Tras el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, un grupo de jóvenes encontró en el punk una forma de organizarse, resistir y construir comunidad. A partir de las voces de las integrantes de Las CHAP’s (Chavas Activas Punks), esta hitoria oral del periodista mexicano Carlos Acuña recupera una historia de autogestión, feminismo y rebeldía que marcó a toda una generación.
Nota: El siguiente texto está diseñado para su lectura en voz alta el día 29 de octubre en el Cineclub la Cueva, en Serapio Rendón, frente al Cine Ópera, y es resultado de entrevistas individuales, realizadas entre 2025 y 2026, con Ana Laura Martínez (Ana Punk), Verónica Miranda (Verónica Maldoror) y Rosario Cardona (Morticia). Esto con la intención de mostrar cómo el terremoto y el punk dotaron a una generación de mujeres de una gramática para sobrevivir el abandono familiar o institucional, la violencia machista y otras taras de la época.La voz de las entrevistadas ha sido reordenada y editada, intentando respetar al máximo sus ideas y perspectivas. Idealmente este texto debe ser presentado en una sesión de lectura en voz alta, al menos una vez, en la que ellas en persona elijan y omitan los fragmentos que ellas prefieran con el fin de completar un tiempo de máximo 25 minutos. En el caso de Ana Martínez, sería óptimo contar con su voz grabada en cinta y reproducirla mientras se proyectan fragmentos de películas y fotografías de aquellos años.
I. EL TEMBLOR
REPORTERX/NARRADORX: En un inicio el gobierno reconoció alrededor de tres mil 500 personas fallecidas. Pero nadie creyó mucho en esa cifra. Con el tiempo la cifra oficial creció a más de seis mil personas muertas, aunque algunas organizaciones calcularon más de 20 mil. 412 edificios cayeron, otros miles terminaron dañados. 250 mil personas quedaron en la calle. Los campamentos de damnificados aparecieron en distintas zonas de la capital y permanecieron allí por décadas.
Fueron los años del polvo.
Cuando todo era una ruina.
ORADORAS, NARRADOR, EQUIPO DE PRODUCCIÓN: (hacen ruidos con sus palmas y pies golpeando cualquier superficie a su alcance, gritan, se quejan con alaridos largos, imitando el sonido del temblor. Terminan con aullidos y suena la canción Kaos Urbano de SS-20).
MALDOROR: (Con calma, con la voz un poco confundida, como si acabara de despertar o salir de un trance). Una no se detiene a pensar cuándo y cómo inician las cosas. La vida no es un transcurrir. Yo he aprendido eso. Es un devenir.
Pero casi todo en este mundo empieza con una sacudida. La nuestra tuvo lugar en 1985: el 19 de septiembre. Fuimos hijas del terremoto. Nos parimos entre escombros, de cierta forma.
Yo iba todavía en la secundaria cuando lo sentí. Vivía en Tlalpan, al sur de la Ciudad de México. Y aunque allá no hubo grandes daños, las clases se suspendieron. No sé por qué me enfilé hacia Tlatelolco. Ni siquiera pensé en regresar a mi casa. Llegué en un Ruta 100 y vi los edificios convertidos en montañas de varilla y piedra, los rescatistas como hormigas intentando mover hormigón. Y ahí estaba yo a las diez, once de la noche, ayudando a preparar café en los camellones.
Esa noche conocí a mi amiga Reina, quien después sería integrante de Las CHAP's. Teníamos 14, 15 años. Éramos unas niñas y nuestro mundo era pequeño: los artistas de "Siempre en Domingo", la idea de crecer para casarnos con un fulano golpeador, luego embarazarnos, dedicarnos a la casa.
Poco más.
(Pausa breve)
Éramos unas niñas pero ya nos dolía ser mujeres.
MORTICIA: (Con ironía seca). Un momento larguísimo. Interminable. Eso fue el terremoto del 85. Y al otro día volvió a temblar: una réplica de 7.6 grados. El primer sismo duró dos minutos. La réplica, minuto y medio.
Es curioso: dos minutos o minuto y medio es, más o menos, lo que dura una canción punk.
