Obituario Bruno Ganz, el mejor

Bruno Ganz. Foto: Wikimedia Commons. Loui der Colli [CC BY-SA 3.0]
Foto: Wikimedia Commons. Loui der Colli [CC BY-SA 3.0]

Brilló como un cuerpo estelar, ya sea como Hitler, Fausto o Hamlet, hizo carrera en el cine y escribió historia en el teatro: Sobre el fallecimiento del gran artista dramático, Bruno Ganz.

Ahora se encuentra de forma definitiva en el Olimpo, Bruno Ganz, quien ya en vida fuera un actor mitad dios, mitad humano. La noticia sobre su muerte fue el sábado una de las noticias principales y ensombreció el final de la Berlinale, a la cual Ganz acudía frecuentemente como invitado. En la entrega de premios en la Berlinale-Palast se pusieron de pie todos en la sala y aplaudieron cuando la moderadora Anke Engelke hizo recordar al fallecido, “a Bruno Ganz en el cielo sobre Berlín“. También fuera de Berlín se le tuvo en mente en estos días tristes, como ha quedado grabado en la memoria en la película de Wim Wenders “Las alas del deseo“ (“Der Himmel über Berlin“): como el ángel Damiel sobre la ciudad grisácea oscura, mirando hacia la ciudad dividida, con aquella mirada benevolente, comprensiva y sabedora de todo lo humano – en este rol icónico como ser etéreo que desea volverse terreno y con ello mortal. Mientras que Bruno Ganz se volvía como Damiel en aquel entonces, en 1987, inmortal.

Aunque por supuesto el cielo sobre Berlín es demasiado pequeño para un grande como él, a quien le corresponde un lugar de honor en el Olimpo del teatro. Ahí se reunirá con Otto Sander, ese otro ángel apacible de Wenders, quien ya en 2013 se le adelantó, y con compañeros de los viejos tiempos en los escenarios berlineses. Confortador es el pensamiento de que ambos genios conocedores del alma nos miran desde arriba, escuchan y asienten con la cabeza.

Cuando alguien como Bruno Ganz muere, un calambre recorre la nación y conmociona a mucha gente, pues se trata nada menos que de uno de los artistas dramáticos en lengua alemana más geniales que ha producido el siglo XX. Uno que ha dado tanto a tantas personas, que las ha conmovido, las ha agitado, las ha alentado y al mismo tiempo ha escrito historia del teatro. O como de manera muy acertada expresó el Presidente de la República Federal de Alemania, Frank-Walter Steinmeier: quien ha “contribuido a impregnar de manera decisiva“ nuestra cultura. Bruno Ganz habría poseído esta “llave mágica para acceder al gran arte“. 

Ser un actor de excelencia lo traía Bruno Ganz como portador del Anillo de Iffland casi bajo llave: Con el anillo se condecora al respectivo artista teatral en lengua alemana más “significativo“ – en vida. El actor austriaco Josef Meinrad había establecido en1996 en su testamento a Ganz como nuevo portador. Ganz dijo alguna vez que el anillo le había dado “estabilidad psíquica“. Los mejores son siempre escépticos – de sí mismos y del mundo.

"Como un príncipe proletario"

Bruno Ganz, nacido el 22 de marzo de 1941 en Zúrich, sintió pronto un anhelo expresivo despreocupado que lo atrajo al teatro, aun cuando su trasfondo familiar no le favorecía. Su padre era trabajador de una fábrica y su madre una italiana que había llegado a Zúrich cruzando los Alpes a pie para trabajar ahí como empleada doméstica. El hijo abandonó la Escuela de Enseñanza Media (Gymnasium) antes de concluir e interrumpió también la formación actoral. Tras sus pequeños primeros roles cinematográficos se mudó a Alemania, tuvo un involucramiento como debutante en el Teatro Juvenil de Göttingen y se postuló después en Bremen, en donde el estricto jefe de escena Kurt Hübner reinventaba en ese momento el teatro junto con una compañía joven – eran los tiempos del incipiente movimiento estudiantil – y causaba bastante furor; más tarde pasaría a los anales como “estilo de Bremen“.

