En el octogésimo cumpleaños de Helmut Lachenmann Nada está conquistado

Der Komponist Helmut Lachenmann
Helmut Lachenmann | Foto (recorte): Breitkopf Verlag / Giovanni Dainotti

Helmut Lachenmann cumple 80 años el 27 de noviembre de 2015. Durante más de medio siglo, el compositor de Stuttgart ha desarrollado una estética de la libertad acústica que despliega lo esencial resistiendo constructivamente frente a lo acostumbrado. Una semblanza del artista.

Entender la composición musical como un acto político, como el resultado de una conciencia histórico-cultural alerta: fue su profesor Luigi Nono, con quien estudió de 1958 a 1960, quien enseñó a Helmut Lachenmann en qué puede radicar la función social de la música. De Nono, afirma el mismo Lachenmann, aprendió “cómo lo acostumbrado emerge con insospechada fuerza y novedad cuando invertimos con radicalismo estético la polaridad de un entorno”.

Esa puesta en cuestión y reconversión de lo acostumbrado se volvió el gran tema de Lachenmann: partiendo de las ideas de Nono, Lachenmann penetró el medio sonoro hasta sus mismas raíces energéticas, allí donde es posible desarticular la práctica musical acostumbrada. En este sentido, la intención de la música de Lachenmann es ir socavando actitudes de la audiencia basadas en hábitos, hacer que lo insospechado se desvincule de la esfera de los efectos ya conocidos. Componer, para él, no significa desviarse hacia agradables jardines exóticos, sino emprender la marcha para entrar en la "boca del lobo": en el mismo centro del "espacio marcado de antemano por lo filarmónico".

Darmstadt, su punto de partida

Helmut Lachenmann hizo su primera presentación en público en 1962, con ocasión de los Cursos de Verano Internacionales de Música Contemporánea de Darmstadt. Echo Andante se llama la pieza que allí se encargó de estrenar e interpretar el mismo compositor: una obra para piano solo, para el instrumento que él mismo llegaría más tarde a calificar de "mueble burgués". Su opus 1, en palabras del autor, era un "intento de trabajar en un objeto obstinado": una artimaña para ser más astuto que el piano, cuyo sonido, por el decaimiento de la vibración, está siempre "escurriéndosele a uno de entre las manos". Ya aquí quedaba patente el credo estético de Lachenmann: reflexionar acerca de todo, cuestionarlo todo, no aceptar nada de por sí.

A finales de la década de 1960, Lachenmann llevó este planteamiento a todavía más allá. Actuando expresamente en contra de cualquier "domesticación" del sonido, desarrolló una música en la que los acontecimientos acústicos estaban elegidos y organizados de manera que había que conceder al acto de su formación tanta importancia como al sonido resultante mismo. En concreto, esto significa que aquí pasan al primer plano esos ruidos que produce la generación del sonido y que, normalmente, se intenta eliminar por "indeseables". Pression es el título de la pieza para violonchelo compuesta en 1970 con la que Lachenmann por primera vez dejaba claramente formulado este principio. "Musique concrète instrumentale", así es como denominó el procedimiento compositivo con el que llevó a la práctica su ideal de una "inversión estética radical de la polaridad". Como dice Lachenmann en un comentario a su trabajo Klangschatten – mein Saitenspiel, se trataba de "echar el cerrojo a la práctica sonora acostumbrada y poner al descubierto aspectos hasta entonces sometidos a opresión".

La liberación de la escucha

El objetivo de esta actitud ante la composición era nada menos que "liberar la escucha" de todas las expectativas y resentimientos aprendidos e interiorizados. El planteamiento estético que debía guiar hacia esa liberación podía describirse según Lachenmann como "belleza" que resulta de "negarse a lo acostumbrado". Y fueron justamente esas palabras las que una y otra vez muchos recortaron con fines polémicos o malentendieron por cómoda ignorancia. El hecho es que Lachenmann de ningún modo intentó nunca negar la música genéricamente, sino, antes bien, evitar lo que nos es demasiado familiar, aquello que el oyente se limita a registrar, en vez de reaccionar a lo que está sonando realmente.
Helmut Lachenmann - Ópera Alemana de Berlín: Das Mädchen mit den Schwefelhölzern ("La pequeña cerillera"), Fuente: YouTube

Lo que le impulsaba, al contrario, era negar esa música que desencadena meros actos reflejos en vez de generar reflexión. En este sentido, Lachenmann desarrolló un ideal compositivo que entiende la experiencia estética de la música como un cuestionamiento existencial: "El objeto de la música –afirma el compositor en su trabajo Hören ist wehrlos – ohne Hören ("La escucha está indefensa, siempre que no se escuche") es oír, una percepción que se percibe a sí misma." Y en otro pasaje del escrito: "La escucha –de la que se exige demasiado a la vez que demasiado poco en una época de sobreabundancia musical– tiene que liberarse introduciéndose en la estructura de lo que ha de escucharse, actuando como una percepción puesta en marcha conscientemente, una percepción evidente, provocada."

"La música, una experiencia existencial"

Encerrar bajo llave expectativas auditivas previas establecidas socialmente: según lo entiende Helmut Lachenmann, componer va indisolublemente ligado al esfuerzo por volver a replantearse una y otra vez los requisitos y condiciones del manejo social de la música. Musik als existentielle Erfahrung ("La música, una experiencia existencial"), el título bajo el que en 1996 se publicó una recopilación de sus escritos, podría servir además como principio rector artístico de Lachenmann: "Pero la música solo tiene sentido en la medida en que, va más allá de su propia estructura llamando la atención sobre contextos, circunstancias vinculadas, es decir: sobre realidades y posibilidades situadas a nuestro alrededor y en nosotros mismos", escribe en Struktur und Musikantik.

Si Lachenmann, como muy pocos compositores, ha logrado cambiar el modo de pensar en la música y sobre ella, y si se encuentra desde hace mucho entre los protagonistas que han marcado el curso de la música contemporánea, ello es también el resultado de su autocrítica incesante. Una música que eleve a principio fundamental el poner en cuestión no tolerará ni la satisfacción consigo misma ni el orgullo del descubridor: "Nada está conquistado –dice Helmut Lachenmann–, pues en el arte los caminos no llevan a ningún sitio, ni muchísimo menos a la meta."