Artículo Más allá del tractor: arte y resistencia en Vila Autódromo

Luego de un intenso y cuidadoso trabajo con los habitantes de Vila Autódromo, los artistas y curadores inauguraron el monumento "Cielo abierto" y presentaron la publicación "Vocabularios en movimiento, vidas en resistencia", ambos símbolos de la lucha de esta comunidad. 

 

  • Vila final 1 Foto: © Igor Vidor
  • Vila final 2 Foto: © Igor Vidor
  • Vila final 3 Foto: © Igor Vidor
  • Vila final 4 Foto: © Igor Vidor
  • Vila final 5 Foto: © Igor Vidor

Es día de asado en la Vila Autódromo, comunidad en la Barra da Tijuca, Río de Janeiro. La casa de Maria da Penha está llena de mujeres preparándolo: unas limpian el pescado, otras cortan las verduras, todas conversan. La anfitriona, al lado de Nathalia Silva, su hija, y Sandra Maria, una de las vecinas, es uno de los símbolos de la resistencia local, protagonizada por mujeres. Afuera, el sol pega duro y, entre música y cerveza, la parrilla portátil (ideada por el artista Guga Ferraz) se está armando. Es una mezcla de vecinos, artistas y arquitectos que cierran un proceso de colaboración de más de nueve meses. Todo esto ocurre cerca de una autopista por donde pasan carros a alta velocidad.

A los peatones o a quienes vienen del centro de la ciudad, no les es fácil acceder a la Vila: se necesita tomar un metro, un bus y cruzar un puente peatonal. Al GPS le cuesta identificar el lugar. Cuando se llega, son veinte casitas blancas de un solo piso. Es difícil imaginar, pero allí vivieron casi 600 familias. La mayor parte de ellas salió entre el 2014 y el 2016, cuando la Alcaldía empezó los desplazamientos forzados, ofreciéndoles arriendos sociales, indemnizaciones o una unidad del programa de vivienda popular “Minha casa, minha vida”.

Eduardo Paes, entonces alcalde de Río, logró ser reconocido como el gestor que más desapropió familias en la historia de la ciudad, al superar figuras como el legendario alcalde Pereira Passos, hace más de 100 años. La diferencia es que hoy, eludiendo el discurso de higienización, los desplazamientos están asociados a los megaeventos (Mundial de Fútbol, en 2014, y los Olímpicos, en 2016). Más allá de la agenda deportiva, lo que se reveló fue una íntima asociación entre el poder público y privado, en un proceso de especulación inmobiliaria, que desplaza a personas que antes vivían en áreas valoradas a periferias. En el caso de la Vila, el argumento era que la comunidad invadía el perímetro de seguridad de los Juegos (si bien, era pacífica), además de la construcción de otras instalaciones (la Villa Olímpica que hospedó a los atletas se encuentra cerca de la Vila). Los proyectos populares, elaborados en conjunto con las universidades federales, que buscaban una permanencia viable, fueron ignorados. Aún, comunidades como la Favela do Sambódromo fueron extinguidas, e investigadores estiman que más de 67.000 personas tuvieron que ser desplazadas en ese período.

Los métodos pasaban por insistencias y asedios diarios, y los habitantes se decían coaccionados a aceptar indemnizaciones por medio de presión psicológica, además de tener problemas con escombros y suministro de agua y luz. Mientras cortábamos las verduras, antes del asado, una exhabitante nos contaba qué tan arrepentida estaba de haber salido, pues ahora vive con sus dos hijos en una habitación arrendada en una comunidad cercana. Sin embargo, el día era de celebración. Después de mucho esfuerzo, las veinte familias ven poco a poco los resultados de haber permanecido: el fortalecimiento de una red local, los logros graduales, el ejemplo de ser una comunidad que asume el protagonismo en la discusión de sus propios derechos de vivienda.

Uno de los grandes ejemplos de esta articulación es el caso del Museu das Remoções (Museo del Desplazamiento). Pensado por los vecinos, este es la construcción de un archivo vivo que hace de la comunidad su propio acervo y busca rescatar y reconstruir historias que se perdieron. Es la idea de un museo como territorio, que ayuda a la comunidad a disputar por la narrativa de los desplazamientos. Sin embargo, se trata de un proceso en construcción. Luiz Cláudio Silva, uno de sus habitantes, construyó un gran archivo con documentación de todo el proceso de negociación y desplazamiento a través de fotos, videos y relatos. Estos todavía no están disponibles al público y ahora le toca a la comunidad entender cómo construir un espacio dedicado a la memoria que atienda los anhelos locales, lejos de los ámbitos de una institución tradicional.

