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Los cerros de Bogotá: más que un paisaje

Paseo en las montañas
Paseo en las montañas | Foto (detalle): Gabriel Corredor Aristizábal

Muchos habitantes de Bogotá quieren convertir sus montañas en lugares de conservación y esparcimiento. La administración de la ciudad tiene buenas intenciones. Pero para lograr el objetivo, las iniciativas privadas cumplen un rol central.

Un terreno lleno de árboles de distintas especies, senderos rocosos, aire fresco, rocío y ruido natural: este escenario parece casi impensable en una ciudad como Bogotá. Con casi nueve millones de habitantes, la capital de Colombia registra una mala calidad del aire y altos niveles de contaminación. Según la Organización Mundial de la Salud, se requieren entre 12 y 15 metros cuadrados de zonas verdes por persona. En Bogotá hay cinco. Y mientras se calcula que el promedio de partículas por cada metro cúbico de aire debe ser de 20 microgramos, en Bogotá se han registrado más de 300.

Por este y otros factores –por ejemplo, en la ciudad transitan más de un millón y medio de coches privados– los 54 kilómetros de cerros orientales que bordean Bogotá son, prácticamente, la última gota de agua que muchas personas luchan por preservar en medio de un desierto. Instituciones y fundaciones públicas y privadas han propuesto proyectos que no sólo buscan la reforestación de los cerros con plantas nativas, sino también incentivar a los ciudadanos a conocer y a apropiarse responsablemente de estos terrenos. Como dice un líder comunitario del barrio El Paraíso, junto a uno de los cerros del suroccidente de la ciudad, de nada sirve que la administración local intente imponer proyectos de conservación, como por ejemplo el circuito ambiental longitudinal que propone el actual alcalde Peñalosa. “Si no involucramos a las personas en estos proyectos y hacemos de los cerros un aula ambiental que los ciudadanos puedan disfrutar y de la cual se puedan beneficiar los barrios aledaños a estos predios, las iniciativas no van a funcionar”, comenta el hombre.

Una reserva para abrir horizontes

Manuel Rodríguez lleva treinta años cuidando la Reserva Umbral Cultural Horizontes. Cuando llegó, el predio pertenecía a propietarios particulares que tenían la intención de construir edificios en este terreno. La alcaldía no les dio el permiso y, como dice Rodríguez, la propiedad se convirtió en un problema y un gran costo para sus dueños. En 2013 la donaron a la Fundación Cerros por Bogotá.

Desde entonces, según Manuel, todo cambió. La fundación decidió hacer de ese predio un piloto de la propuesta del gran corredor ecológico de los cerros orientales de la ciudad. Pero este no consiste en un corredor lineal que atraviesa la ciudad exclusivamente de sur a norte y que se prevé sólo para la conservación. Por el contrario, “se trata de una iniciativa social, biofísica y espacial que busca involucrar a la ciudadanía y a quienes viven en el área para generar acuerdos, administrar y transformar el lugar con el fin de que tenga un uso público y se pueda recuperar su ecosistema original”, dice Diana Wiesner, directora de la fundación.
 
  •  Foto: Gabriel Corredor Aristizábal

  •  Foto: Gabriel Corredor Aristizábal

  •  Foto: Gabriel Corredor Aristizábal

De esta forma, desde hace dos años la Reserva Umbral Cultural Horizontes se ha convertido en un ejemplo de lo que podrían ser los cerros de la ciudad. Una vez por semana, en horas de la mañana, un grupo de personas se reúnen en la Reserva para hacer recorridos, practicar yoga, participar en charlas y otras actividades que se realizan en medio de un ambiente natural y aire puro, en que el ruido de las calles, los coches y construcciones apenas es perceptible. “Además de la recuperación ecológica, realizamos eventos culturales y artísticos para que las personas se enteren de que este espacio existe. Invitamos a expertos a dar conferencias sobre temas asociados a la ciudad”, explica Wiesner. El público es diverso, hay voluntarios de la Fundación, otros que están interesados en los cerros, y quienes simplemente quieren empezar el día de una manera distinta.

La tarea de convocar personas a las actividades y para que se apropien de lo que los rodea no ha sido fácil. Generar comunidad en torno a estos proyectos –más aún cuando se trata de un lugar ubicado en uno de los barrios más privilegiados de la ciudad, Rosales– implica esfuerzos. Aunque hoy son varias las personas que se interesan por la iniciativa, la Fundación reconoce que aún hace falta mucho trabajo en ese aspecto para que más personas –especialmente quienes están más cercanas a ese entorno– se involucren.

¿De quién son los cerros?

La Reserva Umbral Cultural Horizontes, dice Wiesner, es un ejemplo de que algo privado puede prestar un servicio público. Cuando los antiguos propietarios del predio lo donaron, no lo hicieron a una entidad estatal. La Fundación Cerros por Bogotá es una organización privada interesada en hacer del lugar una reserva para toda la sociedad.

Y es que aunque los cerros deben ser de uso común, administrarlos no es tarea sencilla. Diana Wiesner asegura que no existe una entidad ni un organismo estatal ni público-estatal que esté encargado de administrar viablemente las reservas en la ciudad. Actualmente, en Bogotá existen 25 entidades que tienen competencia sobre estos predios, “y coordinar esto, si no hay una gerencia clara y definida, es imposible”. De ahí que la idea de que entidades privadas se hagan cargo de la administración de los cerros y aseguren su uso público no parece mala. Por supuesto, no se trata de excluir a la administración distrital. Organizaciones como la Fundación Cerros y el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt proponen que en los cerros exista una gerencia público-privada. Como explica Wiesner, se trata de “que haya una entidad privada, que tenga capacidad de decisión, que sea ejecutiva, pero que además exista una mesa que incluya y tenga en cuenta a todas las entidades públicas pertinentes”.

Es claro que los cerros orientales son bienes públicos. Pero también es claro que su administración debe ser efectiva. De nada sirve que se declaren reservas en la ciudad, si no se plantean proyectos que busquen hacer de ellas espacios sostenibles y funcionales para los ciudadanos. Actualmente, a lo largo de los cerros orientales sólo hay cuatro senderos abiertos al público, que no están conectados entre sí. Conectarlos sería un paso positivo, dirigido a la tarea pendiente de administrar estos terrenos adecuadamente, para convertirlos por fin en espacios de educación, conservación y esparcimiento.

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