Después del streaming  La música más allá del estante infinito

Rotura y bloqueo. Lula Ricardi. 2016/2020. 
Rotura y bloqueo. Lula Ricardi. 2016/2020.  © Lula Ricardi

Con el streaming, la promesa era la democratización: todo cabría en una misma plataforma. Al haberse roto la lógica del producto y consolidado la del acceso, no falta espacio, pero la atención se ha convertido en una rareza. La próxima disrupción podría surgir de la lucha por la relación con el fan y el control de los datos, así como del intento por mantener un elemento humano en un entorno saturado de IA

Las antiguas tiendas de discos tenían un límite físico. Un álbum podía quedarse atascado, descatalogarse o desaparecer en una caja al fondo del almacén. El streaming parecía abolir ese límite: el estante se volvió infinito, portátil y siempre abierto. Contiene discos que vendieron millones, demos de artistas desconocidos, grabaciones raras y, cada vez más, música generada por inteligencia artificial.

La promesa de la democratización nació de esta imagen. Si el estante es infinito, habría espacio para todos. Pero la industria descubrió que la escasez ha cambiado de enfoque. Ya no se trata de falta de espacio para publicar, sino de falta de atención para ser escuchado. El streaming rompió la lógica del producto y consolidó la lógica del acceso. Ahora, las alternativas en los márgenes del sistema intentan reconstruir el valor en torno a lo que la plataforma ha vuelto demasiado abstracto: la autoría, la comunidad y la relación entre artista y fans.

Accesso global

Tras años de declive provocados por la piratería, las plataformas han vuelto a invertir en la música grabada. Según la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (FIIF), el mercado global alcanzó los 31.700 millones de dólares en 2025, de los cuales el streaming representó aproximadamente el 70% de esos ingresos. En Brasil, Pro-Música, entidad que representa a las discográficas del país, registró ingresos de 3.900 millones de reales ese mismo año, recuperando así el octavo puesto entre los mercados mundiales de música grabada, tras haber caído al noveno lugar.

Para Marcelo Castello Branco, director ejecutivo de la Unión Brasileña de Compositores, este cambio fortaleció la cadena de distribución, ya que multiplicó el acceso y permitió que regiones que antes habían quedado marginadas volvieran a tener visibilidad. “Sin el streaming, el fenómeno de la música latina actual no existiría, no habría K-pop, ni la posibilidad de acceso que cualquier repertorio tiene hoy a nivel global”, afirma.

Sin embargo, el cambio sustituyó los antiguos filtros por nuevos mecanismos de selección. “Antes del mercado digital, solo teníamos cuatro grandes discográficas que decidían qué se publicaba”, explica Guta Braga, especialista en derechos de autor y tecnología. Con los agregadores y distribuidores, cualquiera podía grabar y subir su música. “Con la adquisición de muchas distribuidoras por parte de las grandes discográficas, dudo que este mercado siga siendo tan independiente”.

El concepto de “independiente”

Sylvia Medeiros, vicepresidenta sénior de The Orchard en Brasil, observa el mismo cambio en la transformación del término “independiente”. Antes, cualquiera que no estuviera en una gran discográfica era independiente. Hoy en día, puede ser una alternativa para los artistas consagrados. “Vemos a artistas muy establecidos, que tendrían todas las puertas abiertas en una discográfica, optando por ser dueños de sus carreras y sus catálogos”, afirma, citando a Marisa Monte y Bad Bunny.

Sin embargo, no todos los artistas independientes ocupan el mismo lugar en este nuevo orden. Para los sellos pequeños, la plataforma suele funcionar como un escaparate, no como una fuente de ingresos. Pedro Azevedo, fundador de QTV Selo, un sello discográfico de Río de Janeiro vinculado a la música experimental y los circuitos alternativos, lo resume contundentemente: “Los ingresos por streaming son cero. Nunca hemos podido monetizar YouTube. Ni Spotify. Y Bandcamp genera muy pocos ingresos”. Para él, el streaming ayuda a vender conciertos. Los ingresos provienen de otras fuentes.

La compensación es el punto de controversia más visible. La frase “el streaming paga poco” puede ser cierta en muchos casos, pero oculta una pregunta fundamental: ¿a quién le paga poco? El cálculo es difícil porque cada reproducción pasa por distintas etapas: fonograma, obra, distribución, publicación, gestión colectiva, plataforma. Braga cita una división muy extendida en el mercado brasileño: “Entre el 58% y el 60% para sellos discográficos, sellos, agregadores y distribuidores; el 12%, que corresponde al 9% de las editoriales y al 3% de la ECAD [la entidad responsable de recaudar y distribuir los derechos de ejecución pública en Brasil]; y el 30% restante va a la plataforma de streaming. Los artistas y autores necesitan conocer el mercado para ser más firmes al negociar un buen contrato con porcentajes más justos y para comprender los modelos de negocio de la industria”.