Ganz recitó primero con Peter Zadek, a quién le pareció interesante: “vaya príncipe proletario“. Luego tuvo todavía que insistir frente al director artístico Hübner, quien se encontraba enfermo, razón por la cual el joven aspirante fue examinado frente a su cama en el dormitorio. Recitó, típico de Ganz, podría decirse posteriormente, el Príncipe de Homburg. Hübner reportó más tarde: “Todo su comportamiento era inusual, también su tendencia a la resistencia, y que en lugar de hablar murmuraba, a medias vuelto hacia nosotros, a medias vuelto hacia la pared, fue lo que me fascinó.“ Era el inicio de una carrera actoral. Hübner dejó representar poco después al actor de 24 años ya el papel de Hamlet y en 1967 el de Macbeth. Para el director excéntrico Zadek, fue Moritz Stiefel en “Despertar de Primavera“ de Wedekind y un curiosamente desfigurado Franz Moor en “Los bandidos“ de Schiller.

Todo era impulso y arrebato en aquel entonces, un ataque a las sensaciones y hábitos espectadores transmitidos, la invención del teatro moderno de director. Y Bruno Ganz estaba en medio de todo ello, junto con Edith Clever, Jutta Lampe, Michael König, Werner Rehm – todos aquellos artistas dramáticos famosos, quienes en 1970 se dirigieron hacia Berlín y reinstauraron ahí el nuevo teatro.

Salto hacia Berlín

Crucial fue antes la puesta en escena en Bremen de Stein del “Torquato Tasso“ de Goethe, con Bruno Ganz en el rol principal en 1969 – un trabajo que el elenco politizó y se convirtió en un hito. Mostraba una reflexión sobre la relación entre poder y arte tratada en la pieza, con Ganz como „payaso emocional“ (“Emotionalclown“) (Stein) destrozado por dentro entre el servilismo y el deseo antiautoritario. Un artista que la corte de Ferrara mantenía para sí en un cerco de plexiglás. Con un busto de yeso de Goethe sobre el césped artificial. El elenco de Stein abandonó después Bremen y estuvo durante una temporada en el teatro de Zúrich, antes de emprender el salto a Berlín – hacia un cambio de época.

En el teatro bajo la dirección de Peter Stein se pensó al teatro en colectivo y se llevó con toda gran seriedad y precisión. Al suizo Bruno Ganz se le daba esta minuciosidad de manera especial y la mantuvo. En toda su vida actoral se ha apropiado de sus roles, también en el cine, por medio de lecturas y distancia intelectual, leyendo, observando – menos que a través de la compenetración y de procesos identificatorios. No era un actor de método. Pero sí un inmejorable artesano, dotado de una inteligencia emocional, la cual le daba a sus figuras algo muy humano, con frecuencia sensible y melancólico, pero dejándoles siempre un secreto. Incomparable su voz concisa: ese melódico y aterciopelado timbre, el cálido tono suizo que gracias a Dios nunca pudo desaprender del todo. Pero sobre todo su habilidad oratoria – podía hacer sonar los textos como un músico de las palabras, era un intérprete brillante de Kleist y Hölderlin. Pero podía acto seguido ser también de nuevo punzante y chirriante como en su alterado Hitler en “La caída“ (“Der Untergang“). Otto Sander mencionó alguna vez que la lengua materna de Ganz no era precisamente el alemán estándar y así utilizaba el lenguaje siempre de nuevas maneras. Algunas veces hasta se enfadaba él mismo sobre su “forma de hablar didáctica“ y ello quería decir, con su afán de hacer los textos audibles y entendibles hasta tener sentido. Quien observe la grabación de la puesta en escena completa del Fausto de Peter Stein del año 2000, comprenderá de inmediato a lo que Ganz se refería – y se rendirá en seguida de nuevo ante su maestría.

También fue legendario su Príncipe de Homburg bajo la dirección de Stein en 1972 en el teatro, el tan prusiano como soñador personaje visceral de la Guerra de los Treinta Años de Kleist, interpretado en la versión de Botho Strauß, cuyo actor favorito era Ganz. Como uno de los “últimos sobrevivientes del  Heldenfach alemán„ lo alabó alguna vez y elogió su “gracia masculina“.

