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Curitiba
Bebeti do Amaral Gurgel, brasileña, leona, periodista, escritora, LGBTQUVWXZY

Es triste, muy difícil y pesado estar en manos de un gobierno que niega la pandemia de forma sistemática. No ofrece la menor empatía por les parientes de les muertes, ni el más mínimo gesto. Tampoco da instrucciones sobre qué hacer ni cómo hacerlo. Hasta ayer lavé la fruta con productos de limpieza.

De Bebeti do Amaral Gurgel

Bebeti do Amaral Gurgel © Bebeti do Amaral Gurgel Muy lejos de aquí, en China, estaba pasando algo curioso. Pero China, desde el punto de vista de Brasil, queda al otro lado del mundo, en un planeta lejano. Sin embargo, el asunto ocupaba cada vez más espacio en las noticias, cada día la televisión daba más detalles sobre el virus en China. Los segundos televisivos se convirtieron en minutos, los minutos fueron más minutos y al final la noticia principal era: “Mueren en China cientos de personas por un nuevo coronavirus”.
Las noticias de la televisión influyen en las pláticas del círculo de amistades:

 —Dios mío, pero ¿qué está pasando en China?
—¡Construyeron un hospital entero en solo diez días!
—¿Qué clase de virus será?
—No es nada bueno. ¡Mucha suerte a les chines!

La epidemia pasó de China a Europa, y las noticias le brindaban aún más atención al nuevo coronavirus. Europa nos es muy cercana a les brasileñes, porque todes provenimos de europees, al igual que de indígenas y de negres de África. Genética- y culturalmente hablando, somos un pueblo mezclado, pues incluso la persona más blanca, rubia y de tez clara tiene algunas gotas de sangre negra, algunas de sangre indígena, algunas de sangre europea. En Curitiba, donde vivo, hay mucha población de origen italiano. Vimos horrorizades cómo cerraron Venecia, cómo cerraron Roma, cómo acordonaron los sueños. El coronavirus llegó a España, a Estados Unidos, de ahí se dirigió al sur y desembarcó por fin en Brasil.
 
A diferencia de los gobiernos de otros países, el brasileño niega el virus. "Nada más es un catarrito", dice el presidente. Y al país lo embarga un pánico silencioso. La reacción a la llegada de la pandemia a Brasil depende de la clase social. Les privilegiades —les adinerades y les normalmente mejor informades— empiezan a tomar precauciones, a cancelar viajes, a comprar mascarillas y desinfectantes, que desaparecen de los estantes en tan sólo una semana. La clase media hace bromas sin saber muy bien por qué. Es algo típicamente brasileño: hacerse le graciose significa aceptar sin resignarse. A las clases más pobres les falta tiempo para pensar en lo que viene de China, porque tienen otras preocupaciones. Les intelectuales, pertenecientes a las tres clases, empiezan a advertir por redes sociales que se acerca un peligro enorme y real, que desde hace tiempo ya se califica de pandemia, a un país que vive en el caos político desde 2016.
 
Cunde el miedo de que Brasil no esté preparado para una pandemia de esas dimensiones: sin un gobierno funcional, sin recursos, sin estructura, hundido en una desigualdad social traumatizante y padeciendo a un presidente que no deja de negar la pandemia.
 
Algunos gobernadores mandan cerrar los comercios y luego los vuelven a abrir. La economía se impone. La izquierda se posiciona: "La vida de las personas tiene prioridad, después viene la economía". El centro se posiciona: "Sin economía no hay vida". Y la derecha, que siempre está pensando en la economía, organiza manifestaciones en autos de lujo para exigir la apertura de los comercios. Les patrones se quedan en casa y por lo tanto segures, mientras sus empleades malpagades deben ir a trabajar.
                         
La situación imperante en Brasil es una película de terror. Primero hubo una negación total de la pandemia. Luego surgió la dicotomía entre izquierda y derecha. La derecha sólo piensa en la economía; la izquierda, en la vida. El excandidato a la presidencia, Fernando Haddad, escribe en redes sociales: "Brasil tiene que lidiar con el virus y con un parásito". El gobernador de São Paulo, Dória, dice que en Brasil hay dos tipos de virus: el coronavirus y el presidente.

Es triste, muy difícil y pesado estar en manos de un gobierno que niega la pandemia de forma sistemática. No ofrece la menor empatía por les parientes de les muertes, ni el más mínimo gesto. Tampoco da instrucciones sobre qué hacer ni cómo hacerlo. Hasta ayer lavé la fruta con productos de limpieza.
 
Tenemos dos clases de imágenes que muestran la realidad de la pandemia en Brasil: vemos a les riques manifestarse en autos de lujo para que se abran los comercios y vemos las largas filas de gente muy pobre y miserable tratando de conseguir el apoyo de emergencia de 600 reales (unos 100 dólares). Para recibir este apoyo decretado por ley, hay que descargar una app en el celular e introducir una contraseña. Son gente que no tiene agua corriente en su casa (el 16% de les brasileñes no tienen acceso al agua corriente) ni pan que comer, y que seguramente no tiene un celular que soporte apps. No puedo predecir las repercusiones de la pandemia, porque en Brasil se mezcla con las aberraciones de la reacción gubernamental; ambas son desoladoras.
 
Llevo casi setenta días sola en mi casa, estoy jubilada y tengo dinero en el banco. Ordeno la comida por internet. Me da miedo salir del departamento. La clase alta tiene a sus trabajadoras del hogar de vuelta en casa (yo no), la clase media pide por internet comida que no sea muy cara, de tres o cuatro dólares. Me entran esperanzas cuando veo en la televisión que en países como España y Portugal están volviendo a abrir ciertos comercios, cuando mis amigues de Ámsterdam me cuentan que salen a correr al parque, que en Alemania les viejes salen de paseo. Me entran esperanzas cuando me entero de que un exrestaurante se convierte en drive-in, con cine y comida en el coche sobre una charola, como en los años ochenta. Me entran esperanzas cuando les amigues hacen planes para septiembre. Quiero vivir y me da miedo el invierno que se acerca, porque, en Brasil, el invierno implica no tener calefacción y de todos modos vivir a dos o tres grados bajo cero. Ojalá que encuentren una vacuna. Tengo la esperanza de sobrevivir al virus. Si no se encuentra pronto una solución rápida y el gobierno no toma medidas que funcionen de verdad, lo que me preocupa son las clases más pobres de Brasil.

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