¿El fin de Occidente?  “Es mejor dejar el optimismo para tiempos mejores”

Rotura y bloqueo. Lula Ricardi. 2016/2020.
Rotura y bloqueo. Lula Ricardi. 2016/2020. © Lula Ricardi

El jurista e intelectual colombiano Mauricio García Villegas habla sobre su libro “Antes de perder el juicio”, en el que advierte sobre el auge de la sinrazón y llama a volver a confiar en la verdad. Una conversación sobre si lo que llamamos Occidente está llegando a su fin.

Razones para estar alarmados no faltan. Pero ¿hay que estarlo tanto como usted lo está en su libro?

Hay un grafiti que dice: “Si usted no está preocupado, es porque está distraído”. Vivimos en un momento de desesperanza y sobran razones para estar alarmados: el calentamiento global, el deterioro del derecho internacional y de las organizaciones globales, la democracia estadounidense convertida en plutocracia y el peligro de que la tecnología y la inteligencia artificial acaben con la libertad y la democracia. Todo eso convive con avances: desde la reducción de la pobreza y el aumento de la esperanza de vida hasta una oferta tecnológica que facilita la vida diaria. Si todo lo que nos ocurriera fuera malo, sería más fácil salir del atolladero. Pero esa mezcla de lo bueno y lo malo confunde.

Usted escribe desde Latinoamérica. ¿Es el fin de Occidente también una pérdida para la región?

Sí, y precisamente porque lo que se está perdiendo nunca ha sido propiedad exclusiva de Europa. En mi libro, defiendo el anhelo de la Ilustración: la idea de que la razón nos permite entender mejor la realidad y, por eso, ser más libres. Ese anhelo no nació con los europeos del siglo XVIII ni les pertenece. Ha existido en muchas partes del mundo, incluida Latinoamérica. Por eso su declive también es una pérdida nuestra.

¿Por qué se está perdiendo?

Hay razones intelectuales y materiales. En lo intelectual, las ideas ilustradas fueron derrotadas por sus enemigos, empezando por los románticos del siglo XIX, que, en su guerra cultural contra lo universal y lo racional, impusieron la creencia de que todo es relativo, emocional, subjetivo, cultural e histórico. Nietzsche, los existencialistas, los posmodernos y ahora los woke, son sus herederos victoriosos. En cuanto a lo material, se impuso una modernidad sin humanismo, aupada por un capitalismo hedonista y frívolo.

Explique mejor qué le critica a la modernidad.

Conviene no confundir la Ilustración con la modernidad. La Ilustración es un ideal de libertad y racionalidad; la modernidad, un proyecto político y económico de las élites europeas. Y yo no defiendo ese proyecto, al menos no como terminó imponiéndose en Europa y en Estados Unidos, ni la europeización de Latinoamérica. Lo que defiendo es más modesto y más exigente: la convicción de que una sociedad que conversa e intercambia argumentos con voluntad de verdad está más cerca de resolver sus problemas que una que lo da todo por relativo y circunstancial.

Además de escribir, usted ha estudiado durante décadas la fragilidad del orden jurídico. ¿Qué ve hoy en ese campo que los demás no ven?

Hobbes ya lo vio hace cuatro siglos. Cuando nadie impone el orden y los bienes son de quien llega primero, del más astuto o del más fuerte, la codicia, la envidia y el miedo se apoderan de la gente. Perder en un juego limpio se acepta y punto, pero competir y perder en una lucha sin reglas produce rabia y ganas de venganza. Es lo que estamos viviendo hoy. En un mundo emocional, militante y melindroso, donde basta con que algo se sienta para darlo por bueno, el derecho pierde peso día a día. Sucede por fuera, con el debilitamiento del orden internacional, y por dentro, con los populismos. Las pasiones quieren librarse de las reglas y la falta de reglas enciende las pasiones: esos polos se atraen como imanes.

De Caracas a Gaza, usted hoy ve operar la “ley de Calicles”: el fuerte hace con el débil lo que quiere. ¿Fue el orden de la posguerra, tan esencial para Occidente, solo una pausa?

A lo largo de la historia, la pulsión de dominación ha convivido con la de empatía. Por momentos prevalece una, por momentos la otra. Hoy la dominación lleva la delantera. ¿Cómo revertirlo? No querría decirlo, pero a veces la humanidad, como las personas, necesita tragedias para recomponerse, para despojarse de la arrogancia que la conduce a la catástrofe. Los griegos creían que la diosa Némesis se encargaba de eso. Debemos hacer todo lo posible por evitarlo y apostar por un orden internacional renovado y respaldado por una cultura humanista y democrática que nos permita mirar el futuro con más optimismo.

En su libro usted recuerda que Aristóteles decía que la prudencia se aprende por imitación. Pero, en un mundo de charlatanes y sofistas, ¿a quién imitar?

Hay modelos que merecen ser imitados. Lo que pasa es que se ven poco. Es más, creo que la mayoría de la gente es correcta y cumple con su deber. Y hay mucha virtud. Eso se puede ver al estudiar la cultura del incumplimiento de las reglas, un tema al que me dediqué durante años. La mayoría las acata, pero quienes no lo hacen se ven más y causan más daño. Entonces hay que rescatar de la invisibilidad a la gente cumplidora y virtuosa. Eso implica ir en contravía de los medios de comunicación y las redes sociales, pues la mente humana se embelesa a oír hablar de lo malo y de los malos. Y claro, si se exagera la maldad, la maldad, en una especiede profecía autocumplida, aumenta.

Usted propone una “racionalidad militante”. ¿Qué hace un racionalista militante que uno a secas no pueda hacer?

Me refiero a que la racionalidad es un ideal, y por eso hay que perseverar para alcanzarla, como se milita por el amor. Giordano Bruno lo explicó muy bien: el amor que de verdad mueve no es el que ya se posee ni el que es inalcanzable, sino el que se persigue. Con la racionalidad pasa igual: es un esfuerzo permanente y autocrítico por acercarse a ella sin poseerla nunca del todo. Hay que huir tanto del optimismo ingenuo como del derrotismo. A propósito de esto último, hay otro grafiti que dice: “Las cosas están tan mal que es mejor dejar el optimismo para tiempos mejores”.

Su libro cierra con un cuadro de Bruegel: Ícaro cae al mar en una esquina de la pintura, mientras que, en primer plano, unos campesinos continúan con sus labores. ¿Qué dejamos de ver quienes estamos obsesionados con que el mundo se está acabando?

El largo plazo y la extensión del mundo. Estamos enfrascados en lo efímero, lo emocional, lo material y lo puntual, y eso nos impide ver de dónde venimos, qué hemos conseguido, qué somos, qué valemos, qué es lo sabio. Estamos desbordados por una inteligencia útil que nos permite hacer cosas –ir más rápido de un lugar a otro, entretenernos, superar enfermedades, vivir confortablemente–, pero que convive con un déficit de sabiduría alarmante que nos impide reconocernos en las justas proporciones de los animales alucinados que somos y resolver nuestros problemas colectivos. El cuadro de Bruegel muestra, por un lado, lo mal que estamos sin esa sabiduría colectiva y, por otro, que el mundo bien podría acabarse mañana, pero el universo asistiría a ese evento cósmico con absoluta indiferencia, como la de los campesinos que aparecen en el cuadro.

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