Más importante que Peter Stein era para Ganz el director fallecido en el 2008, Kalus Michael Grüber, quien en el teatro tiene fama de poético  maestro enigmático (y enigmatizante) de la lentitud. Él envió al impresionable Ganz en 1977 a un “viaje de invierno“ tras las huellas de Hölderlin por el frío Estadio Olímpico de Berlín, escenificó con él “Empédocles“ y “Hamlet“ y – en 1986 en el Festival de Salzburgo – “Prometeo encadenado“, la adaptación de Peter Handke del imponente genio lingüístico Esquilo, con Ganz como el triunfal torturado, encadenado únicamente en cuerpo; en términos lingüísticos debió haber sido el total desencadenamiento. Ya en 1972 había tenido su debut en el Festival de Salzurgo como doctor – se podría decir también: como acróbata del lenguaje de la sección de autopsia – en el estreno de “El ignorante y el loco“ (“Der Ignorant und der Wahnsinnige“) de Thomas Bernhard, puesto en escena por Claus Peymann. Por ello fue premiado como “Actor del Año“. Bernhard le dedicó en 1974 su pieza “La sociedad de cazadores“ (“Die Jagdgesellschaft“)

¿Con quién si no con Bruno Ganz en el papel de conde hubiera debido juntar Eric Rohmer a la exaltable Edith Clever en su película “La Marquesa de O.“ (1976)? ¿Y quién si no él le habría prestado a los directores del joven cine alemán su graciosa cara arrugada y habría tenido a la vez esta gracia etérea? Ganz ha hecho ambas cosas por mucho tiempo, cine y teatro, no fue sino hasta en los últimos 15 años que se retiró en gran parte de los escenarios. Su última aparición la tuvo en 2012 con Luc Bondy en Paris (“Le Retour“). El teatro contemporáneo de los autollamados autores-directores se le había “resbalado“, cómo él decía.

Filmografía

Mientras que en el cine, después de su sensacional copia fiel de Hitler en la película “La caída“ (“Der Untergang“) (2004), también en el plano internacional, era cada vez más solicitado como actor. Filmó con Jonathan Demme, Francis Ford Coppola, Stephen Daldry, y finalmente también con Lars von Trier. El rol de Hitler le mereció no obstante también una crítica por su “gran pataleta“. ¿Se debe siquiera actuar a Hitler „humanamente“? ¿No raya el naturalismo radical en parodia?

El rol colgó de Ganz por largo tiempo. A la vez el rol no era ni siquiera para nada típico de su filmografía, la cual abarca pues desde “El amigo americano“ (“Der amerikanische Freund“)(1977) de Wenders pasando por el Jefe de la BKA Horst Herold en “El complejo Baader-Meinhof“ (“Der Baader Meinhof Komplex“)(2008) hasta Alm-Öhi en “Heidi“(2015) o el anciano Sigmund Freud en la adaptación fílmica de “El traficante“ (“Der Trafikant“) de Robert Seethaler. En el cine Bruno Ganz estaba al principio adscrito a los pensativos buscadores de sentido, a las figuras extravagantes algo sonámbulas, ya que podía hacerlo tan bien: sacar al hombre de otras esferas, loco encantador y un poco triste como su mesero en la bella película de Silvio Soldinis “Pan y tulipanes“ (“Brot und Tulpen“)(2000).

Una y otra vez el callado suizo ha caracterizado a desahuciados, ya sea al escritor con enfermedad terminal en “La eternidad y un día“ (“Die Ewigkeit und ein Tag“) de Theo Angelopoulos, al guía espiritual de barba blanca Tiziano Terzani en “El final es mi principio“ (“Das Ende ist mein Anfang“) o el esposo enfermo de cáncer de Senta Berger en “Colores intensos antes del negro“  (“Satte Farben vor Schwarz“). El sábado en las primeras horas de la mañana fue vencido por su enfermedad de cáncer en Zúrich, a los 77 años de edad.

Esta entrada fue publicada originalmente el 17 de febrero de 2019 en el "Süddeutsche Zeitung".