Olga Grjasnowa Un diagnóstico imparcial de la época

Olga Grjasnowa
Olga Grjasnowa | © Peter-Andreas Hassiepen

Olga Grjasnowa entreteje en sus novelas tramas inusitadas con complejas cuestiones políticas. Su mirada analítica y su refrescante estilo propio cautivan a los lectores y a la crítica por igual.

“Cuando algo me enoja, escribo”, dice Olga Grjasnowa. Hablo con voz amable, queda y determinada, viendo a su interlocutor directamente a los ojos. Razones para escribir hay más que suficientes para esta autora nacida en Azerbaiyán en 1984. En su primera novela, publicada en 2012, Der Russe ist einer, der Birken liebt (A los rusos les gustan los abedules), se ocupa, por ejemplo, de la pereza mental, de la obsesión por delimitarse y del racismo cotidiano: fenómenos a los que la despierta narradora Mascha les hace una disección casi de paso. Sus diagnósticos sin retoques y ligeramente irónicos transcurren, como en un monitor partido a la mitad, de manera paralela a la trama, que brinca de Berlín a Azerbaiyán y luego a Israel.

Sus protagonistas son obstinados e híbridos culturales

Por su mirada aguda y analítica así como por su refrescante estilo propio la autora ha sido celebrada, y también reconocida. En 2012 recibió, entre otros, el Premio Anna Seghers y estuvo nominada para el Premio Alemán del Libro. En su primera novela Olga Grjasnowa traza la imagen de una joven mujer autónoma, perseverante y también impulsada por una inquietud interior. Su segunda novela, aparecida en 2014, Die juristische Unschärfe einer Ehe (La falta de nitidez jurídica de un matrimonio) abreva también de protagonistas que son igualmente obstinados y que se reinventan de manera permanente. Estos personajes tienen en común que les importan poco las categorías limitantes y fuentes de identidad, como son la patria, la cultura o la religión. También, que suelen marcharse cuando algo podría volverse demasiado serio, intenso o confrontativo.

En A los rusos les gustan los abedules Mascha alterna de manera soberana entre las lenguas y las culturas. Al ser una niña refugiada en Alemania, aprendió rápidamente “que hablar es poder” y se apropió con perseverancia de ese poder. Después de haber estudiado interpretación, quiere llegar a lo más alto, a las Naciones Unidas, y sabe cómo funciona la auto-optimización. El pasado lo hace a un lado, de manera consciente y rigurosa. Ni las traumáticas vivencias de ese entonces en Azerbaiyán ni la discriminación sufrida en la escuela en Alemania deberán seguir teniendo influencia en el aquí y ahora que logró conquistar por sí misma. Sin embargo, esa fatal forma de pensar en categorías étnicas o nacionales siempre la alcanza, a veces en forma de absurdas experiencias cotidianas, a veces como una absoluta pesadilla.

Los escenarios de la primera novela –su ciudad natal Bakú, la juventud en Hessen después de haber inmigrado a Alemania en el “contingente de refugiados” judío– en parte se traslapan con la vida de la autora. Sin embargo, A los rusos les gustan los abedules no es de ninguna manera una historia autobiográfica. Al ser una observadora escrupulosa, Olga Grjasnowa quiere conocer con precisión aquello sobre lo que escribe. Por eso cuando estudió en el Instituto Alemán de Literatura en Leipzig, de donde se graduó en 2010, la entusiasmaban sobre todo los seminarios de investigación. La teoría que le faltó en Leipzig la complementó Olga Grjasnowa con semestres en el Instituto de Literatura Max Gorki, en Moscú, y en la carrera de Escritura Escénica en la Universidad de las Artes, en Berlín. Para los flash-backs sobre la época del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por la región caucásica de Nagorno Karabaj realizó extensas investigaciones in situ y habló con numerosos testigos presenciales. Lo que le importaba era hacer comprensible “cómo funciona la violencia con motivos étnicos, cómo se pueden montar pogromos en cuestión de semanas… y no sólo ahí”, cuenta Olga Grjasnowa.

Roadmovie en el Cáucaso

Sus investigaciones sobre el Cáucaso también hallaron cabida en la novela La falta de nitidez jurídica de un matrimonio, por la que recibió en 2015 el Premio al Fomento Adelbert von Chamisso. Lo que le interesó para esa novela, dijo, fue el “pronunciado contraste que reina entre los mundos postsoviéticos en los que se vive hoy en Azerbaiyán, Georgia, Armenia y Rusia, donde la violencia contra los homosexuales forma parte de la razón de Estado, y la escena de las fiestas en Berlín, donde se olvida la existencia del mundo. Sus protagonistas son la bailarina profesional de ballet Leyla y el psiquiatra Altay, quienes celebran un matrimonio lavanda para ocultar su orientación homosexual y poder vivir en Moscú sin ser molestados. Al mismo tiempo desarrollan una cercanía afectuosa entre ellos que evade las definiciones. La novela los sigue hacia Berlín y –tras algunas crisis, enredos y un triángulo amoroso– a Bakú, y desemboca en una roadmovie por el Cáucaso, observada con agudeza y narrada con un estilo rápido y directo. El pensamiento libre y las expectativas chocan una y otra vez y a más tardar cuando todo podría empezar a funcionar bien en la intimidad se hace de nuevo presente la sociedad con su presión para normarlo todo y su señalamiento, cordial y brutal, sobre las relaciones de poder.

Siempre hay material nuevo para escribir

La especialidad de Olga Grjasnowa son los ataques frontales casuales a los patrones de pensamiento anquilosados. Se cuentan entre ellos también sus intervenciones en el blog literario Texto Libre del periódico semanal Die Zeit, o el proyecto Conflict Food en el Teatro Gorki en Berlín: mientras que Olga Grjasnowa cocina con el público, el actor Ayham Majid Agha y un especialista en comida francesa, india o persa, también filetea a los estereotipos de género y a los encasillamientos culturales y políticos.


Olga Grjasnowa lee en voz alta La falta de nitidez jurídica de un matrimonio