Yo no lo viví, porque entonces me juntaba más con los colectivos culturales de Tepito. Sin embargo, dicen que los chavos banda y las pandillas de punks llegaron desde todos lados. Desde Neza, desde Álvaro Obregón, desde Tlalne. Y que fueron de los primeros que comenzaron a levantar escombros.
Muchos dicen que antes del terremoto, el punk era un asunto de autodestrucción. Algo más ligado a la violencia, las drogas, Sid Vicious y esas ondas. Yo lo viví distinto.
Antes del terremoto a mí no me gustaba juntarme con ellos. La verdad. Eran unos bullies, como diríamos hoy. Se la pasaban chingue y chingue todo el día. Sobre todo a las mujeres. Yo no los conocía casi. Pese a eso, se veía que eran personas nobles. Solidarias y francas. Yo no veía autodestrucción en ellos. Había, sí, una falta de propósito, una cierta falta de orden.
Fue el terremoto lo que nos dio una dirección a toda esa banda que nos juntábamos los sábados en el Tianguis del Chopo.
ANA PUNK: (Directa, pragmática). Yo ya vivía en la San Simón. Tenía 16 años y me había ido de mi casa. Rentaba un depa con otras tres chavas. Estábamos a dos patadas de Tlatelolco y nos tocó todo el despapaye: varios edificios que cayeron muy cerca.
Esa misma tarde organizamos en un baldío un centro de acopio y una cocina para alimentar a los voluntarios. Fue una reacción generalizada: en esos años, nadie confiaba en los políticos, ni en la policía, ni en los militares. Fueron las amas de casa, los estudiantes, los obreros quienes primero organizaron los rescates. Y los punks, los chavos banda que éramos catalogados como vándalos o drogadictos, resulta que ahí estábamos ya organizados porque hacíamos tocadas.
Para quienes andaban en pandilla era bien fácil secuestrar un camión, además. Los punks se distinguieron en esos días por tomar camiones para transportar víveres y rescatistas. Les decían los camiones especiales. Llegaban los especiales a las zonas de emergencia cargados de chavos que luego-luego se ponían a cortar varilla y sacar escombros.
Y cambió la percepción de la gente: "Serán drogadictos y se vestirán raro, pero allí estuvieron rascando entre las ruinas", decían. No es casualidad que Las CHAP's surgiéramos poco después de ese momento.
Escombros y edificios afectados por el terremoto de 1985 en la Ciudad de México. | Foto: Roberto Esquivel Sánchez, octubre de 1985 / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0
II. LA CALLE, LA CASA
REPORTERX/NARRADORX: Eran los tiempos de los hoyos funky, de Paco Gruexxxo en Tlatelolco y del Frontón de Bucareli. Los crímenes del Negro Durazo estaban frescos y México vivía el último coletazo de la Guerra Sucia. Gobernaba todavía Miguel de la Madrid quien había prometido una “renovación moral” de la vida pública.
Eran también los días de Los Nenes, Los Mierdas o los F.B.I. –Franciscos Banda Infernal, conocidos luego internacionalmente como los Sex Panchitos Punks–. Pandillas de adolescentes que crecieron a la mala en los alrededores de los basureros y desagües de Neza, de Santa Fe, de la San Felipe.
Influenciados por la película The Warriors, satanizados por su forma de vestir o por escuchar música ruidosa, criminalizados por su juventud, la prensa emprendió una campaña amarillista y los caricaturizó como enfermos mentales, hordas asesinas fuera de control. Aunque la mayoría se limitaban a vandalizar una que otra vinatería, rayar una pared, organizar tocadas multitudinarias.
No era común pero, de vez en cuando, alguna chava aparecía entre ellos. Era pocas pero pronto se empezó a hablar de pandillas compuestas exclusivamente por mujeres.
Las Susys Dead.
Las Verdugas.
Las Adelitas, Las Lobas.
Las Viudas Negras.
Por el rumbo de Neza incluso se llegó a hablar de Las Castradoras: una pandilla de mujeres jóvenes que amenazaba con emascular a los abusadores de niñas y a los violadores.
