién era su padre, lo encontró en Ghana y trató de recuperar sus raíces africanas. Pero eran las raíces de su padre, no las de ella. Había nacido aquí, pero como su color era otro, todos los días le preguntaban: “¿De dónde vienes?” “¿Cuánto tiempo te quedas?” “¿Cuándo te vas?” Ese desgarro permanente lo contó en sus poemas de forma maravillosa.

En la antología “Vivir en otra lengua” (2007) usted reunió a autores latinoamericanos que viven en Europa pero siguen escribiendo en su lengua materna. ¿Qué tienen estos autores en común?

Les hice una serie de preguntas a todos, por ejemplo, por qué razones siguen viviendo en Europa, porqué escriben en el idioma materno, qué relaciones tienen con el idioma y con la literatura donde viven. Luego le pedía a cada uno que me enviara un texto. Me enviaron cosas muy interesantes, pero de alguna manera todos tienen que ver con el cruce de culturas, es impresionante. Hay una búsqueda permanente de trabajar el tema de “yo vivo en una lengua que no es la propia”.

¿Qué significa para usted vivir en otra lengua?

Es una permanente “Auseinandersetzung”, como se dice en alemán: una permanente confrontación con “cómo digo esto”. Ya nada es inocente. Yo pienso que la literatura es justamente eso: evitar la “Selbstverständlichkeit” [lo que se considera evidente o natural]. Pero si uno vive en otra lengua, es menos inocente. Permanentemente dices: ¿por qué digo esto en español? ¿Por qué lo digo así? Una no traduce permanentemente, pero sí hay un interés por la esencia de las cosas, y no por el ruido del idioma.

Antes de llegar a Europa, usted vivió algunos años en Lima. Comparando su experiencia peruana con la de Alemania, ¿qué le viene a la mente?

Es un extrañamiento también. Mi primer extrañamiento no fue Alemania, fue Perú. Yo vivía con una creencia de que el español era un idioma común. Pero en el habla cotidiana yo era absolutamente argentina. Entonces, me obligué mucho a hablar con el “tú”, a utilizar ciertas palabras para que no me dijeran todo el tiempo, “¿Cuándo te vas?”, “¿Te gusta el país?”, como a una turista.Hay textos míos que tienen la pátina del Perú todavía. Por ejemplo, no se usa la palabra “alcachofa” en Argentina, se dice “alcaucil”. Hay un texto mío que se llama “Alcachofa”, y es un texto muy provocador. Ciertas palabras las he elegido y sé por qué están allí. Es una lección de distanciamiento con mi propia lengua materna. Después, por ejemplo, tengo un ensayo donde empiezo hablando del “Laub” [el follaje de un árbol]. Es una palabra que me gusta mucho, entonces cuento lo que significa “Laub” en alemán para después poder decir adónde voy en el ensayo. Eso es el privilegio que tengo de vivir en otra lengua, y justo en esta lengua alemana, que tiene un vocabulario tan rico.
 

Esther Andradi nació en Ataliva, Argentina. Tras instalarse en Berlín Occidental escribió guiones y reportajes para la radio y televisión alemanas. Vivió la caída del Muro y la Reunificación a principios de los años noventa. Entre sus títulos publicados figuran las novelas Tanta vida, Sobre vivientes y Berlín es un cuento, además de libros de relatos, testimonio y microficciones. Ha sido traducida a varios idiomas.