El director Marcelo Martinessi presenta su nueva película en la sección Panorama de la Berlinale de este año. “Narciso” muestra matices de la dictadura militar paraguaya, una de las más largas de Latinoamérica.
El largometraje Narciso –una coproducción entre Paraguay, Alemania, Uruguay, Brasil, Portugal, España y Francia–, se desarrolla en la escena del rock paraguayo. Narciso, presentador de un programa de radio en vivo, se convierte en un fenómeno musical, especialmente entre los jóvenes, en una ciudad atormentada por ideales conservadores. En esta entrevista, el director Marcelo Martinessi –quien regresa a la Berlinale tras participar en la competición de 2018 con la película Las herederas y recibir el Premio Alfred Bauer, otorgado a películas que abren nuevas perspectivas– analiza la producción cinematográfica en Paraguay y reflexiona sobre los temas presentes en su nueva película.¿Podrías hablarnos sobre la producción cinematográfica en Paraguay en la actualidad?
El cine paraguayo es todavía un cine en construcción. En los últimos 15 años se consolidó una generación que, a pesar de trabajar con pocos recursos, tiene una enorme conciencia del lenguaje y una clara necesidad de narrar desde un lugar propio. No existe una industria en sentido clásico, pero a partir de la ley de cine (2018) y de la creación del Instituto Nacional del Audiovisual de Paraguay que ya lleva cuatro años de trabajo, empieza a haber políticas públicas sostenidas. Ellas son la base para una producción de cine ininterrumpida. Haber tenido que pensar el cine durante décadas desde la precariedad nos ha dado una libertad creativa muy grande, que nos empuja a imaginar cada película como un gesto singular, casi irrepetible.
¿Cómo se lograron las coproducciones de tu película y cual es su importancia?
Narciso existe porque hay una red de alianzas y de complicidades internacionales que entienden y valoran lo que hacemos. Coproducir no significa solamente sumar dinero: implica abrir la película a otras miradas y formas de hacer. Al mismo tiempo, es un equilibrio delicado, porque hay que proteger la identidad de la película.
“Narciso”. Dirección: Marcelo Martinessi. Berlinale Panorama, 20226. En la foto: Diro Romero | © La Babosa Cine
La dictadura de Stroessner duró tanto tiempo que parece que nunca pudimos poner un punto final, un cierre a los ecos de ese periodo que nos persigue hasta hoy. Es difícil aceptar que aun existan personas, incluso jóvenes, que siguen justificando o defendiendo las atrocidades de ese régimen. En los últimos años, varias obras —desde el documental, el teatro, la ficción o el archivo— empiezan a mirar ese período no solo como un hecho histórico, sino como algo que sigue reverberando en el presente. No se trata tanto de reconstruir lo que pasó, sino de entender cómo ese sistema de miedo, vigilancia y silencios todavía organiza muchas relaciones sociales.
Narciso es una adaptación del libro homónimo de Guido Rodríguez Alcalá. ¿Qué te llevó a traer esta historia al cine?
La forma de acercarme al libro de Guido no partió del interés sobre un material “adaptable” en el sentido clásico. Fue como una vibración, una intuición que de a poco se hizo poderosa. Estoy seguro que su mirada y su lucidez pueden aportar mucho a una reflexión más amplia sobre Paraguay y el mundo. El libro Narciso está basado en un personaje histórico que se llamaba Bernardo Aranda, pero como no sabemos mucho de él, en la película nos permitimos profundizar en la ficción y tratamos de mantener su aire esquivo. Me atrajo especialmente la idea de la desaparición como un vacío más que como un enigma. No quería resolver nada, sino quedarme en ese punto de ruptura donde el deseo, el poder, e incluso la fé se cruzan y generan una herida.
¿Cómo se desarrolló la escena del rock en Paraguay?
El rock paraguayo nació tarde y en condiciones adversas. Durante la dictadura, cualquier forma de expresión juvenil que escapara a los códigos tradicionales era vista con sospecha. El rock circulaba de manera fragmentaria, muchas veces a través de la radio, de discos que llegaban de contrabando, de escuchas colectivas casi clandestinas. No fue una escena masiva, pero sí muy intensa simbólicamente: representaba una apertura al mundo y, al mismo tiempo, una amenaza para el orden moral que el régimen quería imponer.
El rock aparece como confrontación a los valores conservadores del régimen, aunque esté ligado a Estados Unidos, país que apoyó las dictaduras latinoamericanas. ¿Cómo se relacionaban estas fuerzas?
Esa contradicción es clave. El mismo país que sostenía políticamente a las dictaduras exportaba una cultura juvenil que erosionaba sus fundamentos morales. El rock encarnaba esa paradoja: era al mismo tiempo un producto del imperio y una herramienta de desobediencia íntima.
“Narciso”. Dirección: Marcelo Martinessi. Berlinale Panorama, 20226. En la foto: Margarita Irún, Mona Martínez, Natalia Cálcena, Manuel Cuenca. | © La Babosa Cine
La literatura no es para mí solo una fuente de historias, sino también de ritmos y de ideas. Lorca, Stoker o Guido Rodríguez Alcalá me interesan por la manera en que trabajan lo ominoso, lo no dicho, el miedo como atmósfera. El cine puede dialogar con esos textos no ilustrándolos, sino dejándose contaminar por su respiración. Por ejemplo, la frase “Teníamos miedo de pensar” no explica nada, pero lo dice todo.
¿Por que decidiste incorporar la lengua guaraní en la película?
El guaraní es la lengua más hablada del Paraguay, pero no es la lengua de las clases privilegiadas, cuya aspiración histórica ha sido mirar hacia afuera y asociar el poder, el prestigio y la modernidad con lo foráneo. En ese sentido, la división lingüística no es solo una cuestión cultural, sino también una forma concreta de organización del poder. Que el guaraní haya sobrevivido y siga siendo una lengua de uso cotidiano demuestra, en cierto modo, que Paraguay nunca fue completamente conquistado.
La conquista se consolida cuando el pensamiento, la intimidad y el deseo comienzan a organizarse en el idioma del dominador. Eso, en Paraguay, no ocurrió del todo. El guaraní permaneció como un territorio vivo, indócil, incluso en los contextos más violentos de nuestra historia. Por eso, el uso del guaraní en la película no es un gesto decorativo ni folklórico. Es, antes que nada, un retrato identitario. El guaraní no aparece como lengua del pasado, sino como una lengua vibrante, cargada de matices. Su presencia recuerda que el país es plural, complejo y atravesado por múltiples voces.
¿Qué impacto crees que tendrá la participación en la Berlinale para la recepción de la película en Paraguay?
Que una película como la nuestra haya sido invitada a la Berlinale nos otorga una visibilidad enorme y nos abre posibilidades. Un escenario internacional permite diálogos, lecturas y cruces que difícilmente se darían de otro modo. Sin embargo, esa visibilidad no garantiza una recepción fácil en nuestro propio país, donde las resistencias al cambio siguen estando muy presentes, donde hay miedo al futuro.
Mi deseo es que Narciso no sea leída únicamente como una película “sobre” la dictadura ni como un relato “sobre” minorías sexuales, categorías que a veces funcionan como atajos tranquilizadores para el espectador. Más que ilustrar un tema o cerrar un sentido, la película busca proponer una experiencia: un espacio de inquietud desde el cual mirar el pasado para interrogar el presente.
febrero 2026