Pensar cómo el arte podría agregarle algo a este contexto era delicado. Como se sabe, algunas veces los artistas se acercan a situaciones sociales como una especie de redentores que cree poder solucionar los problemas del mundo. Sin embargo, esto no viene necesariamente acompañado de un real compromiso con los agentes de sus contextos de interés y produce efectos superficiales. La cercanía de una comunidad con un hecho histórico de resistencia y enfrentamiento político requería cuidado y seriedad, y no sucedería a corto plazo. Lidiando con intereses diversos entre ONGs, cineastas y periodistas de toda clase, los habitantes fueron también aprendiendo a defenderse y a desconfiar de los paternalismos. ¿Cómo sería posible colaborar en la consolidación de una memoria local sin una real cobertura en su contexto de lucha? Y, aun, ¿de qué manera podrían provocarse mutuamente las dos partes para lograr soluciones poco previsibles?

El proyecto “Cielo abierto”, como parte de “El futuro de la memoria” e ideado por el Goethe-Institut, llegó a la Vila sin saber bien cómo actuaría, abierto a las sorpresas. Igor Vidor, uno de los curadores, ya había realizado un trabajo artístico en el lugar y había acompañado el drama de los habitantes por un largo período, durante el cual estableció vínculos. Los otros curadores, João Paulo Quintella, interesado en las relaciones entre arte y arquitectura, Shana dos Santos, dedicada a los derechos humanos, y Gleyce Kelly Heitor, vinculada al tema de los museos, su acervo y educación, unieron sus prácticas.  

Poco a poco, se sumaron los artistas: partiendo de talleres de sensibilización, Kammal João desarrolló con los habitantes de la Vila banderas que simbolizan la resistencia y el territorio a partir de una demanda local. En el marco del post-desplazamiento no hay, por ejemplo, placas suficientes para demarcar la existencia de la Vila, y la parada de bus más cercana fue construida por la propia vecindad. Guga Ferraz construyó una parrilla portátil sobre una carretilla (símbolo de las obras), que será conservada y utilizada por los habitantes para incentivar las festividades colectivas. Cristina Ribas y Lucas Sargentelli desarrollaron una publicación a partir de conversaciones, que reúne narrativas, memorias y expresiones de lucha, una especie de “cartografía parcial de la resistencia”, según los artistas. Ivo Godoy realizó un trabajo junto a Luiz Cláudio Silva, en el que ayuda a organizar parte de su colección de imágenes y aporta a las reflexiones acerca de qué puede ser un museo del desplazamiento. En todos los casos, el interés en asociar las demandas de un programa que ya se ha construido y las posibilidades de la ficción se fueron articulando.

Ya los arquitectos Luisa Bogossian, André Daemon, Danilo Filgueiras (Estúdio Guanabara), Iazana Guizzo y Natália Cidade (Terceira Margem) diseñaron una plaza circular, especie de monumento social, que busca construir un espacio de convivencia que se ha perdido en el proceso de reconfiguración urbana de la comunidad. Iazana insistia en el hecho de que las esquinas, punto de encuentro, habían desaparecido. En la nueva Vila, la iglesia funciona como plaza pública (y uno de los únicos edificios preservados debido a la dura persistencia del Padre Fábio). Además de la agenda parroquial, es el punto de encuentro de los vecinos, el depósito de muebles, el albergue, las reuniones y las negociaciones.

Volvamos, por ejemplo, al asado. Alrededor del monumento recién inaugurado, doña Denise y doña Dalva alzaron la bandera con el nombre de la Vila, no me acuerdo si antes o después de condimentar el calabacín. Penha se subió a un escalón para decir por el micrófono que el territorio se debe dividir y compartir, mientras la pequeña Áxila me decía al oído que aun quería un parque de niños. Los artistas contaron acerca de sus procesos, el pagode (género musical derivado de la samba) de los años noventa se intercalaba con un disco de los ochenta, las gafas de sol relucientes compartían espacio con el triciclo, el día terminaba, la Vila se reafirmaba Vila, y el arte estaba allí, un tanto diluido, menos mal.