(Suena la canción Flores de Basurero, de Ley Rota)
MALDOROR: (Con contención). A mí nunca me dio miedo la calle, ni la ciudad de noche. No en aquellos años. Ahora con la guerra contra el narco y las personas desaparecidas… es diferente. Pero entonces el peligro estaba en la casa. Yo crecí con un padre ausente y mi mamá quería ser libre. Me dejaba sola en casa y, sí, durante esas ausencias, fui víctima de una agresión sexual. Por eso prefería la calle.
Cotorreaba con una banda que se hacían llamar Los Leprosos. La verdad caí ahí porque me enamoré perdidamente de uno de ellos. Uno que ni me pelaba. Pero me fui detrás de él. No me arrepiento porque, en aquellos años, unirse a una pandilla, sumarse a los punks, era importante. Como mujer sólo así una podía vestirse como una quería, ir a tocadas lejos, aventurarse.
Cuando ya me sentía bien punk hasta me hice un mohicano, me pinté el cabello y todo. Me costó que mi madre me corriera definitivamente de la casa. Terminé en Tijuana con unos amigos. Entonces nos gustaba mucho la banda Solución Mortal. Teníamos la ilusión muy adolescente de sumarnos a sus filas o no sé qué era lo que buscábamos.
Creíamos que íbamos a cruzar la frontera todos los días para colarnos a los conciertos de Los Ángeles. Qué risa. Terminé viviendo en una casa de madera, rodeada de junkies y más banda sin hogar como yo. Así viví varios meses.
MORTICIA: (Con sarcasmo). La primera mujer que se hizo una mohicana en México fue Nina. Ella fue parte de Las Chaps también. La segunda mujer mohicana en México fui yo. Sí era un sacón de onda porque lo primero que pasaba es que todo mundo te preguntaba: ¿eres hombre o mujer? Yo ya me había vuelto un poco cínica, respondía: "Soy lo que tú quieras".
Mi piel en aquel tiempo era más blanca que ahora: a mi palidez natural se sumaba que traía el cabello larguísimo y suelto. Por eso los pinches punks me empezaron a llamar Morticia. Para molestarme. Después decidí que sí me gustaba el apodo, porque incluso con mohicano yo tenía el cabello larguísimo.
Los mohicanos y las crestas, para mí siempre fueron una forma de burlarnos de las monarquías. Las botas militares eran para ridiculizar a los militares. No se trataba sólo de vestirnos raras por vestirnos raras. Queríamos buscarle un significado a todo, una función.
ANA PUNK: El punk también entró por la vestimenta. Lo veíamos en las pocas revistas que rolaban: la Conecte, la Rolling Stone. Ahí vimos por primera vez a Blondie, a Siouxsie Sioux, a Nina Hagen. Y en la ropa que usaban notamos que había una apuesta distinta: que podíamos ser mujeres sin esa imposición de las marcas y el mandato de ser “bellas” para atraer un marido. También podíamos vestirnos para incomodar. Hacer nuestras garras, diseñar nuestro aspecto, se parecía en algo a decidir sobre tu propio cuerpo y tu propia vida.
Pero el gobierno y los medios hicieron todo para marginarnos. Los punks y los chavos banda salimos en todos los periódicos. De delincuentes y drogadictos no nos bajaban. Ser joven y vestirse raro se volvió la excusa perfecta para que la policía nos apañara. Hacían redadas para extorsionar a las familias: ya con el chavo en los separos, es bien fácil pedirle una feria a los papás.
Y la cuestión familiar también era pesada. Si un hombre no llegaba un día a casa, no pasaba mucho. Pero si como mujer faltabas una noche, no te la acababas. Te mandaban al médico para que checara si no habías perdido la virginidad. O te trataban de puta. Por eso yo terminé a los 16 años ya viviendo con otras amigas. La primera rebelión casi siempre sucedía en casa.
Cruzly mirando a la camara con banda Meli. | © Archivo especial. Cortesía de Verónica Miranda (Verónica Maldoror), ex CHAP.
