Tel Aviv
Odeh Bisharat, escritor y periodista

El coronavirus: combatido e instrumentalizado

El primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha usado todas las plataformas posibles para elogiar su propio trabajo y, sin detenerse a tomar aliento, ha hecho un llamado a sus rivales para que se alíneen con un gobierno lo más amplio posible. De esta forma ha podido vencer a muchas de las fuerzas que se oponían a la continuación de su régimen corrupto. Aprovechando descaradamente la pandemia de coronavirus, en Israel se ha formado por primera vez un gobierno dirigido por un primer ministro denunciado por varios delitos.
 

De Odeh Bisharat

Odeh Bisharat  © © Odeh Bisharat  Odeh Bisharat © Odeh Bisharat

¡Hasta los funerales solían ser alegres!

Durante el confinamiento recordé el entierro de mi tía de 82 años, que murió un mes antes de la anunciada emergencia por el coronavirus. ¡Qué digno fue su cortejo! Se reunió la familia extendida, y los amigos y vecinos se juntaron en la sala, en la cocina, en la terraza y en el jardincito. En la sala discutimos los aspectos organizativos del entierro: obituarios, anuncios y publicaciones en redes sociales. Los jóvenes contaron anécdotas de la tía querida hasta que perdieron el hilo y empezaron a decir chistes. Así son los jóvenes.

Un mes antes del confinamiento, la vida seguía teniendo sazón. "Antes sabían mejor las aceitunas", canta la famosa artista libanesa Fairuz. "Incluso tú, querido, ya no eres lo que solías ser". Antes de que nos mandaran a aislarnos con amenazas de escenarios apocalípticos, hasta los funerales eran alegres.

¡Al principio todo esto no me pareció tan grave! Incluso retaba un poco al destino para rescatarme de la asoladora rutina con pequeñas aventuras. ¿Qué podía tener de aterrador ese coronavirus? A fin de cuentas, no era un ataque con armas químicas ni biológicas, como hace treinta años, durante la primera Guerra del Golfo. En ese entonces, nos cubríamos la cara con máscaras herméticas y muy ajustadas. En caso de que de todos modos nos entrara gas venenoso a los pulmones, habíamos recibido jeringas con atropina, que algunas personas se inyectaban por puro pánico en cuanto bramaban las sirenas.

A causa del coronavirus se intensificó el aislamiento. Nuestra libertad de movimiento se redujo a unos cuantos metros. Ya casi no usábamos el coche. ¡Teníamos que esperar hasta que hubiera pasado lo peor! Pronto olvidamos qué era lo peor, y seguimos esperando. Esperamos algo que debía llegar, pero que no llegó. Algo que iba a pasar, pero que no pasó. Las cosas se repetían. El panorama no era nada alentador. Muy pronto se nos agotó la última gotita de adrenalina. Solo nos quedó el recuerdo de tiempos más gloriosos.

Durante la espera y el aguante ocurrió la primera muerte. Fue como si se rompiera una presa. A esa primera muerte, que todavía fue como una gota, le siguió un aguacero abrumador. Gotitas vacilantes; luego, goterones, y finalmente un fuerte chubasco: muchas muertes. Por fin comprendí que no estábamos de vacaciones. Nos despedimos sin ceremonias de las personas que nos rodeaban y que habían emprendido el camino hacia el desconocido más allá.

En tiempos de coronavirus, nuestros disfrutes son parálisis y nuestros actos heroicos son retiradas. El anhelado aburrimiento, una pausa a mitad de la vida, se convirtió en carga. Por las noches nos mataba el tedio de no hacer nada. Tenía que ocuparme en algo para matar el demasiado tiempo. Si no lo lograba, ocurriría una desgracia aún peor que la pandemia.

En nuestra vida rellenamos el demasiado tiempo sobre todo con trabajo. Necesitamos el trabajo como el aire para respirar, porque con él matamos el tiempo. Por un lado lo matamos a propósito; por el otro, sabemos que implica el fin de nuestra vida. Es un ciclo absurdo, en el que acabamos con nuestra vida matando el tiempo y en el que el trabajo es el arma letal definitiva, que nos va asesinando el tiempo restante por encargo.

Restricciones más relajadas en Suecia, confinamiento drástico en China

Entre tanto matar el tiempo, una vez me tomé un rato para comparar los dos métodos principales de combate a la pandemia, encarnados por el virólogo en jefe de Suecia, Andres Tegnell, por un lado, y por el presidente de la República Popular de China, Xi Jinping, por el otro. Mientras Tegnell se rehusaba a encerrar a los ciudadanos de su país —en Suecia, la vida siguió casi sin contratiempos, alentada por un sistema de salud eficiente, que incluso podría manejar el clímax de la crisis—, Jinping les impuso medidas draconianas a los habitantes de Wuhan. Acordonó regiones y ciudades enteras, obligó a las personas a quedarse en sus casas e incluso cerró las fronteras de su gigantesco país.
La popularidad de las medidas cambiaba. A veces el péndulo tocaba un extremo y a veces el otro. Conforme la cifra de muertos corría hacia los millares y luego incluso hacia las decenas de millares, muchas personas se fueron declarando dispuestas a intercambiar sus libertades por la protección de sus vidas. Veíamos asombrados a China. Cuando el confinamiento causó un empeoramiento repentino de la situación social y económica, volteamos a ver al unísono a Suecia. Las medidas de aislamiento habían provocado un millón de desempleados. La situación económica alcanzó su clímax, las personas caían en colapsos nerviosos, la violencia doméstica era más frecuente, surgían mercados negros, aumentaba la delincuencia.

