Violencias contemporáneas y derechos humanos
Tres miradas del cine mexicano en la 76ª Berlinale
¿Qué significa hoy ser un migrante, una adolescente de 16 años de una gran ciudad o un vaquero queer en un pequeño pueblo del centro de México? ¿Cómo se vive y sobrevive con eso? ¿Qué nos espera del otro lado del trayecto y la aventura? ¿Qué se queda atrás?
La representación de estas interrogantes en el cine producido desde México tiene mucho que decir en la 76 edición de la Berlinale.
De Fernando "El More" Moreno
Toda película es una cápsula de tiempo. Un retrato de un aquí y un ahora que, si un grupo de arqueólogos quisiera revisar en el futuro, encontraría en el cine elementos muy útiles para entender muchas cosas del presente y lo que en él experimentamos.
De la misma forma podría conocer el paradigma tecnológico desde el cual se realizaron esos filmes, la tecnología dominante de la época y sus mecánicas, así como la propia agenda global que dicta hoy la narrativa política y económica desde lugares como Washington, Moscú o Bruselas. O lo que es lo mismo: el discurso que los poderosos tratan de imponer ante el ciudadano de a pie.
Violencias contemporáneas y derechos humanos: sus manifestaciones cotidianas
¿Qué significa hoy ser un migrante, una adolescente de 16 años de una gran ciudad o un vaquero queer en un pequeño pueblo del centro de México? ¿Cómo se vive y sobrevive con eso? ¿Qué nos espera del otro lado del trayecto y la aventura? ¿Qué se queda atrás? ¿Cómo el propio viaje identitario puede convertirse en el sueño o pesadilla de muchos?En un mundo en el que el 4% de la población deja su país de origen cada año para buscar mejores horizontes, y en el que ser mujer o identificarse con alguna disidencia sexo genérica implica un riesgo constante, la representación de estas agresiones en el cine producido desde México -que deben dejar de ser mencionadas como “micro violencias”- tiene mucho que decir en la 76 edición de la Berlinale.
Desde el tercer largometraje de ficción de Joaquín del Paso, El jardín que soñamos, la ópera prima de Fernanda Tovar, Chicas tristes, o el documental Jaripeo de Efraín Mojica y Rebeca Zweig (obras potentes y de cine autoral) se ponen en el centro de la discusión la violencia sistemática que ejercen el poder político, social, familiar, tradicional e incluso de grupos del crimen organizado sobre sus protagonistas. Se trata de tres retratos que, desde el naturalismo de un cine directo, apuestan por intérpretes desconocidos para el espectador a fin de encarnar a personajes que nos resultan verosímiles y auténticos. Ya sea porque la visión de quienes las cuentan así lo deciden y la puesta en cámara así lo propone; por la extraordinaria química que vemos entre ellos o porque, en el caso del documental, se interpretan a ellos mismos.
Los vínculos compartidos
¿Qué tienen en común una familia de migrantes haitianos varados en el corazón de los bosques de Michoacán, dos amigas adolescentes que compiten nadando para ganar un viaje a Brasil y tres personajes abiertamente homosexuales involucrados en el mundo de los rodeos y la doma de toros del municipio de Penjamillo?Muy sencillo: son protagonistas que se ven presionados, violentados y abusados constantemente por una sociedad que les pasa por encima. Lo mismo al orillarlos a cometer delitos ambientales en busca de sobrevivencia, sustento y seguridad laboral que al ser obligadas a tener relaciones sexuales en contra de su voluntad para después ser chantajeadas emocionalmente o, en el caso del tercer film, a esconder dentro de un armario una preferencia e identidad conocida veladamente por todos. En ellos, la extorsión y la culpa parecen vivir constantemente de la mano amenazando con no soltarlos ni un momento hasta saldar una extraña deuda con la sociedad que no se sabe muy bien cuando empezó. Igual que su viaje, ya sea de carácter geográfico o iniciático y que les llevará al desenlace de sus propias historias.
Más allá de los lugares comunes, -y de las problemáticas sociales inaplazables-, no deja de llamar la atención que, tres cintas dirigidas por realizadores con orígenes y trayectorias tan distintas, coincidan en tantos elementos y resulten estar tan conectadas. Un fenómeno que parecería proponer que hay un acuerdo entre Del Paso, Tovar, Mojica y Zweig en qué narrar y desde dónde hacerlo.
Dispositivos de un cine auténtico
La primera (El jardín que soñamos) contada mayoritariamente en criollo haitiano y con una cámara inmersiva que nos hace sentir la atmósfera precaria y peligrosa de la tala clandestina e ilegal del bosque. La segunda (Chicas tristes) vista desde la intimidad y cercanía de dos amigas que se cuentan todo y son cómplices lo mismo en maquillajes como en amores. La tercera (Jaripeo) que borda en tonos brillantes y encuadra a través del espejo esos detalles que no se pueden decir ni hacer de frente en un mundo hipermasculino y heteronormado en donde ser delicado o vulnerable no es concebible.Planos secuencias angulares y contrapicados. Distorsiones y deformaciones al mirar a través del agua. Secuencias en super 8 para construir ambientes oníricos y más seguros. Manifestaciones de una realidad alterna en la que es posible respirar un poco, más allá de la presión del patrón, la entrenadora incómoda o las expectativas de toda una maquinaria que hace funcionar un espectáculo. Dispositivos cinematográficos utilizados recurrentemente para aliviar la carga en el espectador que imagina un bosque con una casa para la familia, un espacio de recreo y paz para la maestra y Paula o un reflector con suficiente luz para que Efraín, Noe y Joseph brillen a sus anchas.
Sin duda, cine auténtico que parecería estar planeado para verse, leerse y analizarse junto, pero que en realidad nació y se filmó de manera autónoma e independiente. Una curaduría así como la que la Berlinale reunió este año, nos recuerda que sí, que todas las películas son una cápsula de tiempo y que, las verdaderamente interesantes, suelen romper el silencio para hablar de cosas importantes.