Aunque una parte de la población mundial es más consciente respecto a temas ambientales y ávida de información sobre la crisis climática, la percepción sobre el planeta sigue siendo insuficiente para generar cambios reales. Elegir gobiernos que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero y la deforestación sería la medida más eficaz, señalan los expertos.
Mientras el mundo aguarda la confirmación sobre la intensidad del fenómeno natural El Niño a finales de 2026, las noticias sobre las posibles consecuencias climáticas del evento se vuelven omnipresentes. Si bien, por un lado, nunca se ha hablado tanto ni de manera tan amplia sobre este acontecimiento –que podría alcanzar dimensiones históricas–, la percepción general sobre el calentamiento global no parece lo suficientemente fuerte como para provocar un cambio de rumbo y evitar consecuencias peores.“En comparación con los fenómenos de El Niño de 2015/2016 y 2023/2024, este es el que cuenta con mayor cobertura mediática”, afirma el climatólogo José Marengo, coordinador general de investigación y desarrollo del Centro Nacional de Monitoreo y Alertas de Desastres Naturales (Cemaden), con sede en Brasilia. “La gente está más atenta y busca información, lo cual es positivo; sin embargo, hay muchas personas dispuestas a proporcionar información –a veces errónea–, lo que supone un problema”, añade el especialista.
Memoria corta
En Brasil, los años con El Niño suelen traer lluvias intensas en la región Sur y sequía en el Norte y Nordeste. Los brasileños todavía tienen fuertes recuerdos de las lluvias e inundaciones de 2023 y 2024 en Rio Grande do Sul y de la excepcional reducción de los niveles de los ríos en la cuenca del Amazonas. “Ya hay una nueva mentalidad, un cambio en la conciencia de la gente. Sólo esperamos que no sea algo momentáneo, porque a veces el acontecimiento termina y todos se olvidan”, advierte Marengo.Él explica que El Niño siempre ha existido y seguirá ocurriendo independientemente de la actividad humana. Sin embargo, la acción antrópica se suma a los impactos del fenómeno natural, que se produce de forma cíclica con intervalos que pueden variar entre dos y siete años. “Ahora estamos combinando dos calentamientos. Un grado de calentamiento en el Pacífico en 2026 tiene más impacto que un grado de calentamiento en la década de 1970, porque la temperatura media global era más baja que hoy”, señala.
El precio de la inacción
Los científicos llevan advirtiendo sobre los riesgos del calentamiento global desde la década de 1990, pero la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera sigue aumentando año tras año, sin que las poblaciones reaccionen de manera contundente para obligar a gobiernos y empresas a, por ejemplo, reducir drásticamente el consumo de combustibles fósiles y acelerar la transición energética. Los expertos subrayan que, desde una perspectiva económica, optar por la prevención –lo que rompería con comportamientos de inercia hoy arraigados– resulta mucho más ventajoso que resolver posteriormente los problemas derivados del desequilibrio climático.En Brasil, un informe publicado en marzo de 2026 por el Centro Internacional Celso Furtado de Políticas para el Desarrollo y el Instituto Clima y Sociedad estima que el costo de la inacción climática alcanza los 55.000 millones de reales anuales (cerca del 0,45 % del PIB) en el país, teniendo en cuenta las pérdidas de actividad económica y los daños materiales relacionados con sequías y lluvias extremas. Sin embargo, a pesar de todas las alertas y señales, los gobernantes y las instituciones siguen mostrando letargo en sus decisiones; algunas de ellas, incluso, van en sentido contrario, acelerando el calentamiento global.
Percepción del problema
“Es cierto que los cambios en el entorno del planeta ya pueden (y deben) causar alarma, dado que nos estamos acercando a límites críticos sin retorno en materia climática en diversos ecosistemas”, afirma el psicólogo José de Queiroz Pinheiro, profesor del Programa de Posgrado en Psicología de la Universidad Federal de Rio Grande do Norte (UFRN), quien lleva décadas estudiando la percepción del cambio climático y sus efectos en la población, así como la comunicación y el compromiso con el tema.Según Pinheiro, el conocimiento de índole científica y técnica no basta para fomentar la conexión y el compromiso de las personas con las cuestiones ambientales. “Nuestro estilo de vida y nuestras visiones del mundo llevan mucho tiempo alejados de la naturaleza. Los aspectos emocionales y afectivos, así como los contextos cultural, político y económico, son fundamentales para establecer un compromiso de cuidado del medio ambiente”, afirma el psicólogo. Para Pinheiro, el distanciamiento espacial y temporal entre causa y efecto convierte el cambio climático en un fenómeno complejo y abstracto. “No existe una relación rápida y clara entre los factores que provocan el cambio climático y sus consecuencias”, señala.