Desequilibrio histórico

Castello Branco hace una distinción importante. Para los artistas que controlan sus grabaciones, el streaming puede ser más generoso que los contratos tradicionales del siglo pasado. El mayor desequilibrio, en su opinión, se da para los autores e instrumentistas. “Hay una injusticia, un desequilibrio histórico. La autoría podría y debería crecer. Otro sector que se ha vuelto completamente invisible en el mundo digital es el del músico, que recibe derechos conexos”.

El modelo dominante de las plataformas es el llamado “prorrateo”: los ingresos distribuibles van a un fondo común y se dividen según la participación de cada pista en el total de reproducciones. Marcela Maia, directora de marketing de Biscoito Fino, señala la limitación de este diseño para quienes trabajan con catálogo y música de nicho. “Con el modelo del prorrateo es muy difícil alcanzar una situación realmente sostenible para todos”.

En Biscoito, el streaming también reveló públicos que la discográfica no podía identificar mediante las ventas de CD y DVD. La lógica del catálogo cambió cuando viejas canciones reaparecieron en contextos inesperados. Maia cita “Balada de Gisberta” de Maria Bethânia, que se viralizó en TikTok en vídeos de graduación; y una grabación de “Garota de Ipanema” de Tom Jobim, utilizada en montajes con imágenes del futbolista Kaká. “Para mí, esta cuestión de la cocreación es una de las grandes transformaciones del streaming”, afirma. “La música deja de existir como una obra completamente cerrada, y el público comienza a apropiársela”.

Del alcance al vínculo

Este cambio de oyente a usuario explica gran parte de la especulación sobre la próxima ruptura. Bruno Martins, fundador de Shake Music, que acaba de lanzar Fanfirst (una plataforma dedicada a mejorar la relación directa entre artistas y fans), sitúa el problema en el entorno posterior a TikTok. Las plataformas se han vuelto eficientes para el descubrimiento, pero frágiles para la interacción. “Tenemos un camino más o menos definido para descubrir artistas y música nueva, pero creo que la situación es grave cuando nos damos cuenta de que no hay manera de fidelizar a los fans”, afirma.

Aquí es donde entran en juego las alternativas. Los modelos centrados en el usuario proponen dividir la suscripción de cada usuario únicamente entre los artistas que ha escuchado. Deezer ha comenzado a abogar por un modelo centrado en el artista, otorgando mayor importancia a aquellos que logran interactuar con el público. Bandcamp funciona como un nicho de mercado y una comunidad. El vinilo ha resurgido como un objeto valioso. Sin embargo, ninguna de estas soluciones compite con el streaming a gran escala.

El canal directo al fan es quizás la apuesta más clara en esta disrupción lateral. La idea es crear canales donde los artistas ofrezcan música, demos, material detrás de cámaras, prelanzamientos o comunidades directamente a sus fans, sin depender del algoritmo. Martins compara el streaming con un escaparate masivo, capaz de llegar a todos, pero poco eficaz para satisfacer al fan que busca algo más que una simple escucha. “La plataforma de streaming es como un supermercado. Llega a todos, pero existe una gran demanda por parte de los fans que buscan algo más que lo que ofrece la tienda del centro comercial”.

¿Retorno a lo humano?

En el horizonte, la inteligencia artificial hace que este debate sea aún más urgente. Si el streaming ya había convertido la abundancia en un problema, la IA amenaza con llevarla a un punto casi incontrolable. Antes, cambiaban los formatos o los canales de distribución. Ahora, es la creación la que se ve directamente afectada. “La creación sufre la amenaza de la trivialización”, afirma Castello Branco. Braga, por su parte, apunta a una situación similar: “Con la avalancha de contenido generado por IA, creo que la supervivencia reside en valorar cada vez más lo humano”.

La próxima disrupción quizás no se produzca contra el streaming, sino en las capas que empiezan a formarse a su alrededor. La disputa gira en torno a quién controla la relación con el fan, quién accede a los datos, quién puede vender algo más allá de una mínima fracción de la reproducción, quién protege la creación humana en un entorno inundado por la IA. El streaming ha transformado la música en un flujo etéreo. Las alternativas que empiezan a surgir intentan devolverle cierta densidad económica y afectiva. La antigua tienda de discos ha desaparecido. La nueva sigue buscando una forma justa de financiar lo que exhibe en su escaparate.

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