En el cementerio Hollywood Forever, donde las palmeras proyectan sombras delgadas sobre mármol y mitos, el pasado revolotea literalmente en el calor. Aquí —en diálogo con los fantasmas de estrellas, aspirantes a estrellas, personas normales (sea lo que sea eso) y sí, también animales, y en presencia de impresionantes obras de vida y, con mucha más frecuencia, de ideas inconclusas— Pleasant Gehman se siente en casa. A su lado, en este día brutalmente caluroso de julio, está Coyote Shivers, su esposo y un auténtico rebelde de espíritu y, por tanto, el compañero de viaje ideal, que sabe cómo equilibrar su rapidez verbal con puntadas secas y recuerdos compartidos.
La vida de Pleasant Gehman no se puede ordenar y archivar cronológicamente como la de los simples mortales. ¿Qué ha hecho? O, mejor dicho, ¿qué no ha hecho? Publicó fanzines, fundó bandas y a veces las dirigió, hizo explotar pistas de baile, llenó de vida mesas de tarot y, por último, pero no menos importante, hipnotizó locales de danza del vientre con su presencia.¿Cómo encaja todo esto? Pleasant mira con coquetería y explica: “¡Mi lema de vida es decir que sí a todo!”. Fair enough.
Y en gran parte es cierto, porque la autoproclamada Princess Hollywood no conoce falsos juegos de ambición; la estrategia de vida le es ajena, en ella todo surge siempre del flujo natural de las cosas. “Nunca lo vi como una carrera —interviene—. Todas estas actividades son cosas que he querido hacer toda mi vida, así que las hice”.
Hollywood, una versión urbana de una ciudad abandonada del Medio Oeste
Esta negativa profundamente arraigada a separar el arte de la vida nos acerca a la esencia de esta biografía típicamente atípica de Hollywood dentro de la escena punk de Los Ángeles, una escena que, a mediados de los años 70, no era tanto una decisión de vida estético-artística por un entorno específico, ciertamente hedonista y culturalmente atractivo, sino, sobre todo, una confrontación constante con todo el lastre de la clase media que había empujado a sus protagonistas hasta el extremo occidental de Estados Unidos. Una especie de deserción ante la aplastante tristeza existencial del sueño americano del lavaplatos.Alrededor de The Masque —un club en el sótano de un cine porno, fundado por Brendan Mullen que para Pleasant y tantos otros se convertiría en uno de los epicentros del punk y de sus vidas, las cuales transcurrían en su mayor parte de noche— surgió algo así como una zona de autonomía temporal. Alquileres bajos, deterioro urbano y la ausencia total de control crearon lo que Gehman describe como “una versión urbana de una ciudad abandonada del Medio Oeste”. No era romántico, pero era permisivo.
“¿Quién pensaba entonces en una carrera?”, pregunta retórica. Lo que realmente contaba era la cercanía al ruido de la gran ciudad, a personas que bailaban alegremente al borde del abismo, a las posibilidades de abrazar lo prohibido. “Imagínate a quién te gustaría conocer”, se preguntaban entonces, comenta riendo. Y añade: “¿O con quién te gustaría cenar el resto de tu vida?”.
Aparte de que en la conversación uno nunca sabe si Gehman no está tomándole el pelo (al menos un poco), aquí está ensombreciendo su propia aura porque Pleasant nunca fue una más de las que estaban presentes cada noche, sino que pertenecía a esas pocas figuras de resplandor místico cuya presencia notaban todos en la sala y que marcarían la escena de manera duradera. Como pionera de los fanzines y más tarde colaboradora de LA Weekly y Slash, documentó la escena desde dentro, escribía de noche, a menudo bajo los efectos de la anfetamina, como añade con nostalgia, y mecanografiaba borradores con el sistema de diez dedos (tal profesionalidad era necesaria), en los que se mezclaban el reportaje observador y la presencia personal.
La ética DIY (Do It Yourself, hazlo tú mismo) no era una pose, era lo esencial de la existencia. Las fotocopiadoras se convirtieron en aquellos días en máquinas de empoderamiento. Los medios de producción no sólo estaban democratizados sobre el escenario. “Cuando las revistas empezaron a querer mis colaboraciones y pedían más, empecé a enviarles mis páginas escritas a mano en cuadernos escolares —recuerda riendo—. Por supuesto, los editores me llamaban y me preguntaban si podía pasarlo a máquina, y yo mentía y decía: ‘Mi máquina de escribir está en el taller’”.
Si hay un hilo conductor en la vida de Pleasant Gehman, es este: logra transformar y trascender las categorías fijas. Autora, artista del performance, bailarina, vidente; no son títulos profesionales ni fases de la vida, sino encarnaciones simultáneas de la única y siempre múltiple Princess Hollywood. Incluso su posterior inclinación hacia la danza del vientre, que algunos viejos “amigos” no tan bienintencionados supieron comentar con sorna, como relata, estaba en realidad escrita en las estrellas desde siempre. Ya de niña rezaba a Alá en la mesa del comedor y estaba fascinada por las imágenes de la revista National Geographic. “Me ha interesado todo esto desde que nací”, dice. Lo que quiere decir es que la escena punk no la marcó, sólo amplificó todo lo que ya dormitaba en ella.
