Conversación con Tamara Klink “El mar siempre es indiferente”

Ein Gespräch mit Tamara Klink © Moisés Patrício

A los 24 años, la brasileña Tamara Klink cruzó el Atlántico sola. A lo largo de noventa días en alta mar, fue reuniendo fans que la acompañaban en la aventura, y se convirtió en una celebridad con miles de seguidores en las redes sociales. En esta entrevista, habla sobre la soledad, el miedo, el género y la libertad.

Además de un apellido famoso en los siete mares, Tamara Klink heredó de su padre también el impulso de lanzarse sola a los océanos. En 1984, mientras Amyr Klink cruzaba el Atlántico a remo, un astillero del Mar del Norte construía un pequeño velero de 8 metros de eslora. Casi cuatro décadas después, y en busca de su primer barco, Tamara se topó con ese velero, que estaba en venta por un valor que se ajustaba a su apretado presupuesto. Lo rebautizó Sardinha y ahí salió al mar, libre y sola.

A los 23 años realizó la primera travesía, del puerto de Alesund, Noruega, a Dunquerque, Francia. Al año siguiente, en 2021, singló 10 mil kilómetros de las aguas entre Francia y Recife, Brasil, adonde llegó el 1 de noviembre, y conquistó el título de la navegante brasileña más joven en atravesar sola el Atlántico. Tres meses entre cielo y el mar. Los últimos 17 días, entre el archipiélago de Cabo Verde y Brasil, fueron los más peligrosos, con olas altas y sin puerto seguro: la tierra a la vista más cercana ya sería la costa brasileña.

Formada en Arquitectura en la Universidad São Paulo y con una especialización en arquitectura naval de la Escuela Nacional Superior de Arquitectura de Nantes, Francia, Klink dice que alimenta el sueño de “navegar consigo misma” desde la infancia. Los viajes en barco con la familia llevaron a la navegante y sus hermanas, la gemela Laura y la menor Marina, a lugares fantásticos, como la Antártida. Entre bromas y descubrimientos, las niñas tenían una tarea que les imponía la madre, la fotógrafa Marina Bandeira: escribir diarios. Hoy Tamara tiene canales en las redes sociales, donde publica diarios audiovisuales de sus viajes, que también dieron lugar a los libros Mil milhas (Mil millas) y Um mundo em poucas linhas (Un mundo en pocas líneas).

En palabras de Tamara Klink:

Navegar es necesario

Navegar sola, “en soledad” es como navegar conmigo misma. Un sueño que crece conmigo. Navegar sola era muy importante porque quería estar segura de ser capaz de conducir el barco sin necesidad de otras personas, de tomar decisiones sola y resolver los problemas que fueran apareciendo. Debía hacerlo para tener autonomía y poder ir a todos los lugares que quisiera.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular © Tamara Klink. Foto: Archivo particular

El precio de la libertad

La libertad no tiene nada que ver con poder ir a cualquier lugar, no tiene que ver con correr riesgos ni con lanzarse a lo desconocido. La libertad tiene que ver con tomar consciencia de nuestra responsabilidad, tiene que ver con las elecciones que hacemos. Tener consciencia de que, cuando partimos para alta mar, estamos expuestos al viento, a las olas, tenemos que enfrentar las adversidades que surgen en el camino. La libertad tiene que ver con asumir las elecciones y las responsabilidades que conllevan.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular © Tamara Klink. Foto: Archivo particular

Muchas primeras veces

En el primer viaje, hice muchas cosas por primera vez. Todos los días experimentaba algunas “primeras veces” de mi vida. Eso fue muy divertido. Y, por supuesto, pasé momentos duros en los que viví situaciones que parecían no tener solución. Momentos en los que tuve mucho miedo. Pero haber llegado al puerto que era mi objetivo, en Francia, me dio la seguridad y confianza para poder hacer viajes mucho más largos. Fue un viaje que me enseñó mucho de lo que yo necesitaba para salir a la travesía del Atlántico.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular © Tamara Klink. Foto: Archivo particular

Partir y crecer

La sensación de partir para alta mar es muy parecida a la sensación de crecer, de dejar nuestros orígenes, de dejar las comodidades y las estructura que siempre nos dieron seguridad. Sabía que desde ese momento sólo podía contar conmigo misma, igual que un joven que deja su ciudad, su familia en busca de sus objetivos.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular © Tamara Klink. Foto: Archivo particular

Marineras

Por muchos siglos, las mujeres se quedaban en los muelles, como en los versos de Fernando Pessoa, sin saber si los maridos volverían, y las madres se quedaban llorando. Pero al mar no le importa si somos hombre o mujer, joven o viejo, si estamos solos o acompañados. El mar siempre es indiferente. Al final, el mar termina exponiendo a hombres y mujeres a riesgos muy parecidos, a condiciones muy semejantes, pues delante del mar no importa nuestra fuerza física, no importa nuestra estatura, no importa cuál es nuestro género: las condiciones van a ser las mismas y cada navegante va a tener ideas diferentes, un cuerpo diferente, objetivos diferentes. Es cuestión nuestra conocer nuestros límites y enfrentar las situaciones que se van dando. Los peligros son mucho más naturales y, en consecuencia, están menos relacionados con el género que los peligros culturales o sociales que tenemos en tierra.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular © Tamara Klink. Foto: Archivo particular

Soledad

Soy la única persona del barco y sé que estoy sola. La sensación de soledad es algo que no puedo evitar ni expulsar. Estará siempre presente. La soledad, en cierto modo, me permite conocer otras versiones de mí que eran invisibles cuando tenía un reflejo que no era yo, el reflejo de otras personas a bordo.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular © Tamara Klink. Foto: Archivo particular

Miedo

Siento mucho miedo, todo el tiempo. Miedo de quedarme dormida y de que el despertador no suene; miedo de quedar expuesta a situaciones que escapan a mi control. Pero es ese miedo lo que me mantiene atenta, lo que me da humildad. Me pone en alerta cuando lo necesito. Al empezar una navegación sola, la peor parte de un viaje es la preparación, la más dramática es el momento anterior a la partida, cuando somos tomados por el fuerte deseo de dejar la tierra firme pero todavía no estamos listos y tenemos que demostrar que vamos a lograrlo y al mismo tiempo no podemos garantizar a nadie que todo va a salir bien. Mucha gente desiste en ese momento.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular © Tamara Klink. Foto: Archivo particular

Conexiones

Durante el viaje la comunicación estuvo muy limitada, sólo intercambiaba mensajes vía satélite, muy pocos, y cada uno adquiría mucha más importancia dentro de mi día, pues era un acontecimiento más raro. Y, en cierto modo, las conversaciones me impactaban mucho más aunque no fueran más profundas. Cada mensaje se volvía mucho más importante. Cuando estamos expuestos todo el tiempo a la comunicación, perdemos de vista el valor que tiene esa comunicación. Cada pequeño mensaje de buena suerte, de aliento, tenía un impacto muy grande en mi vida cotidiana en el barco.
Tamara Klink. Foto: Archivo particular Tamara Klink. © Foto: Giovanna Conversani Canal de YouTube de Tamara Klink
https://www.youtube.com/c/TamaraKlink

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