III. Virginidad Sacudida
REPORTERX/NARRADORX: En el principio fue el tianguis: el mercado ambulante y callejero, el trueque y el cambalache, las lonas en el piso y el regateo. Antes de internet, antes de la era del streaming, aquí en la capital de México –entonces todavía Distrito Federal, México Tenochtitlán de los temblores– existía el Tianguis del Chopo: un mercado callejero en donde los jóvenes se comenzaron a organizar para intercambiar todo tipo de materiales contraculturales –discos, publicaciones, ropa–, específicamente sobre el rock, el punk y otros géneros. Pronto comenzó a llegar música de todo el mundo. La economía informal de la calle globalizó pronto a una generación de chavas y chavos sedientos de un horizonte más amplio.
(Suena la canción Virginidad Sacudida de SS-20)
MALDOROR: (Con admiración). Fue una banda ícono. Virginidad Sacudida nos marcó a todas. Tuvo solo dos tocadas y muy pocas personas las vieron. Pero la revista Banda Rockera sacó unas fotos que fueron la sensación. Yo entonces era una chava de secundaria, todavía de uniforme, con mis chinitos en la cara… y ver a esas chavas, a la Zappa, a Ana Laura, a Laura, a Andrea, con sus instrumentos y su porte punk, pues sí me impresionó. A mí y a muchas.
Y que nos hablaran, que hubiera contacto, que fueran tus amigas nos daba mucha emoción. No nos la creíamos. Ya después entendimos que el asunto era más terrenal. Que no eran Pandora, que no eran Yuri. Que teníamos las mismas carencias, los mismos traumas, las mismas fallas.
MORTICIA: (Con humor). Todo el mundo quería que yo les ayudara a hacer coros. Tenía buena voz, al parecer. Pero nunca fui muy disciplinada. Las primeras en pedírmelo fueron Virginidad Sacudida. Nunca se concretó porque solo tocaron una vez.
Solo tocaron una vez, sí.
No dos, ni tres veces.
Sólo una vez.
En el Salón Bucareli.
Y sólo tocaron una canción porque todas estaban pedas.
Y porque se la pasaron insultando al público.
La baterista se quedó dormida y las demás… pues ya cada quien hizo lo que quiso. Fue impactante, eso sí. En principio porque eran puras mujeres. Mujeres que toda la banda conocía. Esto fue apenas un poco antes de que formáramos Las CHAP’s.
ANA PUNK: Lo de Las Chavas Activas Punks, Las CHAP's, empezó en El Chopo, poco después de Virginidad Sacudida. Fue una movida que empezamos las morras que orbitábamos los sábados alrededor del Tianguis. En medio de todo ese ambiente las mujeres decidimos que queríamos formar nuestros propios espacios, donde pudiéramos hablar de nuestros problemas. De los abusos del machismo, pero también de sexualidad, de anticonceptivos, de cosas que los vatos jamás tocaban.
El primer propósito fue hacer un fanzine. El objetivo fue creciendo porque de repente ya éramos 30, 40, 50 chavas participando de manera intermitente. Todas hacían ilustraciones, escribían; luego empezaron con lo del performance, hicieron sus propias bandas. Había muchas madres solteras ya en ese momento.
Aunque sí había cierta saña de los hombres contra Las Chaps porque éramos puras morras, la banda siempre nos apoyó. Hay que decirlo. Hubo muchas tocadas para recabar fondos y los grupos nunca cobraron un peso.
MORTICIA: En un inicio nos reuníamos en el Museo del Chopo, gracias a un permiso que gestionó Ana Punk. Nos expulsaron porque en ese entonces a algunas de Las CHAP’s les gustaba mucho fumar marihuana, no eran muy prudentes y una vez armaron un fumadero en el baño del Museo. Nos expulsaron a todas.
Fue cuando alguien, creo que fue Ana, gestionó que no prestaran otro lugar muy cerca, una casa abandonada en la esquina de Cedro y Sor Juana. Ahí además de los fanzines, ensayos y performance, también se organizaban pláticas con una sexóloga que nos ayudaba a entender nuestro cuerpo, ¿no? Había una psicóloga además, una enfermera, una chava que estudiaba derecho entre nosotras. Cuando alguien necesitaba un paro, sabía que allí al menos podía encontrar orientación. En esa casa estuvimos unos dos años.
Virginidad Sacudida. | © Archivo especial. Cortesía de Verónica Miranda (Verónica Maldoror), ex CHAP.