Para combatir con éxito la pandemia, se requiere un buen control de la crisis por medio de órganos estatales y una sociedad estable durante muchos años. Un combate eficaz de la pandemia depende de los sistemas económicos y sociales de cada país.

Estados Unidos, como paradigma de la economía de libre mercado, es un país rico en recursos, pero, en retrospectiva y tomando en cuenta los servicios sociales y en particular sanitarios de sus ciudadanos, también es extremadamente tacaño. Solo hay que ver la situación. En la crisis del coronavirus, Estados Unidos no logró avances y fracasó rotundamente como representante de la economía de libre mercado. A diferencia de otros países del mundo, entre los que también se encuentra Israel, los ciudadanos estadounidenses no tienen derecho a atención médica. Entre los primeros actos oficiales del presidente Trump se encontraba la cancelación de las reformas sanitarias de su predecesor, Barack Obama.
Durante más de setenta años, los fundadores del Estado de Israel sentaron las bases de un Estado social. A pesar de los ataques de la economía de mercado, hasta ahora casi todas las personas del país reciben atención médica. Ciudadanes de Estados sociales de todo el mundo también han ganado este derecho a la atención médica. Viven conscientes de que el Estado está obligado a apoyarles incluso en caso de enfermedades graves con cirugías costosas o con tratamientos oncológicos, cuyo precio la mayoría ni siquiera llegará a conocer.

Los Estados sociales están preparados para brindar una amplia gama de servicios sanitarios. Por eso funcionan mejor en tiempos de crisis que los Estados con un sistema sanitario que sólo atiende a quienes puedan pagarlo. Un sistema sanitario público implica la existencia de clínicas estatales repartidas por todo el país, incluso en poblaciones remotas. Los defectos que sufre actualmente el sistema sanitario israelí se deben al primer ministro Netanyahu y a sus esfuerzos por imponer una economía de mercado. Con esto me refiero a la falta de camas en los hospitales, a la escasez de medicamentos y a los sueldos ridículamente bajos de les médiques y el personal médico, tomando en cuenta el desempleo en ese ámbito.

La instrumentalización cínica de la pandemia

Les médiques, enfermeres, camilleres, boticaries, el personal de limpieza de los hospitales y muchas personas más han estado a la vanguardia del combate contra la pandemia. Encarnan la cara positiva de la moneda. En Israel fueron árabes y judíes, pues la proporción de empleades árabes en el sistema sanitario es superior a la de la población total. Junto con sus colegas judíes, estas personas trataron a miles de pacientes en condiciones desfavorables. Habría sido de esperar que un gobierno responsable aprovechara este momento para reforzar la unión de su ciudadanía. En vez de eso, el gobierno israelí agravó la separación entre pueblos, dio rienda suelta al racismo y desdeñó el significado de tan felices imágenes. La máquina propagandística del Estado, apoyada por periodistas zalameros y una suerte de cobertura cortesana impulsaron el odio contra les árabes y sus representantes en el parlamento. Desde el fondo de un empate político, les tildaron de "defensores del terrorismo". No es nada nuevo: Netanyahu aprovecha cada plataforma para caldear los ánimos contra les árabes, porque así se gana más votantes.

Esta pandemia ha sido descaradamente instrumentalizada por un primer ministro que debe rendir cuentas por corrupción, fraude y falso testimonio ante un juez. Un día antes de su juicio, el ministro de justicia, Amir Ohana, cerró los tribunales so pretexto de la pandemia.

¡Pero no bastó con eso! El primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha usado todas las plataformas que le ha brindado la pandemia para elogiar su propio trabajo y, sin detenerse a tomar aliento, ha hecho un llamado a sus rivales para que se alíneen con un gobierno lo más amplio posible. Así ha vencido a las muchas fuerzas que se oponían a la continuación de su régimen corrupto. Desde el fondo de la crisis, en Israel entró en funciones un gobierno de emergencia, sin que hubiera un solo párrafo sobre la pandemia en el pacto de coalición. Por medio del aprovechamiento descarado de la crisis del coronavirus, en Israel se ha formado por primera vez un gobierno dirigido por un primer ministro denunciado por varios delitos.
 
Israel no es un caso único. En vez de promover un esfuerzo concertado contra la pandemia, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le da la espalda a la cooperación internacional y lanza acusaciones infundadas contra China y la OMS. China de ninguna manera es un ejemplo de transparencia e internacionalismo, pero la crisis exige que busquemos un denominador común. En la investigación médica se debe cooperar a nivel internacional. El intercambio de conocimiento es imprescindible. Se debe acordar el cierre de las fronteras. Tal cooperación podría abrir nuevos horizontes en el combate contra catástrofes naturales futuras.

¿Hemos perdido la oportunidad? Incluso si se ponen obstáculos a una cooperación internacional, esta deberá ser aún más estrecha y potente en un futuro, porque no nos queda otro camino. Debemos recordar a los habitantes de esa remota ciudad china que contagiaron a millones de personas por todo el mundo. Como la pandemia no distingue entre pueblos ni naciones, no nos podemos recluir ni aislar.

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