Aguacates  El precio de un fruto globalizado

Aguacates
Aguacates Foto (detalle): mauritius images / Westend61 / Roman Märzinger

Conocida por sus vastas plantaciones de aguacate, la región de Petorca en Chile sufre la sequía más fuerte desde hace más de una década. Para especialistas y ambientalistas, el cambio climático no es la única causa de la falta de agua en la región.

Tostadas de aguacate, batidos, guacamoles, mantecas y hasta la versión frita: en las redes sociales, el aguacate se lleva todo el protagonismo en las más variadas recetas. La popularidad virtual de este “superalimento” refleja el auge del consumo actual: para 2030, será la segunda fruta tropical más comercializada en el mundo, superando al mango y la piña y solo superada por el banano, según una proyección de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). La realidad de su producción, sin embargo, es mucho menos glamorosa. Mientras que a algunos se les hace agua la boca al ver la fruta, a otros les falta exactamente eso: agua.

En Chile, el aguacate –o palta, como se le llama al fruto en el país– es sinónimo de un grave problema ambiental: la escasez de agua. La provincia de Petorca, en la Región de Valparaíso, que concentra más de la mitad de la producción nacional de aguacate, se ha convertido en el epicentro de la crisis. Durante más de una década, la comunidad ha estado enfrentando una sequía muy grave. Donde antes había un río, ahora solo hay piedra y polvo. La población sufre por la falta de agua potable, al igual que los pequeños agricultores.

Mil litros de agua por un kilo de aguacate

Mientras tanto, los verdes aguacates de la codiciada variedad Hass están creciendo a todo vapor para satisfacer la demanda internacional, lo que enfurece a los ambientalistas locales. Al fin y al cabo, la producción de un kilo de aguacate requiere una media de 1.000 litros de agua, un volumen seis veces mayor que el de los tomates y cuatro veces mayor que el de las patatas, según la organización Water Footprint Network. Una persona, por su parte, necesita algo entre 50 y 100 litros diarios para cubrir las necesidades básicas de consumo e higiene, según la ONU.

“El territorio ha sido reestructurado para atender la agricultura de exportación. Ahora la población no tiene acceso al agua potable y el Estado necesita proveer agua en camiones cisternas, que son de mala calidad y tienen un volumen diario limitado por persona”, explica Aldo Madariaga, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Chilena Diego Portales. Para Madariaga, Petorca simboliza la victoria del crecimiento económico sobre las preocupaciones ambientales y los derechos humanos en el país andino: “Toda el agua va para los grandes productores. Los pequeños agricultores ya no pueden cultivar, los animales están muriendo, los medios de subsistencia se están acabando, hay menos puestos de trabajo”.

Según Greenpeace, Chile sufre la mayor crisis hídrica del hemisferio occidental, y la raíz del problema no es solo la sequía, sino la distribución del agua. Mientras la agroindustria chilena defiende la importancia económica del aguacate, movimientos que luchan por el acceso al agua en Valparaíso, como Modatima, denuncian lo que consideran “robo” de agua por parte de grandes productores en connivencia con políticos. El conflicto en la región se intensificó al punto que, en 2018, Amnistía Internacional lanzó una campaña para pedir protección al activista Rodrigo Mundaca, quien había estado recibiendo amenazas de muerte. El año pasado fue elegido gobernador de Valparaíso.

El mercado regula la distribución del agua

Al contrario de lo que ocurre en el resto del mundo, en Chile el agua obedece a las leyes del mercado. Según el Código de Aguas de 1981, redactado durante la dictadura de Augusto Pinochet, las personas y empresas pueden adquirir “derechos de agua vitalicios” del gobierno de forma gratuita. Los titulares de estos derechos pueden extraer un determinado volumen de agua de los ríos y explotarla comercialmente. “La idea de que el mercado era mejor que el Estado en la asignación de recursos tuvo el peor resultado posible. Ahora falta agua no solo porque los productores la están almacenando, sino también por el calentamiento global. Esta no es una buena solución para el siglo XXI”, opina Madariaga. “El sistema no tiene en cuenta que los recursos hídricos son limitados”.

En la práctica, explica Maria Christina Fragkou, profesora del Departamento de Geografía de la Universidad de Chile, el sistema hídrico chileno otorga la explotación gratuita del recurso a grandes empresas mineras y agrícolas, como las productoras de aguacate en Petorca: “El Estado chileno siempre priorizó garantizar el agua para la producción. Y las soluciones que se ofrecen para el consumo humano siempre han sido precarias y costosas. Medidas que deberían ser de emergencia, como camiones cisterna, se han implementado durante décadas. Para mí, Petorca es el futuro. Esto es lo que todos en Chile vivirán en los próximos 20 años”, prevé.

Cambios radicales en la gestión de los recursos hídricos estuvieron entre las propuestas de la nueva Constitución chilena, elaborada en respuesta a las manifestaciones de 2019, cuando miles de personas salieron a las calles del país para exigir justicia social. “En la Nueva Constitución, el Estado podía revocar, cancelar o suspender las concesiones de agua. Así, si hubiera una megasequía, el Estado podría pausar los derechos de agua de las empresas mineras con la justificación de conservarla para consumo humano o con fines ecológicos”, explica Fragkou. La Constitución, sin embargo, fue rechazada por la mayoría de la población en un plebiscito en septiembre de 2022. “Hubo mucho cabildeo de las empresas mineras y de los productores agropecuarios, porque no quieren perder los privilegios que tienen hoy”, agrega.

¿Dieta global?

Siete de cada diez aguacates que se producen en Chile se exportan. En 2020, los principales países importadores fueron los Países Bajos y el Reino Unido. La fruta, originaria de las Américas, ahora forma parte del menú en los cinco continentes y se ha vuelto popular entre los vegetarianos, veganos y flexitarianos de todo el mundo. Según la brasileña Ailin Aleixo, quien se desempeña como crítica gastronómica, la tendencia del aguacate comenzó a surgir en la década de 2000, a medida que crecía la popularidad de la dieta Atkins, que prioriza la ingesta de grasas y proteínas en detrimento de los carbohidratos. Debido a que es rico en grasas monoinsaturadas, fibras y vitaminas, el aguacate es muy recomendable para quienes desean perder peso.

“Hacemos glamorosos a los alimentos que se venden como medicina, pero no hay milagro, ya sea en el caso de la baya de goji, el açaí o el aguacate. Esto es una mentira”, dice Aleixo. Según ella, las propias características físicas de la variedad Hass contribuyeron a su éxito internacional: es pequeña, fácil de transportar y sirve para una sola persona. La alimentación, sin embargo, debe ser cada vez más local y biodiversa, a diferencia de lo que ocurre hoy en el planeta.

“La comida se ha convertido en una mercancía y se ha olvidado su lado nutritivo y cultural. El mundo entero no puede comer quinua andina. El monocultivo va a contrapelo de la alimentación sustentable”, dice la especialista. “Queremos un aguacate que ya venga en la dosis adecuada para cualquiera que esté en el café hipster de Tokio o San Francisco para cortar y hacer su tostada de aguacate. Es una mentalidad de estandarización”, agrega irónicamente.

Y la demanda de aguacates, apunta Aleixo, se creó artificialmente. “En el caso de los alimentos tropicales, que solo algunas partes del planeta son capaces de producir, hay mucha presión sobre estas regiones. Está sucediendo en Chile, y ya lo hemos visto en México, donde el valor de los aguacates se ha disparado hasta el punto de que las plantaciones están dominadas por el tráfico. Es inviable que globalicemos un ingrediente para ocho mil millones de personas si no crece en todas partes del mundo”, concluye.

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