IV. Silencios y fanzines
REPORTERX/NARRADORX: Hasta 2007, en el Distrito Federal abortar era un delito que se castigaba con prisión para la mujer que lo practicaba y para el personal médico que lo realizaba. No se sabe bien a bien cuántas mujeres murieron por abortos realizados en condiciones de riesgo. Entre 2002 y 2006, el INEGI registró 197 muertes a nivel nacional codificadas bajo la causa de aborto: 27 en la capital.
Pero, otra vez, las cifras no son confiables. Cuando una mujer moría en un hospital, la causa de muerte solía registrarse como hemorragia obstétrica o paro respiratorio. Para evitar problemas. Algunas organizaciones estiman que, antes de la despenalización, el número real de muertes de mujeres por abortos inseguros podían llegar hasta las mil 500 a nivel nacional cada año: unas 120 en Ciudad de México.
(Suena la canción Olvido, de Riña)
MORTICIA: No había más que sentimiento. En nuestros fanzines escribíamos lo que nos nacía, como nos nacía. Sin formación alguna. Siempre fue así con Las CHAP’s: visceral. Mis padres siempre tomaron mal que yo fuera punk, que me vistiera como me vistiera, que me juntara con quienes me juntaba. Pero igual les llevaba a la casa con todos mis amigos a comer y, poco a poco, les cambió la mirada. Yo creo que notaron que la vida era más fácil para mí cuando estaba con esa gente.
Cuando era niña me diagnosticaron dentro del espectro autista. En aquel entonces yo no era tan consciente de mi diagnóstico. Solo sabía que me costaba relacionarme. Las personas autistas nos fatigamos de socializar. Necesitamos distancia. Y la verdad yo me relacionaba poco con la gente. Me esforzaba en ser educada, amable: poco más. Fue con Las Chaps que aprendí a profundizar, a ser empática, a apoyar a la gente vulnerable.
A mí nunca se me va a olvidar una vez que la Zappa y Laura –quienes después de Virginidad Sacudida fueron parte de las Chaps– corrieron atrás de un culero que había asaltado una viejita. Lo alcanzaron y lo zarandearon. A ellas les indignó mucho el maltrato porque el cabrón había aventado a la señora y la había tirado. Yo aprendí de ellas a responder ante mi coraje, a ser consecuente con lo que sentía.
ANA PUNK: …y es que no todo en la banda estaba chido. Las pandillas reproducían los mismos males contra los peleaban. Había abusos, había agandalles, toda esta cuestión de la testosterona, ¿no? En nuestro caso, vivimos situaciones de acoso y abuso, algunas bastante graves. Y como en las mejores familias: nadie lo hablaba.
Nadie.
A nosotras nos incomodaba ese silencio.
Antes de Las CHAP’s habíamos hecho el colectivo Cambio Radical Fuerza Positiva, con el que intentábamos acercarnos al tema de las drogas. Nuestro enfoque era: “Si ya la policía nos está chingando y los políticos nos están robando, ¿para qué te envenenas el cuerpo tú también?”. Nuestra intención era ofrecer una alternativa. No era una cuestión moral, sino una necesidad pragmática.
Fue por eso que las morras empezamos a hacer fanzines. Porque las figuras masculinas acaparaban demasiado la atención: machos alfa que estorbaban más de lo que ayudaban. Nosotras creíamos que el punk no era un asunto de individuos ni de cultos ni de héroes. Se trataba de actuar distinto, de construir autogestión y de buscar soluciones a nuestros problemas, por nuestra cuenta.
MORTICIA: Había temas que nos interesaban mucho más a nosotras que a los hombres. El aborto por ejemplo fue con el que más batallamos. En los ochenta abortar era algo penadísimo no sólo por las autoridades sino, sobre todo, por las familias. En Las CHAP’s hubo varias chavas que abortaron, chavas que decidieron hacerlo porque nosotras las asesorábamos, porque nosotras acompañábamos o porque nos dedicamos a brindar información.
No eramos un colectivo perfecto. Había jerarquías aunque fueran informales, había tensiones internas. Pero el aborto fue uno de los temas que nos unieron a todas.