En Rio Grande do Sul, investigadores vinculados al Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Neurociencia Social y Afectiva (INCT-SANI) están realizando un estudio sobre la salud mental de los habitantes de barrios que sufrieron inundaciones en 2024 en Porto Alegre y Canoas. “Estamos evaluando la eficacia de un taller para afrontar el estrés en situaciones difíciles, elaborado por la Organización Mundial de la Salud (OMS); se trata de una medida preventiva basada en la psicoeducación. Es decir, busca informar a las personas sobre el estrés y cómo gestionarlo, basándose en la terapia cognitivo-conductual. Es natural que las personas se sientan estresadas, ansiosas y tristes tras eventos climáticos extremos –incluso mucho tiempo después–, pero a menudo no logran percibir esa relación”, afirma la psicóloga Lisiane Bizarro, profesora del Laboratorio de Psicología Experimental, Neurociencias y Comportamiento de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS) e investigadora del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq) y del INCT-SANI.
“Hoy en día, es posible estar endeudado, estresado, no dormir bien, mostrarse más agresivo, tener muchos problemas, hijos que no rinden adecuadamente en la escuela y un cúmulo de complicaciones. Y no necesariamente se asocia esto con haber sufrido la inundación o el reciente evento climático. A menudo, las cosas suceden uno o dos años después y la gente no relaciona un fenómeno con el otro”, analiza Bizarro.
Su grupo de investigación también indagará en qué medida las personas perciben como cercana la posibilidad de vivir un nuevo episodio de evento extremo. “Creemos que esta idea –no de distanciamiento, sino de cercanía psicológica– puede marcar la diferencia en cómo reaccionan las personas ante los sucesos. La idea de que la vida pende de un hilo, de que es posible perderlo todo de nuevo; la reflexión sobre cuánto invertir en una vivienda o en la educación de los hijos, o hasta qué punto confiar en la política, votar, participar como ciudadano y en planes colectivos a largo plazo. Son estas las preguntas que la psicología debe responder”, plantea Bizarro.
Ignorancia y falta de preparación
Según Pinheiro, de la UFRN, una fuerte barrera psicológica para emprender acciones climáticas es la ignorancia. “Además de la incertidumbre que crea dificultades para percibir la crisis como urgente, existe una falta de preparación sobre cómo afrontar y prevenir el problema”, afirma el investigador. Destaca que las poblaciones que carecen de conocimientos técnicos a menudo pueden adoptar posiciones ambientalmente apropiadas cuando perciben que sus medios de vida están amenazados por la minería, las zonas industriales, las represas, etc. Por otro lado, el exceso de información, la amplia difusión de mensajes falsos y la falta de criticidad en su manejo también pueden llevar a la inacción.La rivalidad de objetivos, cuando la persona tiene metas prioritarias; la desmotivación al percibir que otros se esfuerzan menos o que el problema es demasiado grande; el costo de abandonar un hábito inadecuado que puede inducir a la inacción; el embotamiento ambiental (“numbness”) o el entumecimiento que paraliza las iniciativas: todos estos factores pueden explicar la inercia frente a la crisis climática, según Pinheiro.
Políticas públicas
Sin embargo, él destaca que esto no depende exclusivamente del individuo ni de sus barreras psicológicas. “Las élites económicas y políticas actúan para mantener sus privilegios, moldeando normas sociales, financiando la desinformación y bloqueando acciones climáticas que contraríen sus intereses”, afirma. Las movilizaciones colectivas, las críticas al sistema y el activismo político son decisivos para afrontar el desastre climático, y no meramente los pequeños ajustes a nivel individual, subraya el profesor.Para José Marengo, del Cemaden, mucho más que reciclar en casa o andar en bicicleta, la medida de mayor impacto que la población puede adoptar es elegir gobiernos que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero y la deforestación de la Amazonia y el Cerrado. “Eso tendría mucho más peso y poder que reciclar o aprovechar el agua que gotea del aire acondicionado. Reciclar ayuda un poco a nivel local, pero no podemos pensar localmente; tenemos que pensar globalmente, porque lo que sucede en el planeta es global”, concluye.