“Al final, en cada esquina hay un Starbucks”
Los Ángeles, el otro personaje central de esta historia, no ha quedado intacto ante los estragos del tiempo. El capital en Hollywood ha sobrescrito la geografía del punk —antaño marcada por un abandono cultivado (tanto por parte del ayuntamiento, la policía y los adolescentes fugados de casa)— al igual que en el resto del mundo. La calle Selma (nombrada en honor a Selma Weid, hija del pionero de Hollywood Ivard Weid, y, hasta hoy, centro del universo vital de Pleasant), otrora lugar de caos, ahora brilla con hoteles boutique. “Los lugares donde antes conseguías drogas o te vomitabas hoy están ocultos tras las vallas VIP”, comenta Gehman con cinismo. La dialéctica es conocida: la subcultura genera aura, el aura genera valor inmobiliario, las inmobiliarias desplazan a la subcultura. O como lo expresa Shivers: “Al final, en cada esquina hay un Starbucks”.Los patos de los Ramones
Entretanto, salimos del cementerio Hollywood Forever, o, para ser exactos, nos echaron por falta de permiso de rodaje. Estamos a unas calles de distancia, sentados frente a la puerta del cuartel general temporal de Kaput en Hollywood. Es el momento adecuado para hablar de los patos de los Ramones, probablemente una de las anécdotas más extrañas del agujero de gusano de la cultura pop pandémica. Durante la pandemia del Coronavirus, Gehman y Shivers empezaron a dar de comer a los patos en el cementerio Hollywood Forever. Al principio, un simple gesto social, movido en parte por el amor a los animales, en parte por el propio desamparo de aquellos días. Pero la cosa rápidamente cobró vida propia cuando enseñaron a los patos a correr hacia la tumba de Dee Dee Ramone con una versión sampleada y graznante de “Blitzkrieg Bop” de fondo; el espectáculo se volvió viral. “Sólo nos importaba el amor por los patos, la música y la naturaleza —subraya Gehman—. La idea de ganar dinero con los patos es absurda”. Y, sin embargo, a las pocas horas de publicarse un artículo en la página web de la Rolling Stone estadounidense, no se daba abasto con las solicitudes de todo el mundo. Pero una auténtica princesa de Hollywood no se deja impresionar por eso. Incluso cuando la llamaron de una gran cadena de televisión para entrevistarla en horario de máxima audiencia ella se negó amablemente: “Mire, lo siento, ahora mismo no es posible. Acabamos de llegar al cementerio y esto se va a poner muy ajetreado aquí”.Al final, las cosas pasan como pasan, concluye Pleasant Gehman. “¿Cómo si no se explicaría que precisamente los patos se conviertan en embajadores del recuerdo punk? Nada de esto ocurrió con intención, —subraya, y añade—: Si no luchas contra el caos, el caos se encarga de ti”.
“Soy una estríper de 63 años, un poco chiflada. ¡Escribe eso!”
La escena punk de Los Ángeles en los años 70 fue, a menudo, mitificada a través de sus protagonistas masculinos, sus bandas y sus locales. La presencia de Gehman complica ese relato. No es sólo una testigo, sino una archivista de texturas, sonidos y algo más: el olor de los viejos teatros, la etiqueta de los baños en bares de prostitutas transexuales, el zumbido acústico de la televisión nocturna; sus historias respiran el espíritu de aquellos días lejanos, insisten en los límites caóticos y permeables entre arte, sexo, supervivencia y aburrimiento.Hablando de sexo: “A veces, la única razón para salir de casa era la perspectiva de encontrar a alguien en la calle y tener sexo”, dice con toda naturalidad. No es provocación, sino constatación antropológica. En aquella escena, el deseo —social, sexual, estético— era tan importante como la rebelión. O como añade Shivers con sequedad: “Gran parte de lo que considerábamos movimientos políticos o artísticos no eran más que gente que quería tener sexo”. La edad no le ha robado a Pleasant su sentido del humor. Al contrario. “Soy una estríper de 63 años, un poco chiflada. ¡Escribe eso!”, me dicta hacia el final de nuestra conversación de varias horas. Como tantas veces en ella, es a la vez broma, declaración y la maravillosa terquedad de no perder relevancia con la edad, y, en cambio, permanecer abierta a nuevas experiencias.
En una cultura cada vez más marcada por la optimización constante y el perfecto marketing personal, Pleasant Gehman sigue siendo agradablemente impredecible. Toda su vida ha negado cualquier planificación, dejándose caer con cuerpo y alma en la imprevisibilidad de la vida; ¿por qué iba a rendirse ahora al conservadurismo de la edad o a la mezquina monetización del capitalismo? Y precisamente por eso su influencia perdura, y la gente sigue murmurando con respeto el nombre de Princess Hollywood.
La última palabra, por supuesto, es suya: “Siempre he dicho que sí, todo lo demás pasó automáticamente”.
Enlace: Meet me at the Hollywood Forever Graveyard: Pleasant Gehman aka Princess Hollywood & Larry Johnson:
https://www.youtube.com/watch?v=FBZr7dcXZ4A