Espacios (más) seguros Descansar del mundo

Personas en una sala de espera SZ Photo | Olaf Schülke © picture alliance

Espacios (más) seguros: para muchos grupos marginalizados los sitios y lugares seguros son importantes al momento de protegerse de la discriminación y conectarse entre sí. El concepto aparece cada vez con mayor frecuencia, pues los espacios nunca son ciento por ciento seguros, sólo podemos hacerlos un poco más seguros.

¿Cuál es el lugar seguro de ustedes? El mío es mi dormitorio. Mide dos metros por dos metros y ofrece el espacio necesario para mi cama. Es una cueva para dormir con una ventana que siempre tiene las persianas bajas. Nadie puede mirar dentro, nadie puede mirar fuera, y yo sola decido con quién me cruzo.

En los espacios públicos no tenemos ese poder de decisión. Y el grado de seguridad que sentimos depende de diferentes factores. En la calle no me preocupan las amenazas físicas, no temo que alguien me ataque, aunque no lo puedo descartar totalmente. Sin embargo, en casi todos los lugares a los que voy en mi calidad de mujer discapacitada, si están presentes otras personas, hay una alta probabilidad de confrontaciones verbales. La frecuencia con que estas confrontaciones le ocurren a una persona depende del modo en que es percibida desde fuera, de hasta qué punto su cuerpo se aparta de la norma definida por la sociedad. Nadie está protegido de la percepción exterior. Y si se da la protección, ocurre sólo en espacios bien definidos.

Los “espacios seguros” se pensaron originalmente como espacios (físicos) de protección para personas marginalizadas. Su origen pude datarse en los años sesenta, cuando la escena queer de los Estados Unidos creó lugares en los que las personas queer podían estar solas. Un objetivo parecido tuvieron los espacios seguros en la Segunda Ola Feminista. Allí se crearon espacios en los que los hombres no podían entrar, lo que permitió que las mujeres pudieran intercambiar experiencias, deseos y metas sin que se las molestara y con independencia de las estructuras patriarcales.

Hoy nos encontramos con “espacios seguros”, por ejemplo, en los predios de festivales o ciertos eventos. A veces se trata de un cuarto oscuro con sofás, al que uno puede retirarse. Otras de un aula de la universidad, en la que los estudiantes pueden recibir apoyo y supervisión, intercambiar información y hablar sobre técnicas para enfrentar la discriminación cotidiana. Se supone que dentro de esos espacios, los presentes están protegidos de agresiones verbales. De este modo se les permite un descanso de las diarias atribuciones prejuiciosas. Por ejemplo, si a un lugar sólo pueden entrar personas discapacitados, en ese espacio habrá ideas básicas sobre los cuerpos, sobre las normas y las capacidades que se diferenciarán mucho de las ideas que circulan fuera de ese espacio. Las personas presentes en ese espacio no estarán (teóricamente) no en una situación de desequilibro respecto al poder, porque (teóricamente) todas están afectadas por la misma forma de discriminación: en este caso, la discriminación por discapacidad.

En la práctica no es tan sencillo, porque también las personas involucradas internalizan estructuras discriminatorias. Mi experiencia con espacios seguros para personas con discapacidad a veces está marcada por la sensación de que nos estamos comparando entre nosotros, y medimos nuestro valor según las discapacidades de los demás (“yo soy discapacitada, pero no tanto”). La idea de que un cuerpo no discapacitado es el mejor cuerpo está firmemente arraigada en nosotros. Nos medimos con las estructuras de poder que hemos aprendido “afuera” incluso cuando estamos “solo entre iguales”.  Además, un espacio seguro para personas con discapacidad no implica, por ejemplo, que también estén protegidas las personas queer o la gente de color. Y a su vez, saber qué significa experimentar la discriminación por ser una persona queer no vuelve a nadie inmune contra formas de pensamiento racista.  Por eso, el concepto “espacio seguro” a veces se completa con un “más”. No podemos hacer que un lugar sea completamente seguro, sólo podemos hacer que sea un poco más seguro.

En los últimos años, son muy frecuentas las críticas en los medios al concepto de “espacio (más) seguro”. En contextos universitarios se dice que el concepto atenta contra la libertad y que tiene como consecuencia que los estudiantes puedan aislarse de opiniones que contradicen las propias. Una y otra vez se habla de la “cultura de la víctima” como argumento contra los espacios seguros, con los que las personas ya marginalizadas se convierten ellas mismas en víctimas que no están en condiciones de soportar “un par de comentarios incómodos". También se argumenta una y otra vez que la existencia de “espacios seguros” lo único que hace es aislar más a las personas marginalizadas. La separación de grupos sociales obstruye el camino a una verdadera inclusión, se dice, y sería mucho más sensato que el debate no se diera en espacios protegidos sino en todo el espectro de la sociedad para que todos puedan sacar provecho. Al fin y al cabo, la sociedad sólo puede transformarse si trabajamos en ella, no cuando nos ocultamos de “ella”.

Para mí, los “espacios (más) seguros” significan más bien el intento de hacer una pausa, de encontrar un escondite. La discriminación no es una opinión con la que nos encontramos de vez en cuando y ante la cual podemos cerrar los ojos. La discriminación es un sistema de poder en el que estamos todo el tiempo y del que no podemos escapar. A esto sumemos que casi todas las personas que sé que sufren múltiples discriminaciones hacen, en cierto modo, trabajo político de educación: constantemente buscan el diálogo, que puede darse, por ejemplo, conversando con extraños en la calle. En realidad hacen lo opuesto de ocultarse de las opiniones de los demás. Pero estas confrontaciones provocan fatiga y así como hay momentos en los que establecemos diálogos, también hay momentos en los que tenemos que poder descansar.

Es cierto que el lugar en que me siento más segura es mi pequeño dormitorio, cuando estoy completamente sola, cuando nadie me puede percibir. Ese es el motivo por el cual muchas personas marginalizadas se aíslan: si estás a solas, nadie puede hacerte daño. Pero ¿vamos a reprocharles a las personas que se protejan de las experiencias de discriminación? ¿No sería mejor preguntarnos cómo podemos hacer que los espacios sean más seguros? En una dimensión pequeña, nos creamos esos espacios buscando amigos y amigas que sean suficientemente sensibles a las discriminaciones para reducir las atribuciones prejuiciosas. En una dimensión mayor, los “espacios seguros” son al menos un intento de volver más fácil la vida cotidiana de las personas marginalizadas.

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