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Gießen
Frederic Hanusch, científico

Con la pandemia se abrió una ventana de oportunidad que nos permite entender mejor cómo nos relacionamos con la Tierra más allá de lo que perciben directamente nuestros sentidos. El silencio pandémico nos permite escuchar atentamente al planeta y cómo nos conectamos con su mundo sonoro, desde el centro de la Tierra hasta su atmósfera.

De Frederic Hanusch

Frederic Hanusch © IASS/Ostermann Del silencio pandémico al mundo sonoro planetario

¿Cómo suena una pandemia? La pandemia no solo vino acompañada de sufrimiento, sino también de silencio. Hay menos tranvías y coches, y apenas hay construcciones en obra, pero tampoco hay conciertos ni pláticas en el parque ni en los bares. Disminuyó el ruido urbano de fondo como expresión de la vida social.
 
El dios sumerio Enlil habría estado encantado: le molestaba tanto el ruido de la gente que nos envió un diluvio. Lo mismo aplica a Julia Barnett Rice, fundadora de la Society for the Suppression of Unnecessary Noise (1906) [Sociedad para la Eliminación del Ruido Innecesario] y a Theodor Lessing, fundador de la Deutsches Antilärm-Vereins (1906) [Unión Alemana Antiruido]. Sin embargo, el silencio actual tiene algo de totalitario, pues en él cada sonido es perceptible y se pierde lo más característico de la gran ciudad: el anonimato. Este silencio es obligado, se siente más como algo insoportable que como un regalo. Los mundos sonoros son recursos culturales, pero también son políticos, en particular cuando conciernen nuestra relación con la naturaleza.
 
Una idea hecha a la medida de la pandemia es la salud planetaria (Planetary Health), es decir, la salud de las civilizaciones humanas y el estado de los sistemas naturales de los que dependen. Si pensamos la pandemia a partir de ella, no solo lo evidente queda a nuestra disposición, a saber, cómo se comportan los seres humanos con seres no humanos, ya sea en granjas de engorda o en mercados de animales silvestres. Con la pandemia se abrió una ventana de oportunidad que nos permite entender mejor cómo nos relacionamos con la Tierra más allá de lo que perciben directamente nuestros sentidos. El silencio pandémico nos permite escuchar atentamente al planeta y cómo nos conectamos con su mundo sonoro, desde el centro de la Tierra hasta la atmósfera.
 

Si bien el tránsito y la industria se paralizaron, también se redujo el ruido sísmico —la suma de las vibraciones de la corteza terrestre— como antes solo sucedía en días feriados. Cambió la manera en la que se movía la Tierra. Una geoacústica sin influencia humana nos permite escuchar al planeta. ¿Cómo crujen las placas tectónicas? ¿Dónde amenazan con derrumbarse las montañas? ¿Qué tiene que decirles la Tierra a todos los pantanos? Sin el murmullo de los seres humanos, los detectores de tales sonidos planetarios pueden registrar mejor, por ejemplo, la propagación de ondas marítimas tras las erupciones volcánicas..
 
La calma no solo cunde en tierra firme, sino también en el mar, como sucedió (también involuntariamente) en las costas estadounidenses tras el 11 de septiembre: casi no se instalan centrales eólicas ni se perfora en busca de petróleo, hay menos sonares y hélices de barcos que se interpongan en la comunicación de las ballenas y las enmudezcan a ratos. Ya en tiempos de Jacques Cousteau, hacía mucho que El mundo del silencio (1956) no era un título descriptivo de lo submarino. La hidroacústica nos enseña que los seres humanos también se unieron al mundo sonoro del océano por medio del cambio climático. Liberan CO2 y acidifican las aguas, con lo que el sonido de frecuencias bajas en particular se propaga más fácil. En suma, la intensidad sonora submarina se ha duplicado cada diez años desde 1950.
 
La vida salió del mar para dirigirse a la tierra. Ahí, la bioacústica determina el estado de los ecosistemas. Si un ecosistema como el bosque está intacto, su nicho acústico está ocupado y, por lo tanto, el sonido de cada especie debe ser bastante particular, para lograr que la oigan. Cada vez se hacen más análisis algorítmicos para identificar animales, lo que puede poner en evidencia las complejas interacciones entre las personas y su entorno, tanto en la selva como en la maleza de la gran ciudad. Pues la humanidad, por naturaleza, también penetra en este mundo sonoro terrestre con todo tipo de infraestructura ruidosa y luminosa. Así, por ejemplo, la luz artificial hace que los pájaros canten más temprano.

Muy por lo alto oímos la acústica atmosférica. Normalmente, esta se divide en fenómenos naturales —como truenos, meteoritos, erupciones volcánicas, sismos, tempestades, la aurora boreal y el choque de las olas— y en fenómenos humanos, como explosiones químicas y nucleares, aviones supersónicos, turbinas de viento o el regreso de naves espaciales. Con cada vez más conocimiento de la humanidad como factor geológico, pues también desata sismos y contribuye al clima extremo, se desvanece la distinción tajante entre causas humanas y no humanas. La humanidad se convierte en parte del mundo sonoro atmosférico.
 
Pocas veces es perceptible visualmente la conexión de la humanidad con el planeta. Necesitamos combinar nuestros sentidos con sus ampliaciones tecnológicas para poder aprehender las interacciones de nuestra especie con el planeta en su totalidad. Ni siquiera hemos penetrado en los espacios repletos de ruido artificial. No solo una elaborada red de sensores puede ayudar a desarrollar la comprensión, sino también paisajes sonoros, como los que crean Susan Philipsz o Bernie Krause.
 
Estas obras permiten la conexión inmersiva de ruidos cotidianos y acústica atemporal, porque generan una consciencia ávida de paisajes que sean resonancia activa en vez de recursos pasivos. Todo esto sucede sin un llamado a la acción, sino que remite a una comprensión alternativa, a otra forma de entender nuestra existencia como especie planetaria.
 
El silencio pandémico nos ha dado un momento en el que nos podemos sumergir en los mundos sonoros planetarios y descubrir dónde nos conectamos con ellos, casi siempre sin saberlo. Así, el mundo sonoro planetario puede servir de referencia indirecta de cómo mantenemos la habitabilidad del planeta y de si somos hospitalarios con la vida.
 
Entonces, ¿cómo suena una pandemia? De ninguna manera está en silencio, sino que se vuelve perceptible un mundo sonoro planetario a muchas voces. Hemos influido en él, lo hemos cambiado y nos hemos vinculado con él. ¿Lo hicimos a sabiendas? Probablemente no. Si pensamos políticamente, porque el sonido es político, no solo necesitamos una mejor comprensión de aquellas relaciones sonoras entre humanidad y planeta, sino también una idea de cómo negociarlas para que la Tierra se mantenga habitable.

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