Moscú
Oleg Nikiforov, Editor

De Oleg Nikoforov

Retrato de Oleg Nikiforov; tiene el pelo corto y usa lentes negros rectangulares; al fondo hay casas. © Oleg Nikiforov
¿Qué imagen podría simbolizar para usted su situación actual o la de su país?

La “situación actual” del mundo, es decir en Rusia, es decir Moscú, la ciudad de veinte millones de personas en la que vivo, hasta ahora no da la impresión de una “catástrofe”, pero sí es innegable que impera un “estado de alarma”. La ciudad –y todo el país– se encuentra oficialmente en un “estado de excepción”, pero hoy y aquí no puede decirse con certeza si esto es una “simulacro de alarma” o un “caso real”; tampoco puede preverse qué “movilización total” seguirá acaso a esta cuarentena de alerta profiláctica. Precisamente esta incertidumbre es la que nos pone en un estado de alarma.

Reina una “parálisis” que personalmente me recuerda ese tiempo “sin acontecimientos” del segundo al cuarto día del golpe de agosto de 1991 (cuando no se produjo la orden de “asalto a la Casa Blanca” ni el intento efectivo de volver a conducir a la Unión Soviética por el carril socialista); los consecuencias de ese no-producirse –de esa falta de fe– fue la caída de la Unión Soviética (que tuvo lugar formal y oficialmente apenas cuatro meses más tarde, el 26 de diciembre de 1991). Entonces, el segundo día del golpe, yo estaba volviendo a Moscú para seguir mis estudios de filosofía en la Universidad Lomonosov, que había comenzado ya en 1987, bajo la Perestroika y no bajo el régimen soviético, con el objetivo personal de analizar la eficacia del “materialismo histórico”. El problema era que, en 1987, incluso en la universidad, apenas si aún había alguien que tuviera fe en la eficacia del “materialismo histórico”, excepto unos pocos excéntricos carismáticos de la Facultad de Filosofía.

En esa época nadie creía o ni siquiera tenía la esperanza de que el experimento realizado por la Unión Soviética tuviera una influencia efectiva en la historia. El “fracaso silencioso” del golpe de agosto de 1991 fue la prueba de ese fait accompli, que fue confirmado por la multitudinaria “muestra de falta de fe” de la población moscovita que se reunió para salva simbólicamente la Casa de los Soviets de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. Por el contrario, rica en acontecimientos y dramática fue la posterior caída de la URSS, acompañada por exclamaciones sobre el “fin de la historia” y del “(breve) siglo XX” (y también por declaraciones contrarias, como el “9/11”, etc.). Probablemente sólo ahora estemos alcanzando el final del “siglo XX histórico”, ahora, con la llegada de la pandemia COVID-19. Y ya nos encontramos en la transición a la “posthistoria” y nos deslizamos hacia sus inevitables, pero hasta ahora difícilmente evaluables, inminentes consecuencias globales.

¿Cómo cree que la pandemia transformará el mundo? ¿Qué consecuencias ve usted en el largo plazo?

Ya se puede intuir que inevitablemente vendrán transformaciones, transformaciones profundas y cruciales, pero qué exactamente cambiará es algo que sólo podemos conjeturar: el concepto de “vida” seguramente se redefinirá “revolucionariamente” y esto sucederá en aspectos sociales, políticos-sociales y culturales como también en modelos e instituciones que vinculamos con ese concepto; la “vida” se redefinirá y se transformará como unidad biopolítica (o “política genética”) que en cuanto tal deberá controlarse y modificarse (por medio de las “corporaciones” estatales o trasnacionales “encargadas de la vida y la salud”).

El “Estado” todavía exhibe únicamente “honda preocupación” por este problema, cuya dimensión el mismo no puede evaluar (aunque tenga las mejores intenciones). “Aislamiento”: sí; “disposición para una cuarentena más severa”: sí; “rápida construcción de hospitales de infecciosos”: sí; “medidas de apoyo a los ciudadanos ante la inminente recesión económica”: sí; “protección estatal para los grupos locales que participan de la competencia mundial por el desarrollo de una vacuna contra el SARS-CoV-2: por supuesto, un inequívoco y claro “¡Sí!”. ¿Pero qué debe hacer el Estado, esa honorable institución que se respeta a sí misma y es respetada por los demás y así, en teoría, está obligada a “tener respuestas y estrategias”, qué debe hacer el Estado ahora que la pandemia recién se anuncia y semejante a una avalancha, en algún lugar allá arriba está ganando en velocidad y volumen mientras nosotros seguimos nuestra apacible vida en el valle de modo completamente normal, aun cuando tenemos conciencia de que esa avalancha probablemente nos enterrará a todos en pocas semanas y seguramente “borrará a todos los viejos con un sistema inmunológico débil”, a no ser que ocurra algo imprevisible y milagroso (es decir, algo en lo que el estado, para su gran pesar, no puede influir)? Esta es la cuestión que no permite dormir a aquellos en cuya responsabilidad se encuentran la capacidad de acción del estado y el rating de confianza de los ciudadanos.

Por eso –¡haz algo, por favor!– se desinfectan las calles de Moscú de modo profiláctico: ejércitos de camiones de riego esparcen “desinfectantes adecuados” en las calzadas, las aceras, los parques y las plazas de la ciudad. En algunos lugares son apoyados por grupos privados de “profilaxis” con máquinas aspiradoras industriales. Pues a pesar de la incertidumbre reinante, es seguro que el lavado de manos y la limpieza de las calles no van a causar daño...
 

¿Qué le da esperanzas?

“Pero donde hay peligro crece también lo salvador” (Friedrich Hölderlin, Patmos, 1803). Lo único que resta es averiguar dónde está ese “peligro” y a qué nos estamos enfrentando en realidad.

Yo no veo “ese peligro salvador” en la amenaza directa para la vida de las personas cercanas a nosotros con “sistema inmunológico débil”, en otras palabras, nuestros “viejos”, que además y sobre todos son los precursores de nuestros recuerdos y nuestros vínculos con nuestra historia y por eso mismo resultan ¡de valor incalculable!, sino en el actual estado de alarma que nos une más allá de las fronteras: más allá de las fronteras políticas, lingüísticas y de edad; nos une también con personas que nos son “extrañas”, en otros continentes, en la casa vecina o en la pieza de al lado.

Pongo mis esperanzas en una nueva unión entre la gente, una unión que desprecie nuestra “pasada” dispersión babilónica, y se burle de aquella división formal en razas, clases, naciones y circunstancias históricas. Si, al fin y al cabo, para nuestro enemigo, ahora llamado COVID-19, esas fronteras no tienen importancia alguna.
 

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