(Suenan los primeros 30 segundos de la canción Lloren y canten de la banda T.N.T… es interrumpido por un golpe seco y luego un silencio largo)
Propaganda CHAP's, Propaganda 1968 y Revista Territorios. | © Archivo especial. Cortesía de Verónica Miranda (Verónica Maldoror), ex CHAP.
V. Sábado de Gloria
MALDOROR: (Con pausas largas entre cada frase, pero acelerándose en cada párrafo). Fue un Sábado de Gloria. Y era 1988. Estábamos en una reunión, me parece que del Colectivo Cambio Radical Fuerza Positiva. Él es todavía un personaje bastante conocido dentro de la escena punk.
Me dio algo de beber.
De repente ya no supe nada.
Me dicen que me estaba besando, manoseando, tocando, mordiendo, fajando, yo no recuerdo nada.
Nada.
Fue hasta las 10, 11 de la noche que recuperé algo de conciencia y él estaba encima de mí. Yo, desnuda. Escuchaba las voces de Damián, de Cristina, intentando quitarlo.
Para qué tomas, me decían.
Es que ella quería conmigo, yo no la violé, decía él.
Eran otros tiempos.
Mi voz no valía.
Nuestras voces no valían.
O eso sentía yo.
Así que me encerré: 15 días me alejé de todo. Hasta que mis amigas llegaron a mi casa y me levantaron.
Sal, me dijeron, tienes que salir.
Escríbelo, escúpelo.
(Pausa)
Para mí –para mí– Las CHAP’s nacieron ese Sábado de Gloria. Como una respuesta a esa agresión. Porque fue una respuesta colectiva, no sólo de las chavas, sino incluso de otros colectivos, como los Punk's Not Dead, en donde hubo órdenes explícitas de no violentar a las morras, por ejemplo.
(Silencio largo)
Colectivo de Mujeres y Cultura Subterránea: Verónica y Zappa, CHAP's. | © Archivo especial. Cortesía de Verónica Miranda (Verónica Maldoror), ex CHAP.
VI. Un legado punk
REPORTERX/NARRADORX: Existe un archivo mínimo para abundar y reconstruir la historia de Las CHAP’s. En la Fanzinoteca del Museo del Chopo, por ejemplo, se conservan algunos de los primeros fanzines de la colectiva. Hace unos años, Verónica Maldoror publicó Cuerdas: una historia punk, una nouvelle autobiográfica que comienza con su memoria del terremoto y termina con su experiencia en Las Chaps. En El Futuro es Aquí y Ahora: memoria viva del punk chilango de finales del siglo XX, Luis Criptas entrevista a algunas integrantes insignes de Las CHAP’s. En lenguaje cinematográfico quedan algunos otros registros como El Primer Aullido o Gritos Poéticos de la Urbe, así como la película Alma Punk filmada por Sarah Minter y protagonizada por Ana Punk. Sobre todo, queda la memoria viva de sus protagonistas, presentes en este texto.
(Suena la canción Nunca creí de Kdáveres/Cadáveres)
ANA PUNK: (Con humor ácido). Yo no soy de juzgar, yo no soy de juzgar. Pero sí me da risa y hasta hueva cuando veo a todos esos héroes punks de los 80's. Lo fácil que se venden por un salario, por un estatus, por lo que sea. Las chavas nel. O no tan fácil. Ninguna de Las CHAP’s terminó acá. Todas andan en el activismo y siguen siendo trabajadoras independientes y autogestivas, que no es lo mismo que freelance.
Ahí anda la Zappa con Magos Punk todavía armando tocadas y colectas para causas solidarias. Ahí anda Verónica Maldoror escribiendo y en sus ondas locas que me encantan. La Morticia es gestora cultural y de las chidas: tiene un cineclub, arma talleres para infancias. Otras llegaron a ser abogadas y están defendiendo causas, barrios, comunidades.
Lo que pasó con las morras, me parece, es que sí veíamos más claramente cómo venía el futuro, ¿no? El no-futuro. Y decidimos actuar en consecuencia. No hacernos tan pendejas, traicionarnos menos.
