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La opacidad

Podemos pasarnos años, décadas, la vida entera sin pronunciar ni una sola vez la palabra “opacidad”. Y una población puede pasarse generaciones, siglos o milenios sin siquiera pensar en escrutar lo que está por detrás de las rendijas, de los desvanes, de los pisos falsos y de los sótanos del poder.

De Cláudio do Couto

La palabra “opacidad” no es precisamente una cosa muy transparente. En idioma portugués, y quién sabe en cuántas otras lenguas dotadas de palabras similares (una cifra no muy clara), su significado es tan desconocido por una parte de la población como aquello que su presencia puede pretender ocultar deliberadamente. Es una palabra tan opaca como ciertas políticas públicas y misteriosas facturas de tarjetas bancarias gubernamentales, controvertidas estrategias de comunicación y sorprendentes teorías conspiratorias que harían ponerse colorados a los guionistas más creativos. 

El problema reside en que, así como podemos pasarnos años, décadas, la vida entera sin pronunciar ni una sola vez la palabra “opacidad”, una población puede pasarse generaciones, siglos o milenios sin ni siquiera pensar en escrutar qué está por detrás de las rendijas, de los desvanes, de los pisos falsos y de los opacos sótanos del poder. 

Pero lo que nos oculta la visión en los tiempos actuales no es solamente la antigua opacidad de los cajones de escritorios que, durante tantos siglos, vienen protegiendo a las castas, a los pícaros y a los demagogos. La falsa transparencia de las tecnologías se propaga hoy en día a los cuatro vientos como si se tratase de la revelación de secretos seculares, mentiras y verdades casi indistinguibles ante nuestros ojos mal entrenados. Como el fondo falso de la galera de un mago, los algoritmos que desconocemos nos arrojan encima diariamente la enfermedad y su cura, la mentira y la verdad, la razón y la insania, el odio y la conciliación.  

Por debajo de la opacidad de las aguas turbias de la información pasamos a imaginar monstruos sanguinarios, criaturas míticas y predadores de emboscadas, mientras que extrañas criaturas que juran ser delfines muestran sus dientes de yacarés en falsas sonrisas y prometen salvarnos de los peligros invisibles.  Pero esas aguas no esconden monstruos. Conocemos su correntada, y durante todas nuestras vidas nos hemos zambullido en ellas. Para medir su profundidad y saber qué esconden, basta tocar el fondo con el bambú del conocimiento y recordar qué animales se esconden por debajo la turbiedad de ese río que aún cava su lecho.

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