Cine latinoamericano Sueños (y pesadillas) en la gran pantalla

© Anna Azevedo © Anna Azevedo

Las películas latinoamericanas siempre han soñado los miedos y esperanzas del continente. El crítico Diego Brodersen cuenta sobre los sueños cinematográficos del presente y el futuro de Latinoamérica.

En El blanco afuera, el negro adentro (2014), de Adirley Queirós –uno de los cineastas más radicales e imaginativos del cine brasileño contemporáneo– el pasado, el presente y el futuro conviven sin solución de continuidad. Marquim, uno de los protagonistas, vive encerrado en un búnker y transmite sus discos de vinilo vía señales de radio, recordando los hechos trágicos que terminaron en el uso obligado de una silla de ruedas. Dimas, mientras tanto, ingresa todos los días en un container aparentemente abandonado que, en realidad, no es otra cosa que una máquina del tiempo. La ciudad es Ceilândia, urbe satélite surgida luego de un proceso de erradicación de favelas en Brasilia; el tiempo podría ser mañana, el año 3000 o un pasado alternativo.
 
Tráiler de El blanco afuera, el negro adentro de Adirley Queirós, Brasil, 2014.


El cine latinoamericano siempre ha tenido sueños (o pesadillas) que imaginan el futuro de la región con elementos aledaños a la distopía, más o menos ligados al concepto de la ciencia ficción, casi siempre teñidos de elementos políticos. Ideas de venganza, relatos catárticos, sublimaciones de un presente convulsionado, nunca estabilizado, en eterno movimiento hacia atrás y hacia adelante. El futuro es inexorable en su cualidad de enigma y los sueños –los cinematográficos y los reales– no hacen más que reflejar los miedos y esperanzas de nuestro presente.

Algo similar puede decirse de Bacurau (2019), el film de los brasileños Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles, en el cual los habitantes de un minúsculo pueblo del interior se ven empujados a revelarse contra los enemigos más inesperados, un comando de extranjeros dispuestos a la caza del hombre por el hombre, mientras el cielo es surcado por extraños platillos voladores. Fantasía futurista en tiempo presente, esta película, ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cannes, transforma infiernos posibles (la falta de agua, por ejemplo) en una amalgama de pavores y ansiedades que terminan adquiriendo la forma de la pesadilla, pero que, curiosamente, se transforman en el paso previo al sueño de una posible utopía comunitaria.
 
Tráiler de Bacurau de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles, Brasil, 2019.


En Argentina, las imágenes del futuro también forman parte del panorama audiovisual, comenzando por la obra maestra de 1969 de Hugo Santiago, Invasión. Basada en ideas originales de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el largometraje narra el trazado de una ciudad imaginaria llamada Aquilea, cuyas calles comienzan a ser invadidas por seres humanos cuyos objetivos permanecen en las sombras y son defendidas por un grupo armado comandado por un anciano. Vista hoy en día, la coyuntura política de la Argentina en los años 1970 le aporta al relato un componente premonitorio, otro magnífico ejemplo del poder de la metáfora: las pesadillas pueden convertirse en triste realidad.

El escritor Elvio Gandolfo escribió alguna vez, en modo provocador y algo temerario, que la ciencia ficción argentina no existía. La experimental La antena (2007), de Esteban Sapir, el relato apocalíptico Los santos sucios (2009), de Luis Ortega, la pionera Moebius (1996), de Gustavo Mosquera, y el díptico sci-fi integrado por La sonámbula (1998) y la reciente Inmortal (2020), ambas dirigidas por Fernando Spiner, demuestran que, al menos en el terreno cinematográfico, esa afirmación no es del todo cierta.

En títulos como los mencionados, y otros de corte más popular como Fase 7 (2010), de Nicolás Goldbart, los cineastas de Argentina han sido capaces de imaginar hecatombes atómicas, cuarentenas estrictas ante pestes inimaginables, mundos paralelos donde los vivos conviven con los muertos y la pérdida de la memoria como panacea o maldición. Sin dejar de lado la adaptación de la novela Diario de la guerra del cerdo, de Bioy Casares, que Leopoldo Torre Nilsson llevó a la pantalla en 1975, trasponiendo una fábula de persecución y muerte a un grupo en particular que, en tiempos presentes o futuros, pueden adquirir nuevas y terribles resonancias.

Más allá de un puñado de títulos de estricto estilo exploitation como la imposible El planeta de las mujeres invasoras (1965, dir: Alfredo B. Crevenna), con sus bellas alienígenas en bikini raptando humanos al azar, El año de la peste (1979) tal vez sea el largometraje mexicano más cercano a la idea de la distopía de pesadilla, con su peste medieval (el film está basado libremente en el célebre diario de Daniel Dafoe sobre la peste bubónica) trasladada a tiempos futuros pero cercanos. Con guión de Gabriel García Márquez, el film de Felipe Cazals es una feroz crítica a la ineficacia del gobierno a la hora de proteger a sus ciudadanos por sobre los intereses de supervivencia política, apostando al control de la información como primera y única medida. Cualquier similitud posible con hechos ocurridos durante la pandemia de Covid-19 podría no ser casual.

Algo similar surge en Noche (2017), del chileno Inti Carrizo-Ortiz, cuando la luz del sol es bloqueada por un fenómeno astronómico misterioso, sumiendo a las calles de Santiago en la oscuridad y a sus habitantes en un estado de pánico permanente. La solución es, previsiblemente, el más férreo control de la sociedad por parte del Estado, con tanques en la calle y largas filas para obtener las ansiadas raciones de comida y vitamina D. El futuro, nuevamente, huele a sueño caótico.
 
Tráiler de Noche de Inti Carrizo-Ortiz, Chile, 2017.


En Divino amor (2019) el realizador brasileño Gabriel Mascaro imagina un año 2027 en el cual los tradicionales carnavales han sido reemplazados por rituales dance rigurosamente vigilados por una religión neo evangelista. Por su parte, el mexicano Michel Franco examina en Nuevo orden (2020) un intento de toma del poder por los sectores más marginados, punto de partida para el regreso de la represión estatal, la tortura y la sumisión de todas las clases sociales al poder central.
 
Tráiler de Divino amor de Gabriel Mascaro, Brasil, 2019.


¿Habrá paz en el futuro según los sueños del cine latinoamericano? Difícil encontrar algún ejemplo: el conflicto es siempre más interesante y productivo que la paz. Pero tal vez la gran película distópica producida en la región no sea un título marcado por los trazos de la ciencia ficción, sino un relato de estilo realista anclado en un presente eterno en un país imaginario llamado Eldorado. En Tierra en transe (1967), obra cumbre del cinema novo, el brasileño Glauber Rocha construye y describe una sociedad carnavalesca en la cual conviven la derecha conservadora y la izquierda populista, las religiones oficiales y las creencias paganas, las utopías políticas irrealizables y las traiciones grabadas en el ADN. La desesperación y la esperanza forman parte del día a día, con una población zarandeada por cambios políticos que, más allá de las promesas de campaña y los deseos genuinos y espurios, parece signada por la palabra “fracaso”.

El cine, en ese sentido, no es otra cosa que una caja de resonancia de los miedos y las ilusiones más humanas, una pantalla en la cual pueden proyectarse con libertad las imágenes de un futuro posible: los sueños más apacibles y las pesadillas más perturbadoras.

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