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''Pesadilla en septiembre''
Marcela Gutiérrez

Del libro La mujer que no se equivocaba (2005)
 
La vida en el país de sus sueños le resultó una pesadilla. Sin embargo, para ella, había sido su desafío y su meta que con mucho esfuerzo se hicieron realidad, pues lo que le sobraba era voluntad. Había trabajado duramente para conseguir lo que ahora, después de más de una década, tenía: su radicatoria definitiva, ser propietaria de un hermoso departamento, un automóvil último modelo y ocupar el cargo de ejecutiva en una oficina de seguros ubicada en pleno centro del comercio mundial.
A las 9.45 de la mañana aborda el ascensor. Saluda y oprime el piso 85. Piensa que a esa hora ya estarán los gerentes de la empresa y se reprocha anticipadamente la demora. La junta tendría que haber empezado hace cinco minutos. Vamos, vamos, repite mentalmente: piso 27, 50, 61, ya llegamos, ya llegamos…
Abre el portafolio que trae en la mano y echa una mirada a las pulcras hojas que noche antes ha elaborado en el estudio de su departamento y se siente orgullosa por el trabajo realizado aunque, cuando imprimió la última hoja, estaba despuntando el alba.
Cierra el portafolio y cuando vuelve a mirar los iluminados números de los pisos sobre la puerta del ascensor, toma conciencia del lugar donde se halla. Entonces nada le resulta familiar. Se encuentra en una gran extensión de pampa abierta, observa el cielo, los colores del aire son plomizos, sabe que hace frío, instintivamente, ya que no experimenta sensaciones físicas y no siente ninguna molestia. Mira al fondo, una cadena de montañas emerge ante sus ojos, sabe que ahí se está dirigiendo aunque no recuerda el motivo.
La escasa hierba y la paja brava no son mecidas por brisa alguna, todo es extrañamente silencioso y calmo. No comprende nada pues su percepción del tiempo ha sufrido una alteración. Siente también que en su persona hay un cambio definitivo aunque no precisa nada concreto.
Piensa en la amnesia como una posibilidad, pero ya ha pasado mucho tiempo desde que sus dolores de cabeza por el estrés acumulado la llevaron a píldoras y calmantes que le habían causado un estado moderado de amnesia, por lo que las había desechado con una sobrecarga de voluntad.
La mujer tiene la certeza de que al llegar a las faldas del cerro se sentirá algo así como protegida y segura, aunque no sabe la razón, ya que es un impulso irrefrenable, una especie de magnetismo el que le arrastra hasta ese lugar. Se pregunta qué irá a encontrar allí. Es como un calor olvidado en lo más profundo de su memoria. Con el rabillo del ojo mira una intensa luz roja y gira sobre sus pasos. Allá donde hace un momento estuvieron los grandes edificios, el cielo tiene un color púrpura brillante y percibe un ambiente de caos, puede ver los esqueletos de los edificios con sus estructuras de metal retorcidas y derretidas por quien sabe qué violentas lenguas de fuego. Otras construcciones, que no se han desmoronado completamente, han sufrido una rápida acción corrosiva. El horizonte se ve brumoso, como envuelto en nubes rojas, fantásticas. A un lado del camino, una larga avenida muestra el cemento por trechos desprendido; lo que ha sido una columna de frondosos y milenarios árboles en las veredas, ahora son pequeños troncos chamuscados y se ven cenizas barridas por el viento que en ese momento arrecia.
Al mismo tiempo, tiene la sensación de que se va despidiendo de la vida que deja a sus espaldas, que lo que ha sido presente hasta hace un momento, comienza a volverse recuerdos: la música ambiental de su elegante oficina, el frasquito del perfume de cien dólares, la sensación del líquido que bajaba por su cuello, resbalándole por el cuerpo, también el olor del desodorante que impregnaba en las paredes la muchacha latina que hacía la limpieza, a la que ella nunca le había preguntado nada que no estuviera dentro de los cánones patrona-sirvienta, aunque no se le pasara inadvertido que tenía el color de la piel y los ojos rasgados de las mujeres del país donde ella había nacido. Absolutamente todo: olores, sonidos, gustos y colores se van amalgamando en su mente hasta fundirse en la nada.
Da media vuelta y sabe que las montañas a donde se dirige rodean el gran cráter de su ciudad natal, que su mente no le está jugando una mala pasada, que no son las visiones abstractas de sus preocupaciones.
Mientras camina, sigue el horroroso y sobrenatural silencio que le parece una eternidad, después de lo cual aumenta su confusión al escuchar súbitamente el sonido de un avión que al parecer vuela muy bajo, entonces el ruido aumenta y el suelo comienza a temblar. Siente tristeza, más por intuición que por dolorosa sensación, y se apresura a subir al cerro que la espera. Esta vez tiene la certeza de que todo se hunde bajo sus pies y no sabe si es el rugido sordo y seco de la hambrienta Pachamama que duerme bajo la montaña y se prepara para recibirla en su seno, o si el piso del ascensor se desprende ardiendo en llamas y sus gritos se confunden con los otros gritos mientras todos se precipitan.

 

                                                                  
Marcela Gutiérrez Foto: © Marcela Gutiérrez I Privat Tres preguntas a... Marcela Gutiérrez

Soy una escritora que no escribe para vender ni para complacer, en general mi material es sobre todo mi manera de ver el mundo, mis cuentos nacen de una realidad que me conmueve, me divierte y a veces me hace sufrir.
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