Con Las CHAP’s yo entendí que nuestras armas eran las palabras. Que la autogestión iba a ser nuestra herramienta. Entendimos que la lucha era contra el elitismo y contra ciertas dinámicas, el machismo entre ellas. Sabíamos que lo último que buscábamos era auto-marginalizarnos.
Zappa en tocada. | © Pablo Gaytán
MALDOROR: (Con orgullo). En aquel entonces todos hablábamos de "solidaridad". Fue después del terremoto que esa palabra empezó a sonar mucho en los barrios, en las bandas. Ser solidario era hacer paro: ir a marchar, cooperar con un sindicato en huelga, tocar gratis en un evento para juntar fondos. Pero llegó Carlos Salinas de Gortari y se apañó la palabra para hacer campaña. Eso a mí me dio mucho coraje.
Para nosotros la "solidaridad" era un principio de autogestión. Yo puedo decir con mucho orgullo que, cuando nació mi hijo, obviamente yo no vivía en una casa propia y no tenía recursos, fueron ellas, Las CHAP’s –Reina e Irene específicamente– quienes se acercaron conmigo y me sostuvieron. Le llamábamos solidaridad entre mujeres. La sororidad que ahora le dicen. No era un programa de gobierno sino una práctica entre iguales.
Muchos de nosotros teníamos la ilusión de quitar al PRI del poder. En el 87 y el 88 muchas de Las CHAP’s cumplíamos 18 años. No éramos cardenistas porque nos considerábamos antisistema: antipolíticos. Y nos solidarizamos con los sindicatos en paro, con las costureras, con los damnificados que habían protestado durante el Mundial del 86.
Por eso, cuando se cayó el sistema y se concretó el fraude electoral, fue tan díficil pasar el mal trago.
MORTICIA: Es como el feminismo. El feminismo actual tiene sus cosas, sus aspectos raros, chafas. Pero las marchas masivas, la denuncia del acoso, la tipificación del feminicidio, la legalización del aborto, la ley Olimpia, tiene mucho que ver con lo que nosotras hacíamos en esos años.
Y, sí, cuando nosotras marchábamos no le veíamos mucho sentido a vandalizar las calles. Pero los políticos sólo empezaron a escuchar cuando comenzaron los actos más radicales. Si no fuera por esas muchachas que rayaron, que quemaron, que rompieron, no hubiéramos ganado tantos derechos.
MALDOROR: Pienso mucho en aquellas morras. He escrito sobre ellas, he escrito sobre nosotras. Sé que Ana Punk vive ahora en Irlanda. Terminó allá después de que se involucró con el zapatismo en el 94. Ella después comenzó a colaborar con el periódico Amor y Rabia con quien llegó a Chiapas a hacer unas entrevistas a las mujeres zapatistas, en marzo del 94: apenas unos meses después del levantamiento del EZLN.
En medio de la efervescencia, Ana y su colectivo también entrevistaron al Subcomandante Marcos. Como Amor y Rabia se distribuía también en Estados Unidos la entrevista se volvió viral, como diríamos ahora. Me parece que allí en Chiapas, Ana conoció al papá de su hijo porque ella se involucró mucho en la organización. Estuvo participando en la organización de los tercios, que es como los zapatistas llaman a sus medios de comunicación independientes. En Irlanda sé que trabaja en temas de salud, que ha estado en organizaciones de mujeres latinas, que participa en organizaciones de inquilinos en defensa de la vivienda, que ha sido extra en algunas series televisivas.
MORTICIA: No sé qué están haciendo los punks ahora, la verdad. Pero recuerdo aquellos días y sonrío. Porque yo sigo escuchando punk pero también bandas que vienen del gótico, dark cabaret. Escucho mucha tarantella. Y continúo hablando con algunos de mis amigos de aquellos años.
Pero eso no es lo importante.
Hoy muchos dicen que el punk está muerto.
No sé de qué hablan.
Para las morras que vivimos ese momento, para Las CHAP’s el punk fue una raíz. Una raíz que permitió que creciéramos en distintas direcciones. Una raíz que lo cambió todo, que nos salvó de la soledad, del aislamiento. Una raíz que a la fecha nos sostiene y nos mantiene vivas.